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¿Un punto de inflexión para Putin?

Actualizado el 02 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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NUEVA YORK – Cuando la incompetencia en el Kremlin se vuelve asesina, sus ocupantes pueden empezar a temblar. Al empezar a conocerse en Rusia la noticia del derribo del vuelo 17 de Malaysia Airlines sobre Ucrania, las personas con buena memoria recordaron el ataque de la Unión Soviética –el próximo setiembre hará 31 años– al vuelo 007 de Korean Air Lines (KAL) y sus consecuencias políticas.

En aquella época, el Kremlin, primero, mintió al mundo diciendo que nada tenía que ver con la desaparición del avión de KAL. Después afirmó que el reactor surcoreano iba en misión de espionaje para los Estados Unidos, pero, para los dirigentes soviéticos, el incidente fue un punto de inflexión. Acabó con la carrera del mariscal Nikolai Ogarkov, jefe del Estado Mayor y el más intransigente de los partidarios de la línea dura, cuyos incoherentes y nada convincentes intentos de justificar el derribo del avión resultaron profundamente bochornosos para el Kremlin.

La ineptitud de Ogarkov (y su inepta mendacidad), junto con el fracaso de la guerra de la Unión Soviética en Afganistán, que se veía venir desde 1979, revelaron la avanzada decrepitud del sistema. El estancamiento que había comenzado durante el gobierno de Leonid Brezhnev se intensificó después de su muerte en 1982. Sus sucesores –primero, Yuri Andropov, de la KGB, y, después, Konstantin Chernienko, del Comité Central del Partido Comunista– no solo tenían un pie en la tumba cuando llegaron al poder, sino que, además, carecían de la menor preparación para reformar a la Unión Soviética.

La enorme pérdida de vidas en Afganistán (comparable con las de Estados Unidos en Vietnam, pero en un período mucho más corto) indicó ya a muchos que el Kremlin estaba volviéndose un peligro para sí mismo. El ataque a un avión civil de pasajeros pareció confirmar esa opinión, que se iba generalizando. Esa comprensión fue lo que aceleró el ascenso de Mijail Gorbachev al poder, además del apoyo entre los dirigentes a sus políticas reformistas de perestroika y glasnost .

Naturalmente, la historia no es el destino, pero podemos estar seguros de que, al menos, algunos de los miembros del círculo íntimo del presidente de Rusia, Vladimir Putin –si no este mismo–, han estado pensando en el fracaso de Ogarkov y sus consecuencias para la minoría soviética dominante. Al fin y al cabo, los dirigentes del Kremlin, incluido Putin, se definen mediante lo que era y no lo que podría ser.

De hecho, las razones de Putin para anexionarse a Crimea se parecen mucho a las de Brezhnev para invadir al Afganistán: confundir a los enemigos que intentaban rodear al país. En el 2004, dirigiéndose a veteranos rusos de la invasión del Afganistán, Putin explicó que había razones geopolíticas legítimas para proteger la frontera soviética en el Asia central, del mismo modo que en el pasado mes de marzo citó las preocupaciones por la seguridad para justificar su apropiación de territorio ucraniano.

En la era de Brezhnev, las políticas expansionistas reflejaban la nueva riqueza del país debida a la energía. También el aumento y la modernización de las fuerzas militares del pasado decenio por parte de Putin fue posible gracias a las exportaciones de energía, pero el más reciente beneficio aportado por la energía ha ocultado la incompetente gestión económica de Putin, pues ahora el crecimiento y los ingresos estatales dependen enteramente del sector de los hidrocarburos.

Además, la incompetencia de Putin no afecta solo a la economía. Sus fuerzas de seguridad siguen siendo brutales y estando exentas de la obligación de rendir cuentas, y en algunas partes del país se han mezclado con bandas delictivas. Su judicatura, privada de independencia, no defiende a los ciudadanos de a pie, y las instalaciones militares, los submarinos, las plataformas petroleras, los hospitales y las residencias para jubilados explotan, se desploman o se hunden periódicamente por la negligencia y la falta de responsabilidad.

Cuando decaiga –como decaerá– el apoyo público a la anexión de Crimea por parte de Putin, sus fallos resultarán más evidentes a la luz de la catástrofe del MH17. Si el Estado ruso funcionara bien, Putin podría seguir soportando la presión de los dirigentes de la oposición, pero la acusación de esta de que el régimen de Putin está compuesto de “estafadores y ladrones” resonará más fuerte, pues ahora los rusos pueden ver los resultados en todas partes.

Al convertirse Putin, en realidad, en el propio Estado, como la gerontocracia que se desplomó con el ascenso de Gorbachev, se lo considera cada vez más responsable de todos los fracasos estatales y, aunque los rusos reflexivos puedan ser rehenes de la arrogancia y las meteduras de pata de Putin, el resto del mundo no.

De hecho, ahora no es probable que sus socios –en particular, los otros países BRICS (Brasil, India, China y Sudáfrica)– puedan hacer la vista gorda, como hicieron durante su reciente cumbre celebrada en el Brasil, ante su desprecio del derecho internacional y la soberanía nacional de sus vecinos, y también a Europa parecen habérsele caído las anteojeras respecto de Putin, con el resultado de que, casi con toda seguridad, se le impondrán fuertes sanciones.

Como Putin tiene solo 61 años de edad, es un decenio más joven que los dirigentes que condujeron a la Unión Soviética hacia el precipicio, y la Constitución le permite permanecer en el poder durante al menos otros diez años, pero, en vista de que, en el 2013, el aumento del PIB fue tan solo del 1,3%, y con la probabilidad de que las sanciones aceleren el declive de la economía, el orgullo patriótico no podrá protegerlo mucho más tiempo.

Al habérsele ido la mano en Afganistán y haber mentido al mundo por el derribo del KAL 007, el régimen soviético reveló y aceleró la putrefacción que hizo inevitable el desplome. No hay motivo para creer que el intento de Putin de restablecer a Rusia como potencia imperial vaya a tener una suerte diferente.

Nina L. Khrushcheva, autora de Imagining Nabokov: Russia Between Art and Politics (Imaginar a Nabokov: Rusia entre el arte y la política), enseña Asuntos Internacionales en la Nueva Escuela y es investigadora superior en el Instituto de Política Mundial de Nueva York. © Project Syndicate.

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