17 noviembre, 2014

Don Luis, de 35 años, tiene 23 días viviendo en un hospital de la CCSS. Es un hombre sano, pero considerado no apto para convivir en sociedad y con su familia por la jueza que lo envió a hospitalizar. Ya había estado varias veces internado, la última durante dos años, siempre al ser catalogado de “peligroso”, pero el mismo mazo judicial que hace seis meses le concedió la libertad a condición de que asista a controles periódicos, se la quitó deprisa. Es decir, se convirtió en un eterno cautivo del sistema. Su madre olvidó llevarlo a una de las citas, porque no todas las personas tienen los mismos recursos, pues los accesos a educación, salud, a alimentación, no son iguales para todos.

Don Luis no tiene enfermedad mental. Está física y psíquicamente sano, a pesar de que la mala alimentación y precarias condiciones socioculturales desde la cuna limitaron su desarrollo intelectual de manera irreversible. Tiene retardo mental, es decir, se encuentra en el estadio que Jean Piaget llamó “de operaciones concretas”, sin acceso al pensamiento abstracto, sin poder hacer operaciones mentales en ausencia de objeto tangible.

Está internado por “tonto” y pobre, y para el día en que se publique esto, seguirá en el hospital, ofreciendo cada mañana su sonrisa infantil suplicante por volver al lado de su madre.

También están Pedro, José, Rosa, Carmen, muchos y muchas más como personas singulares, pero con el común denominador de su condición humilde y de estigma psiquiátrico. Esperan después de semanas, meses, incluso años, que la sociedad e institucionalidad costarricenses dejen de excluirlos.

La violencia que les endilgan no es comparable con la violencia con la que se los trata.

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