Opinión

La próxima agenda de desarrollo mundial

Actualizado el 18 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

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Hace ya 13 años que la comunidad internacional llegó, por primera vez, luego de la creación misma de las Naciones Unidas, al acuerdo más ambicioso y necesario que se haya decidido emprender: los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), compromisos básicos para que cualquier nación, incluida la nuestra, alcance los estándares fundamentales de desarrollo humano.

De esta manera, los ODM se convirtieron no solo en un compromiso moral para todos los países, sino también en un compromiso legal. Se trata, en última instancia, del establecimiento de un nuevo orden internacional que, además de tener por bandera la paz y la seguridad internacional, tiene como estandarte el desarrollo humano.

Costa Rica, desde su tradición pacifista y de protección de los derechos humanos, ha apoyado esta causa con la convicción de que los desafíos que enfrenta la humanidad solo pueden encontrar solución en el marco de la cooperación internacional y en el establecimiento de mecanismos multilaterales de acción, dentro de los cuales los ODM han sido un ejemplo paradigmático.

Por ello, a diferencia de otras denominadas agendas de desarrollo, los ODM no fueron una estrategia diseñada a partir de las características distintivas de un país o de sus necesidades particulares, sino una serie de compromisos generales lo suficientemente amplios como para dar cabida a naciones que guardan profundos contrastes entre ellas. Para hacerlos efectivos, los países debieron completar un proceso de implementación con el fin de atender las necesidades, intereses y capacidades particulares de cada nación.

Firma de compromiso. En este sentido, nuestro país firmó el compromiso de los ODM y ha tenido permanentemente presente la obligación de acelerar el avance de Costa Rica hacia el cumplimiento de estas metas internacionales, nacionalizadas (de una u otra forma) en los distintos planes de desarrollo de cada país.

Es así como los objetivos que se definan más allá del 2015 constituyen un seguimiento indispensable de lo avanzado con los ODM, en primera instancia, por su carácter de compromiso internacional y coercitivo para la legislación interna, pero también (y, quizás, principalmente) por ser expresión de un nuevo orden internacional que Costa Rica respaldará firmemente.

La discusión que tengamos hoy sobre el desarrollo debe ser distinta a la de otros tiempos: debe ser una discusión más respetuosa, más plural, más democrática, en el buen sentido. Una conversación que reconozca que el mundo desarrollado no tiene ni el dinero para imponer un camino hacia el desarrollo, ni el monopolio de las buenas prácticas para imponer política pública. La crisis marcó, sin duda, un punto de inflexión.

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Esta provino de los países desarrollados, pero encontró sus mejores soluciones en los países en desarrollo, especialmente los países de renta media. La conversación sobre el desarrollo ha cambiado, pero más ha cambiado la discusión sobre la cooperación para el desarrollo, que, frecuentemente, venía en forma de transferencia de dinero con una serie de condiciones. Hoy tiene como eje fundamental la transferencia de conocimiento y el aprendizaje mutuo. Algo que cambia bastante el esquema con el que se venía operando desde hace mucho tiempo.

La cooperación para los países de renta media ya no es, en lo fundamental, un asunto de dinero, sino de cambios que se adaptan a las reglas del sistema internacional, a la realidad, que generen mecanismos para conocer y difundir las prácticas exitosas que posibilitan esa transferencia de conocimiento.

El ejercicio de Naciones Unidas “Post 2015” debe derivarse de un diálogo permanente. Un diálogo que expanda las barreras del conocimiento, lo ponga solidariamente al servicio de la erradicación de la miseria y de todas las formas de opresión y desigualdad, así como al servicio del desarrollo, que no es otra cosa que la expansión de las libertades disfrutadas, efectivamente, por las personas. Un diálogo para que de este siglo XXI emerja finalmente una humanidad reconciliada.

No hay esperanza para una verdadera cohesión social cuando persisten brechas evidentes entre los niveles de vida, las oportunidades y las expectativas de todos los miembros de una sociedad.

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