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¿En un pupitre o entre pañales?

Actualizado el 05 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Anualmente se registran aproximadamente 14.000 nacimientos de madres adolescentes; de ese total, más de 450 son de niñas menores de 15 años. Estos datos nos reflejan una realidad nacional que es motivo de alerta: nuestras adolescentes, que deberían estar en las aulas aprendiendo, diseñando su proyecto de vida próspero, soñando y disfrutando su adolescencia, terminan sustituyendo su futuro por una realidad compleja que incluye embarazo, maternidad y cuido, lo que se agrava cuando se trata de niñas, porque, en razón de la edad, son víctimas de un delito.

Esta realidad se torna más alarmante cuando se evidencia que la mayor cantidad de nacimientos que se registran entre las adolescentes tienen como progenitor a un hombre mayor de edad, es decir, se trata de parejas impropias, lo cual expone a las mujeres a situaciones de violencia y discriminación.

Bien lo explica el Fondo de Población de las Naciones Unidas, al señalar que “la preocupación se centra en las posibles relaciones pseudo-afectivas sustentadas en poder desigual, así como en situaciones de violencia doméstica que puedan sufrir las adolescentes por parte de sus convivientes. Esto aunado a las implicaciones en cuanto a posibilidades y oportunidades de promoción educativa o laboral que ellas puedan o no acceder como resultado de encontrarse en condiciones de convivencia”.

Para tener una idea más clara, en el año 2011, el 93,5% de los nacimientos de mujeres de entre 15 y 17 años correspondió a padres mayores de edad, porcentaje que aumenta entre las adolescentes de 18 a 19 años, el cual es de 98,3%. A esto se suma que la mayoría de los embarazos en adolescentes se dan en la zona rural y es más frecuente que suceda en poblaciones de bajos recursos o escolaridad.

Casos distintos. La prevención del embarazo en adolescentes hombres y mujeres es diferente. Si bien es cierto que el embarazo en adolescentes involucra a hombres y mujeres, hay varias diferencias entre ambos. En primer lugar, porque la capacidad de engendrar es únicamente de las mujeres y ha implicado un endoso de la responsabilidad del control de la procreación y una extensión que también la responsabiliza del cuido en soledad cuando ya nace su hijo e hija.

En segundo lugar, se limita su proyecto de vida, pues se le hace más difícil accesar a su derecho a la educación, recreación, a disfrutar y participar de actividades culturales y artísticas y a soñar con proyectos de vida diferentes a la maternidad. En estas circunstancias, la mayoría de las adolescentes madres terminan abandonando sus estudios para atender su embarazo y el cuido de su hijo, y así las opciones laborales para ellas son pocas o muy mal remuneradas, por lo que la pobreza sigue y se profundiza en sus vidas.

Urgen, entonces, acciones que nos permitan disminuir las tazas de embarazo en la adolescencia, particularmente en relación con las mujeres. Desde el Instituto Nacional de las Mujeres trabajamos en su empoderamiento para el ejercicio de su ciudadanía, de vivir sin violencia y del ejercicio de su salud sexual y reproductiva. Damos apoyos a proyectos de vida según sus intereses y necesidades: vivienda, educación formal, capacitación técnica, salud, proyecto productivos. Además, trabajamos en el diseño de política pública e incidencia para la prestación de servicios de calidad.

Finalmente, la articulación interinstitucional debe fortalecerse en el marco del Consejo Interinstitucional de Atención a la Madre Adolescente (Ciama) que nos llama “a promover estrategias intersectoriales dirigidas a fortalecer la educación integral de la sexualidad (…), a promover un cambio cultural a favor de la igualdad de género, que permita construir una cultura de paz y cero tolerancia a la violencia en todas sus manifestaciones, en especial la violencia sexual”.

Seguiremos posicionando estos hechos, desde la mirada de los derechos humanos de las mujeres, para que permanezcan en sus pupitres, en lugar de cambiar pañales.

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