Actualmente Costa Rica es un país violento y con una tendencia al aumento

 16 septiembre

Los tiempos actuales de nuestro país sin duda son difíciles. La realidad social es cada día más compleja y difícil de entender. Uno de los temas de la realidad social más interesante, de actualidad y peligroso, son los niveles de violencia que presenta Costa Rica.

Habría que considerar, en primer lugar, que los niveles de violencia ya no son solo individuales, es decir, un conflicto entre dos personas conocidas o desconocidas, sino más bien de índole social. Es decir, que involucra y afecta a la totalidad de los componentes sociales estructurales, sociopolíticos y culturales del país.

Podemos afirmar que la violencia en nuestro país es de índole social; porque ya forma parte de nuestra realidad. Nadie podría negar que actualmente Costa Rica es un país violento y con una tendencia al aumento.

La violencia social llama poderosamente la atención porque choca contra un valor social —mito o realidad— sobre el que se ha construido Costa Rica, como un país pacífico de humildes y sencillos labriegos. Nuestra realidad actual presenta particulares formas de violencia social grave, como son la violencia de género, responsable de agresiones y muertes de mujeres en aumento; violencia de masas en los deportes, ejemplo de ello son los recientes y brutales disturbios entre las barras de equipos de fútbol; o la violencia en el sistema vial o en nuestras carreteras, causa de una mayor cantidad de muertes que las atribuibles a la violencia homicida.

Epidemia. Probablemente, para una apreciación completa del fenómeno de la violencia social en nuestro país, se requeriría referirse con amplitud a estos y otros tipos de violencia. Sin embargo, por el momento voy a referirme a este último tipo que nos afecta a la totalidad y que acertadamente la nota periodística de Sofía Chinchilla, publicada en La Nación el 6 de agosto del 2017 califica como “emergencia” y “epidemia” las muertes en las vías nacionales y mostró parte de esta realidad que caracteriza a nuestra sociedad.

Extrañamente, no encontré ninguna reacción pública o institucional al reportaje que mostró alarmantes datos de muertes y lesiones en carreteras, lo cual resulta sumamente peligroso porque podría interpretarse que socialmente esta realidad es aceptada de manera inevitable, sobre la que no se puede hacer nada, ni siquiera produce un efecto perturbador o amenazante. ¿Será que nos acostumbramos a la violencia? Vivir bajo la violencia y el miedo no es normal; ningún país, ni mucho menos Costa Rica, merece vivir bajo la violencia. Sin embargo, el tema es harto complejo.

El reportaje señalado resume los hallazgos de la importante investigación sobre el índice de progreso social 2017 a escala mundial ( http://www.incae.edu/es/nuestros-proyectos/clacds/indice-de-progreso-social-2017.php ). Referente a Costa Rica, el índice evidenció un serio declive en seguridad personal, al cual se debe prestar atención de una manera urgente; especialmente a la tasa de homicidios “ya que ocupa la posición 105 de 128 países medidos en el ranquin mundial con 10 muertes por cada 100.000 habitantes. Pero también a las muertes en accidentes de tráfico, pues la mortalidad es mayor, con una tasa de 14 por cada 100.000 habitantes, ubicándonos en el lugar 56 a escala mundial”.

En palabras claras y sencillas, habría que decir que en Costa Rica es más probable morir por un vehículo que por la mano de la delincuencia. En números se aclara mucho mejor: por muertes en las vías, hasta julio de este año, se contabilizaban 261, sin considerar los que fallecen en los hospitales.

En el 2016, el número de víctimas en el sitio llegó a 448 y en el 2015 a 388. Mientras que se estima que para este año el país cerrará con un total de 600 homicidios, lo cual generará una tasa de 12 por cada 100.000 habitantes.

Problema profundo. Generalmente a este fenómeno de violencia vial se le explica como accidentes de tránsito con una simplista explicación causal. Se señalan como causas de estos accidentes y muertes el exceso de velocidad, imprudencias como la invasión de un carril o el irrespeto de señales por ejemplo. Sin embargo, el problema es más profundo, tan solo si consideramos el subdesarrollo y atraso de nuestra red de carreteras.

Lo primero que habría que replantearse o cuestionarse de este estudio y de otros similares es el concepto de “accidentes de tráfico”, como algo ajeno a la voluntad individual, por fuerza mayor o caso fortuito.

Más bien lo accidental tiene mucho de humano; y es una manifestación de la violencia actual, propias del sistema vial, cuyas raíces se encuentran en las estructuras sociales y culturales. Más que una simplista explicación causal debemos centrarnos en preguntarnos otros temas tales como por qué excedió la velocidad, invadió el carril o irrespetó la señalización. O bien, por qué la velocidad para ciertos individuos es un placer. Ya que todas estas acciones son conductas, en principio, voluntarias y conscientes.

¿Cómo iniciar el proceso para revertir esta realidad? La función y obligación de control y supervisión del Estado desempeñan un papel fundamental; por ejemplo, suplir el faltante de 1.161 oficiales de tránsito que se requieren actualmente.

La estrategia para empezar a cambiar esta triste realidad se encuentra en la prevención, especialmente en la educación. Se necesita que la Dirección General de Educación Vial y el Consejo de Seguridad Vial, en coordinación con el Ministerio de Educación Pública, cumplan con lo dispuesto en el artículo 217 de la Ley de Tránsito, que establece la obligatoriedad de la educación vial en preescolar, general básica, media, diversificada y técnica profesional o vocacional. Es decir, educación vial desde edades muy tempranas y en todos los ciclos educativos.

Como en muchos otros temas, tales como educación sexual, ambiental y también vial, habrá que esperar. Las transformaciones sociales y cambios culturales no suceden de la noche a la mañana. La violencia social se encuentra instaurada en nuestra sociedad. Probablemente se requieran de nuevas generaciones; pero lo relevante y nuestra responsabilidad es no aceptar la violencia como algo inevitable, fruto de la causalidad.

Debemos centrarnos en la búsqueda de los cambios culturales, en el respeto por los otros y en una cultura de previsión de riesgos. De lo contrario, estaremos pura muerte en lugar de pura vida.

El autor es abogado.