Opinión

El proceso de paz israelí-palestino

Actualizado el 28 de abril de 2014 a las 12:00 am

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El proceso de paz israelí-palestino

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BANGALORE – Los esfuerzos valientes del secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry, para salvar el proceso de paz israelí-palestino están a punto de fracasar. Aunque lograr un acuerdo sustancial era un sueño imposible, este desengaño reciente imposibilitará a los Estados Unidos mantener, incluso, la farsa de un “proceso de paz” que se distinguió por ser más proceso que paz. Y tal vez eso no sea algo malo.

Las negociaciones están fracasando por varias razones, empezando por la continua colonización israelí de los territorios ocupados en 1967, a pesar de la oposición de la comunidad internacional, incluidos los Estados Unidos. Sobre todo, Israel ha acelerado la construcción de los asentamientos desde que empezó la ronda de negociaciones más reciente, mientras que sus demandas han ido en aumento, en especial en lo que se refiere al despliegue de sus tropas en el Valle del Jordán. Liberar unas cuantas decenas de prisioneros palestinos no es sustituto de verdaderas concesiones en estos asuntos contenciosos.

Lo que empeora la situación es que los Estados Unidos se han abstenido continuamente de usar su peso sustancial para obligar a Israel a cambiar de rumbo, debido a la fortaleza interna del grupo de cabildeo pro Israel, en especial el Comité de Asuntos Públicos, Estados Unidos-Israel (Aipac, por sus siglas en inglés). Claramente, Kerry designó a Martin Indyk –ciudadano australiano, británico de nacimiento, que empezó su carrera política en los Estados Unidos trabajando para Aipac temprano en los años ochenta– como el principal mediador de los Estados Unidos.

La división entre Gaza, controlada por Hamás, y Cisjordania, controlada por Al Fatah, ha sido otro obstáculo para el acuerdo de paz. Esto, también, está enraizado en la intransigencia estadounidense-israelí, específicamente su renuencia a aceptar la victoria de Hamás en las elecciones del 2006 y a reconocer al grupo como el representante palestino legítimo. Esta política alentó a Al Fatah a no ceder poder a Hamás en Cisjordania, lo que suscitó la división en la Palestina ocupada.

Sin embargo, en la ronda más reciente de negociaciones, esta división no se ha presentado como un obstáculo importante porque Hamás se mantuvo al margen: no participó ni intentó tener un papel de perturbador. Esta decisión pudo haberse originado por la idea de que las negociaciones fracasarían, desacreditando así a la Autoridad Palestina dominada por Al Fatah. Independientemente de esto, no se puede culpar este nuevo fracaso de las negociaciones a la división entre palestinos.

Esto nos lleva de nuevo al tema de la continua colonización israelí de territorios palestinos, que excluye, más que nada, la posibilidad de una solución de dos Estados. Hay que sumarle la insistencia de Israel respecto a no hacer concesiones en cuestiones territoriales o sobre Jerusalén o el derecho de retorno de palestinos, y es claro que Kerry no tenía ninguna verdadera posibilidad.

Tal vez la señal más clara de la obstinación de Israel se puede ver en las declaraciones, en julio pasado, de su ministro de Economía, Naftali Bennett. “La idea de que un Estado palestino debería establecerse en el territorio de Israel ha llegado a un callejón sin salida. Lo más importante para el territorio de Israel es construir, construir y construir [asentamientos judíos].”

Paradójicamente, el observador palestino perspicaz puede sentir regocijo por el fracaso de los Estados Unidos para frenar la expansión de los asentamientos israelíes (y, por ende, la anexión efectiva de una proporción creciente de territorio palestino), puesto que esto acaba con la farsa en la que se había sustentado el proceso de paz. El resultado más probable ahora puede ser el establecimiento de un solo país unificado dentro de las fronteras del Mandato británico de Palestina de 1922, incluida la totalidad del Israel actual y los territorios ocupados.

En otras palabras, Israel y Palestina están avanzando inexorablemente hacia el establecimiento de un Estado binacional entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Dicho Estado tendrá uno o dos principios mutuamente excluyentes: igualdad de derechos para todos sus habitantes o alguna forma de apartheid , caracterizado por el control judío y la subordinación palestina.

El problema para los palestinos es que los israelíes judíos tendrían más influencia para dirigir el desarrollo de este Estado unificado, y es poco probable que, por sí mismos, elijan la igualdad. Después de todo, conceder derechos políticos y civiles iguales a todos los ciudadanos socavaría la naturaleza judía exclusivista del país y anularía las metas y logros sionistas. Eso es algo que la mayoría de la población judía de Israel rechazaría. Llamar al país “Israel” no sería suficiente para mitigar esta resistencia.

La comunidad internacional probablemente respondería con desprecio al surgimiento de un Estado que practicara el apartheid , y aislaría a Israel, pese a las protestas estadounidenses. Además, un conflicto en un país así con seguridad rebasaría sus fronteras y, probablemente, desataría una gran contienda regional. Esto tendría graves consecuencias para los Estados Unidos y otros defensores acérrimos de Israel en Occidente que tienen intereses estratégicos y económicos importantes en la región.

Por lo tanto, ha llegado el momento de que los Estados Unidos reconsideren su política con respecto al conflicto palestino-israelí. En lugar de buscar el espejismo de la solución de dos Estados, los Estados Unidos deberían utilizar su influencia en la región para allanar el camino hacia la creación de un Estado binacional, democrático, que garantice una plena igualdad política y civil a todos sus habitantes. Tal vez esta no sea una solución ideal para ninguna de las partes del conflicto, pero es mucho mejor que la alternativa: un Estado donde se practique el apartheid , que, con seguridad, desestabilizaría más al Medio Oriente y daría lugar a un ciclo interminable de conflictos en la región.

Mohammed Ayoob es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad estatal de Michigan e investigador adjunto en el Institute for Social Policy and Understanding. © Project Syndicate.

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