Brasil perdió sus motores tras la caída delos precios de los metales y los alimentos

 21 febrero, 2016

WASHINGTON, DC – Después de décadas de rápido crecimiento económico y aumento de los ingresos per cápita, Brasil atraviesa momentos difíciles.

De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el PIB del país está destinado a contraerse en más de un 7% durante el período 2015-2016. Ningún factor por sí solo explica este cambio de suerte. Cuatro factores sí los hacen.

Para empezar, existe la tendencia estructural hacia el aumento del gasto primario gubernamental como proporción del PIB, que alcanzó el 36% en el año 2014, frente al 22% en 1991.

Este aumento refleja una voluntad política para hacer frente a la pobreza y la desigualdad que no fueron abordadas durante las décadas anteriores. Para apoyar este aumento, el gobierno de Brasil incrementó los impuestos al consumo y promovió un avance hacia la formalización del mercado laboral.

No obstante, la inversión pública, particularmente en infraestructura, recibió un golpe. En los hechos, con excepción del periodo 2005-2008, la inversión total como porcentaje del PIB se ha mantenido por debajo del 20% desde el año 1991.

El segundo factor que da forma a la suerte de Brasil es el superciclo de precio-materias primas. El repunte de los precios de las materias primas que se inició en el año 2004 trajo muchos beneficios para Brasil: superávits externos, acumulación de reservas de divisas, efectos de la riqueza positivos y una mayor inversión en los sectores relacionados con los recursos naturales.

Si se añade a este escenario la apreciación del tipo de cambio y el aumento de los pisos salariales mínimos –sin llegar a mencionar los desembolsos del sector público indexados a los mencionados pisos– se puede decir que Brasil disfrutó de un ciclo virtuoso interno con bucles de retroalimentación positiva entre la demanda de servicios y el empleo formal.

El problema es que Brasil permitió que los precios de las materias primas simplemente refuercen el modelo de crecimiento subyacente, en lugar de preparar su economía para la inevitable caída.

Los niveles de rentabilidad en la industria manufacturera fueron aplastados por la apreciación del tipo de cambio y el aumento de los costos internos de producción, así como por los niveles de producción, que se encuentran prácticamente estancados desde el 2008; todo esto antes de comenzar su bajada en el año 2014.

Cuando los precios de los metales a nivel mundial empezaron a caer en el 2011, seguidos por los precios de los alimentos en el 2014, la economía de Brasil perdió sus motores de crecimiento.

Es verdad que la administración sí hizo ajustes en su patrón de crecimiento después de los golpes financieros del período 2008-2009. Pero tomó un atajo, apoyándose en las políticas fiscales y monetarias anticíclicas con el propósito de impulsar el crecimiento. Este es el tercer factor clave que contribuye a las tribulaciones que afectan a Brasil hoy.

Mientras que la primera y justificada ronda de políticas expansivas causó que el PIB aumentara en más de un 7% en el año 2010, el crecimiento volvió rápidamente a los niveles más bajos.

El gobierno se vio entonces obligado a implementar otra ronda de políticas de estímulo durante el período 2012-2014, ronda que incluía un paquete considerable de exenciones de impuestos, requisitos de contenido nacional, y la expansión del crédito a través de las transferencias de la deuda pública a los bancos estatales.

En un intento por frenar la inflación sin subir los tipos de interés, el gobierno también mantuvo sin aumentar los precios regulados. Dados los factores estructurales, sin embargo, el principal resultado de esta segunda ronda de estímulo fue el deterioro fiscal.

En el último año, Brasil ha estado luchando por zafarse del atajo que intentó tomar. El reajuste de los precios regulados con los precios del mercado, junto con la de los precios externos e internos (a través de la depreciación del tipo de cambio), produjo un golpe inflacionario, causando que el índice de precios al consumidor alcance el pasado año su nivel más alto en 13 años.

Con el fin de contener el golpe y controlar las expectativas de inflación, el Banco Central de Brasil se vio obligado a aumentar las tasas de interés. Mientras tanto, el gobierno comenzó a ir tras ambiciosos objetivos de ajuste fiscal, con el objetivo de crear un espacio para desplazar la atención de las políticas hacia los obstáculos estructurales al crecimiento.

El cuarto factor que socava el rendimiento económico de Brasil surgió inesperadamente el año pasado, cuando un escándalo de corrupción multimillonario envolvió a la petrolera estatal Petrobras, lo que produjo una investigación de profundo alcance de los políticos de alto nivel y provocó un colapso de la inversión privada.

Grandes grupos privados nacionales afectados por el escándalo se han enfrentado a la sequía financiera, al desorden operacional y a un cese repentino de la demanda, mientras que los inversores externos, impulsados por una combinación de confianza puesta en entre dicho y oportunismo, adoptaron un enfoque de “esperar y ver”.

La consiguiente crisis política ha reforzado la parálisis de la inversión y también ha perjudicado la aprobación de las medidas de ajuste fiscal.

El lado positivo a mediano plazo es que la investigación de Petrobras demuestra el compromiso de Brasil con el imperio de la ley, lo que implica que la reputación del país entre los inversores se recuperará.

Esto ayudará a reforzar la competencia en el sector privado y causará que el gasto público sea más eficaz.

A corto plazo, sin embargo, Brasil puede esperar que la investigación en curso continúe socavando el crecimiento del PIB, y por lo tanto, disminuya los ingresos fiscales, dificultando aún más los esfuerzos de consolidación fiscal.

En un esfuerzo por minimizar el déficit presupuestario, las autoridades han propuesto nuevas medidas fiscales, incluidas nuevas normas sobre ganancias de capital y el restablecimiento de un impuesto sobre las transacciones financieras.

Dada la actual dependencia de los impuestos sobre el consumo y el ajuste de cuenta corriente en curso, el tributo sobre las transacciones financieras, en especial, será de vital importancia para ganar tiempo con el propósito de revisar los gastos públicos obligatorios.

Entre los gastos que van a ser objeto de revisión se encuentran las pensiones, ya que los costos de seguridad social alcanzaron probablemente cerca del 8% del PIB el año pasado.

Los esfuerzos por flexibilizar el mercado laboral y por reducir el costo del cumplimiento tributario también ayudarán a mejorar el clima de inversión en Brasil.

Para recuperar un crecimiento fuerte y fiable, la clave será una confianza mejorada, y esta depende en gran medida de la capacidad del gobierno para superar la crisis política actual.

Si falla, el bache económico en el que se encuentra Brasil podría, muy probablemente, convertirse en un pantano.

Otaviano Canuto es uno de los directores ejecutivos del Fondo Monetario Internacional. © Project Syndicate 1995–2016