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La quema de la intelectualidad

Actualizado el 01 de abril de 2017 a las 12:00 am

La quema de obras judías tan solo fue el preludio de lo que acontecería después

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Podemos interpretar el norte de un gobierno por la forma de tratar a sus ciudadanos... y a sus libros.

El 10 de mayo de 1933 marcó un antes y un después en la forma como la sociedad civil alemana y los miembros del partido nazi entenderían la configuración de la violencia contra la minoría judía, que por aquellos años oscilaba en el 0,1% del total de la población en la República de Weimar, que alcanzaba los 80 millones de habitantes; unos 80.000 judíos vivían en Alemania, la mayoría de estos asimilados e integrados al modus vivendi occidental.

La cuna de la sociedad europea ilustrada, madre de grandes filósofos y pensadores de los siglos XIX y XX fue la misma que diseñó al hombre que condujo a su semejante a las factorías de la muerte, las fabricas industriales de asesinato sistemático.

La tarde de ese día, emulando la quema de obras antigermánicas del jubileo de 1817, la Sección de Asalto, conocida popularmente como “Los Camisas Pardas”, una organización paramilitar encargada de la seguridad de Hitler por aquellas fechas y dirigida por Ernst Röhm (que un año después sería asesinado por orden expresa del Führer), junto con una gran cantidad de civiles y colaboradores nazis de las juventudes hitlerianas, hicieron arder una montaña de libros.

El darwinismo social que durante tanto tiempo había sido impregnado en la psique europea y alemana había pasado del discurso a la acción, y sus primeras víctimas fueron los libros.

Antes de las leyes raciales de Nuremberg y antes de las cámaras de gas en Auschwitz, los jóvenes universitarios y sus profesores hicieron arder el intelectualismo judío y dieron el espaldarazo de la intelligentsia alemana que Hitler necesitaba; los que se suponía debían oponerse al régimen, ahora estaban con él.

El inicio. La quema de obras judías tan solo fue el preludio de lo que acontecería: linchamientos, persecuciones, vejaciones, expulsión, deportación, guetización, concentración y exterminio físico. El plan más sutil y eficaz del III Reich había dado resultado: atacar primero la intelectualidad judía, a sabiendas de que este grupo era capaz de iniciar un levantamiento social en contra de los cánones raciales impulsados por los nazis.

Contrario a lo que se cree, no fue la Kristallnacht (Noche de los Cristales Rotos) ocurrida cinco años después, entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, el acto oficial de violencia y persecución nazi contra la minoría judía, sino el plan Aktion wider den undeutschen Geist o Acción contra el espíritu antialemán, el inicio de la persecución y la violencia que fue in crescendo.

Si bien para la ideología racial del nacionalsocialismo era inconcebible que existieran libros de autores judíos en librerías, hogares y universidades, otras expresiones corrieron la misma suerte.

El arte judío fue excluido de museos y hogares alemanes por considerarse “degenerado”, término que Darwin utilizaba para referirse a las mutaciones patológicas de animales y plantas, y que pronto fue adoptado por los nazis para referirse al arte pintado por judíos.

Este adjetivo pronto abandonó el ámbito de la biología para ser ampliamente utilizado en las esferas de la sociología. La cosmovisión nazi únicamente consideraba racialmente aptos los escritos y las pinturas de alemanes nacionalistas y afines al movimiento, lo demás debía desaparecer o, como en el caso de las pinturas, readecuarse; así la obra de Gustav Klimt El retrato de Adele Bloch Bauer, judía y miembro de la burguesía austriaca, fue readecuado bajo el seudónimo de La dama de oro.

Acciones extremas. Las llamas que redujeron a cenizas las obras de autores de la talla de Thomas Mann, Emil Ludwig, Sigmund Freud o Erich Remarque tan solo fueron el cimbronazo de arranque, el cual allanaría lo que ocurriría ocho años después en Auschwitz Birkenau: la cremación física de un grupo. Ya no eran las Camisas Pardas quienes arrojaban libros a la hoguera, sino las SS en Treblinka los que lanzaban los cuerpos que el gas había envenenado a los hornos crematorios.

Esta fecha, lejos de ser olvidada, debe ser recordada para alertarnos de que el fascismo en sus primeras manifestaciones no infringe daño físico a sus enemigos. Sus primeros pasos los da menospreciando el intelectualismo y toda manifestación artística contraria a su régimen e ideología, derrumbando el Estado social de derecho y restringiendo sus libertades.

Aunque las comparaciones son odiosas (y anacrónicas) no podemos pasar por alto el resurgimiento que está teniendo en Europa el fascismo y su propagación dentro de la política de Estado. Estos deben ser claros indicadores de que hay que pronunciarnos ante estos movimientos de odio, que, amenazantemente, llegan a nuestras latitudes.

El autor es profesor de Estudios Sociales y Cívica.

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