Opinión

Si yo pudiera como ayer...

Actualizado el 06 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

Si bien vivillos hay en todo lado, y en todo tiempo, uno espera que no los haya en lo oficial

Opinión

Si yo pudiera como ayer...

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

De Argentina, tengo un sentimiento agridulce. De Buenos Aires, me encantan sus asados, sus barrios Recoleta, Almagro y el bohemio San Telmo, su (aunque pobremente conservada) arquitectura de principios del siglo pasado, sus anticuarios, librerías, restaurantes y cafés.

Desde hace mucho tiempo aprecio sus tangos, en particular los cantados por Carlitos Gardel, quien, como dice el dicho, cada día canta mejor. Claro que para entenderlos hay que familiarizarse con algunos términos del lenguaje lunfardo, entre ellos que pebeta significa muchachita; chorro es ladrón; paica (y percanta ), mujer; gil, tonto; paganini, persona que paga las cuentas suyas y las de los demás; cachar, robar; etc.

Su gente es, en general, amable (pareciera que el acento les ayuda al propósito) pero unos cuantos se pasan de vivillos. Aun en restaurantes finos es prudente ponerle atención a la cartera, billetera y cualquier otra pertenencia.

En una ocasión, ante un feriado bancario, tuve necesidad de cambiar algunos dólares por la moneda doméstica, entonces el austral, y –a pesar de que unos uruguayos me habían prevenido de la posibilidad de que me dieran billetes de a uno– fui hábilmente agarrado de tonto y recibí un rollo de billetes en que solo el primero era de alta denominación y los demás de un austral.

En total no recibí ni un décimo de lo debido. El fajo de billetes de un austral lo conservo como recuerdo. “Lo que más bronca me da es haber sido tan gil”.

Vivillos hay en todo lugar y en todo tiempo. Un tango del año 1928 relata cómo una astuta paica en solo seis meses se comió el mercadito de una de sus tantas víctimas masculinas. Entre el padre, un noble guerrero fallecido, la madre, más la silueta de la chica, que fue el anzuelo donde el chavalo se ensartó, lo pelaron con la cero.

Este perdió todo antes de enterarse de que “el guerrero que murió lleno de honor, ni murió ni fue guerrero, como m’engrupiste vos” y que la “mama noble viuda de un guerrero” era “¡la chorra de más fama que ha pisao la treinta y tres!”.

“Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos” lo reconocemos todos, como también lo hace otro tango famoso ( Cambalache ) de 1934. Siempre algún futbolista intenta fingir un penal o meter un gol con la mano, esperando que no se dé cuenta el referí.

Si bien vivillos hay en todo lado, uno espera que no los haya en lo oficial. “Síganme, que no los defraudaré” prometió el entonces candidato Carlos Saúl Menem en campaña, en 1989. Pero al final de su segundo mandato lo que entregó fue una nación con una severa crisis económica y política.

En los tres años siguientes, Argentina tuvo tres presidentes (uno de los cuales, Rodríguez Saá, solo duró en el cargo una semana) y entró en una cesación de pagos de deuda externa. Se decretó el corralito, que limitó el uso de las divisas, se “pesificaron” los depósitos en moneda extranjera y se dejó a los acreedores extranjeros ensartados en un anzuelo.

A los deudores privados, bancos que participan en el comercio internacional entre otros, se les obligó a depositar en el Banco Central los pagos debidos al extranjero porque el Gobierno se encargaría de honrarlos. Pero lo que las autoridades hicieron fue convertir esas deudas en bonos a plazos largos y con tasas de interés arbitrariamente bajas, lo cual equivalía a cachar a las acreencias un mínimo del 40% de su valor real.

Recuerdo que entonces, en la pared más vistosa del Banco Central de Argentina, el lema y objetivo según su carta orgánica, “promover la estabilidad monetaria”, en grandes letras en bronce brillaba al lado de letreros escritos rápidamente con pintura negra, que iban desde “¡chorros!” hasta mensajes más fuertes.

La gente desfiló en las calles con pancartas que decían: “Pusimos dólares y queremos dólares”, “Llevé mi plata al banco para que me la cuiden, no para que me la roben”, “No bonos políticos, basta de trampas”, “Quiero los ahorros de mi familia”, etc. (Véanse imágenes del corralito en, por ejemplo, Google.com).

Pasó el tiempo y vino el tiempo. Los Kirchner, políticos populistas y arbitrarios como el que más, llegaron al poder en mayo del 2003, y lo usufructuaron hasta este mes.

Entre las prácticas nocivas que adoptaron, está la de maquillar el índice de precios oficial, lo cual llevó a la revista The Economist a no publicar más la inflación argentina cuando presenta, semanalmente, datos económicos comparativos.

Recién fue elegido presidente de esa bella nación el ingeniero Mauricio Macri, quien prometió cambiar el estilo de la política de su país, con menos dirigismo y más mercado libre, con menos socialismo y más liberalismo.

Como a otros, la noticia me ha alegrado mucho y espero, para bien no solo de Argentina, una de las más grandes economías del hemisferio occidental, sino como ejemplo para otros de Latinoamérica, que en la pampa se dé un renacer político-económico, del que todos, pobres y ricos, salgan gananciosos.

Pero, como también dice otro tango que hizo su debut el año de mi nacimiento: “Uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias, sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra”, mas no siempre logra lo esperado. Por ello yo le canto a los ches: “Si yo pudiera como ayer, querer sin presentir”, que a la vuelta de pocos años el populismo vuelva a campear en Argentina. De ellos depende que esta vez yo me equivoque.

Termino señalando que, sin que fuera parte del propósito, todas las citas de tangos que escogí son inspiración del argentino Enrique Santos Discépolo. De estar vivo hoy, quién sabe qué más nos diría.

El autor es economista.

  • Comparta este artículo
Opinión

Si yo pudiera como ayer...

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota