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Actualizado el 05 de marzo de 2017 a las 12:00 am

La democracia económica y social camina lentamente con una pierna amputada

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Comienza una nueva etapa política en Costa Rica de tipo electoral. El 4 de febrero del 2018 el pueblo elegirá al presidente de la República, a sus vicepresidentes y diputados. Hay garantía plena de que la democracia política funcionará. Así ha venido sucediendo a partir de 1953, primera elección verdaderamente libre en nuestro país.

La revolución de 1948 logró este avance en el campo de las libertades y derechos del pueblo. Sesenta y cinco años se cumplirán de respeto a la voluntad popular y de paz; larga paz que muy pocos pueblos han logrado a través de la historia. Debemos pensar en este significativo avance.

Pero la democracia no solo es política, también es económica y social. Si nos alegramos porque podemos elegir a nuestros representantes con libertad y confianza, no podemos, de igual manera, tirar del cordel de las campanas cuando hablamos de la democracia total.

En lo económico y lo social nos quedamos paralizados cincuenta años atrás. Los partidos bajaron la guardia y sus representantes se aburguesaron. Se perdió el sentido filosófico y moral de la democracia. Decenas de años hace que no se gobierna para el pueblo. Cuando un gobierno elegido popularmente no gobierna para las mayorías, gobernará para una minoría cada vez más poderosa. Eso es lo que está sucediendo.

Fábula. Se han dormido los encargados de mantener el espíritu del 48. El pueblo no cuenta con representantes de verdad. Todo es fabulesco y virtual. La democracia económica y social camina lentamente con una pierna amputada. Un millón de costarricenses en pobreza extrema ratifican esta vergonzosa realidad.

En mi partido –como es lógico– piden apoyo a sus tendencias los que aspiran a gobernar. A mí me han llamado para saber si cuentan con mi simpatía. He contestado: dígale al precandidato que publique su posición, su proyecto, indicando cuál es el procedimiento que pondrá en marcha para lograr su propósito y, finalmente, cuál es su fundamento ideológico. Si hay uno solo que manifieste que es socialista democrático y su propuesta es coincidente con su manifestación, comenzaré a mirarlo con simpatía.

El tiempo del discurso sin voluntad ha pasado. La confrontación social, cada vez más dramática, comienza a no permitir que en la plaza pública se levanten las banderas de la socialdemocracia y en el gobierno esas banderas sean arriadas para apoyar el más radical liberalismo económico. O sea, lenguaje de izquierda, pero acción hacia la derecha.

Los filósofos griegos, a esto lo llamaron sofisma, argumento que pretende dar razón de verdad a una mentira. Si un político afirma que combatirá la pobreza, que de una vez diga a quiénes está combatiendo. La pobreza no nace por generación espontánea, es criminalmente provocada. Si se dice que se va a combatir la pobreza se ha de estar diciendo que se va a combatir a quienes la provocan. De lo contrario, se está mintiendo.

La democracia, o es social o no es democracia, por la sencilla y elemental razón que da la esencia misma del sistema. Democracia es gobernar para los pobres, nunca nadie ha sostenido que es el gobierno elegido por los pobres para el uso, goce y disfrute de los millonarios.

En la Atenas y en la Roma de la antigüedad, sus dirigentes reconocían públicamente que sin el trabajo de los esclavos su democracia no funcionaba. Hoy, en nuestros atrasados países latinoamericanos, la democracia tampoco puede funcionar sin el trabajo de los pobres, pero esa es verdad que ningún político se atreve a reconocer. Entre la moral de la antigüedad y la moral de hoy me quedo con la de la antigüedad.

Principio ético. En democracia, toda realidad política y social es denunciable. Siempre es posible alcanzar un grado superior en los infinitos campos de la libertad. El objetivo de la lucha política es avanzar hacia una sociedad cada vez con menos pobreza. Este ha de ser el principio ético orientador de todo gobernante democrático. Pero en Costa Rica, ahora, los políticos y los economistas proponen impuestos al consumo –o adquieren deudas colosales que terminan pagándolas el pueblo, por lo que también son impuestos al consumo– como única solución a todo problema económico o fiscal.

Es un paliatorio que mitiga, pero empobrece más. Son los impuestos al pueblo, y todo impuesto al pueblo, en términos de justicia social, es un robo.

Por esto, por todo esto, si alguien me vuelve a preguntar a cuál de los aspirantes a la presidencia de la República estoy apoyando, volveré a contestar: apoyaré al que manifieste que es socialista democrático, siempre y cuando su propuesta sea coincidente con su manifestación.

El autor es abogado.

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