7 septiembre, 2014

En los esfuerzos por comprender la actual coyuntura política, y perfilar sus tendencias evolutivas, el concepto de “hegemonía” es clave. Entiendo por tal la condición que permite a los actores sociopolíticos ejercer la influencia dominante, ganen o pierdan elecciones.

Hegemonía. Desde finales de la primera mitad del siglo XX, el itinerario de la hegemonía se dibuja con facilidad. De 1940 a 1948, corrientes socialcristianas y marxistas ostentan la condición hegemónica frente a las tendencias liberales y socialistas democráticas. A inicios de los cincuenta, la hegemonía se traslada al Partido Liberación Nacional, organización que domina el escenario político-electoral en los períodos 1950-1978, 1982-1990 y 2006-2014. El socialcristianismo, entre 1948 y 1983, no alcanzó la hegemonía política en ninguna oportunidad, pero en diciembre de 1983, al crearse el PUSC, inició un crecimiento que lo llevó a conquistar la hegemonía entre los años 1990 y 2004.

El otro movimiento relevante en este asunto de la hegemonía es el marxismo y el reformismo de izquierda, el cual sigue una historia que conduce a la división de Vanguardia Popular, y llega, en una de sus tendencias, hasta la creación y evolución del Frente Amplio.

Interesa observar que el liberalismo político ha sido un factor fundamental de la hegemonía. Tanto el PLN como el PUSC y el PAC son partidos liberales en sentido político, de modo que puede hablarse de reformismo capitalista liberal-socialdemócrata, reformismo capitalista liberal-socialcristiano y reformismo capitalista liberal neo-estatista. En el caso del Frente Amplio, si bien se trata de una organización que no ha interiorizado los méritos y consecuencias del liberalismo político, puede hablarse de un reformismo capitalista de izquierda, tal como lo fue el morismo en el antiguo Partido Comunista.

¿Gatopardismo? El PAC representa una posible hegemonía alternativa al liberacionismo, al socialcristianismo y al Frente Amplio. No obstante, es temprano para determinar si esta agrupación y su gobierno, o lo que aparenta ser su gobierno, pueden transformarse en componentes claves de la condición hegemónica. Qué sea lo que ocurra depende de cuatro variables: primera, la capacidad del Gobierno para crear y transmitir un derrotero estratégico de la evolución nacional; segunda, el desarrollo, en la Casa Presidencial y en los ministerios, de capacidades relacionadas con el análisis político coyuntural; tercera, el avance efectivo frente a los intereses de la tecnoburocracia político-sindical y, cuarta, la capacidad del Poder Ejecutivo para tender puentes de unidad nacional.

En las cuatro variables señaladas, las insuficiencias gubernamentales son gigantescas. Se comprende, entonces, que el Gobierno es susceptible de naufragar en una hegemonía inconclusa y frustrada. Esta eventualidad no se revierte con discursos, emociones y poesías, sino con algunas –no muchas– propuestas de fondo, estructuradas, estructurales y coordinadas, que marquen un rumbo, y le den tono y ritmo a la acción cotidiana.

El Poder Ejecutivo –me dijo un buen amigo– puede sucumbir en el gatopardismo, vocablo derivado de la novela Gatopardo , escrita por Lampedusa entre 1954 y 1957 ¿En qué consiste el gatopardismo? En proclamar el cambio de todo o casi todo, para que nada cambie o todo empeore. “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”, se lee en la novela. Antes de construir retóricas sobre el cambio y la nueva forma de hacer política, los políticos del Gobierno deben evaluar si realmente están cambiando algo, o si solo se adaptan y sobreviven.

Funeral o recomposición. En lo que respecta al PLN, su condición hegemónica desapareció en las pasadas elecciones nacionales, sumido en la autoflagelación, el débil liderazgo y el abandono de la lucha político-electoral. Observo, sin embargo, un posible reposicionamiento basado en los méritos cosechados desde la década del cincuenta del siglo pasado hasta el primer cuarto del siglo XXI, y, de modo especial, en los aciertos de los últimos 32 años.

Si el PLN fracasa al intentar recomponerse, el funeral será inevitable, y morirá, contra toda lógica y sentido común, incapaz de defender, relanzar y enriquecer lo hecho desde 1982, disfrazando su orfandad político-intelectual en palabras gastadas como neoliberalismo, plegándose al conservadurismo religioso y olvidando que su principal problema está en las prácticas políticas obsoletas y en la solvencia –o insolvencia– ético-intelectual de los recursos humanos,

¿Qué sociedad tenemos? La hegemonía se relaciona con las estrategias de desarrollo socioeconómico. Conviene tener presente que la evolución de los modelos de desarrollo en el país ha conducido a una sociedad de clases sociales medias, liberalismo moderado, Estado social de derecho, inserción en la globalización y extremismos políticos controlados.

Bueno es recordar que, en la antesala de la crisis de finales de los años setenta y principios de los ochenta, se perfilaron cuatro propuestas de desarrollo: ultraliberal, marxista-leninista, social-estatista-paternalista (Codesa) y la tercera vía democrático-liberal. La pugna entre estas visiones se decantó en favor de la tercera vía, que propugnaba la eliminación de Codesa y del estado paternalista, se alejaba del marxismo y se oponía al ultraliberalismo.

Al transitar por el sendero de la tercera vía, Costa Rica mantuvo una tendencia de desarrollo creciente. Entre 1980 y el 2012, el Índice de Desarrollo Humano pasó de 0,621 a 0,773, la esperanza de vida se incrementó en 6,9 años, los años de escolaridad esperados y los años promedio de escolaridad aumentaron 4,1 y 3,0, respectivamente, el INB per cápita creció un 78%, y la pobreza se redujo desde índices cercanos o superiores al 50% (principios de los ochenta) al 20%-21%.

En un informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (marzo, 2014), se sostiene que, desde los años ochenta hasta el 2010, “la economía de Costa Rica se ha consolidado como una de las de mayor dinamismo…”, y que la proporción de personas de clase social media ha pasado del “18% en 1992 a cerca de 31% en los siguientes diez años, y a 40% en el 2009” Durante la década pasada, se lee en la investigación que “… el gasto social per cápita en Costa Rica experimentó un importante crecimiento, tanto a nivel agregado (70%) como en sus principales componentes: salud (68%), educación (98%), y seguridad y asistencia social (42%)…”.

Visión integral. Estos datos no me hacen olvidar la desigualdad, la pobreza, la corrupción o la existencia de un Estado subdesarrollado, sometido a grupos de presión, intereses sectoriales e ineficiencias. Pero lo que sí evidencian es la necesidad de profundizar y enriquecer los méritos de lo realizado desde 1982, al tiempo que se impulsa una revolución ética y político-gerencial en el Estado. Cuando se tiene una visión integral y unitaria como esta, nada peor que creerse el ombligo del universo y suponer que, a partir de sí mismo, todo es nuevo, como si nada se hubiese hecho, como si no hubiese historia y el peregrinar de los costarricenses –cercano al bicentenario– no tuviese ningún valor.

Urge liberarse del circo, pues, de lo contrario, todo será una payasada disimulada con la palabra “cambio”. Evitar semejante cinismo es el desafío de las élites políticas, estén donde estén.