Opinión

La presidenta desconoce la voz del pueblo

Actualizado el 18 de abril de 2013 a las 12:00 am

No estamos dispuestos a claudicar en la defensa del interés común

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Los desfiles cívicos efectuados el pasado 11 de abril en nuestra Alajuela, me hicieron revivir el verdadero espíritu de lucha y libertad. Somos afortunados de ver cómo se escribía una nueva página célebre de nuestra historia. Con fuerte determinación se protestó contra un nuevo caso de ataque solapado a nuestra soberanía nacional. El inusual desfile, donde cientos de costarricenses en diferentes sitios mostraron su repudio ante la obstinada posición de la presidenta y su ministro de Transportes respecto a mantener la lesiva concesión de la ruta uno, será recordado en nuestra historia como un capítulo más de consciencia patriótica colectiva. El fervor llegó al punto de confundirse con manifestaciones de enojo e indignación; la violencia no la justifico en ninguna de sus manifestaciones.

Sumado a esto, fuimos testigos de las más increíbles muestras de insensibilidad y violencia verbal por parte de Pedro Castro, principal relator de la concesión de la General Cañas. Todavía zumba en mi oído al recordarlo decir ante el Concejo Municipal de San Ramón, frases de corte grosero, insensibles como: “con mil novecientos colones no se compra ni un almuerzo”, refiriéndose a los montos de peaje, o “el que no quiera pagar el peaje que simplemente se vaya por la carretera vieja”, en referencia a otras alternativas de tránsito.

Este tipo de manifestaciones, totalmente alejadas de la realidad económica, ignoran la condición diaria de una gran parte de los habitantes de nuestros pueblos, que deben trasladarse todos los días hasta sus lugares de trabajo en la capital, de hijos que deben acudir a sus centros de enseñanza en San José. Para la mayoría no es un lujo acceder a San José, es más bien una necesidad ya de por sí misma onerosa.

La señora presidenta sostuvo sobre los inconformes en un medio radial que “son unos cuantos izquierdistas”, tratando con ello de acallar la voz de un pueblo que una vez la llevó a la máxima magistratura y que un día confió en su buen juicio.

Doña Laura: recuerde que la imagen del prócer que luce en su oficina, corresponde al ilustre Juan Rafael Mora Porras, inspirador y promotor de la lucha contra el filibusterismo que buscaba saquear la dignidad de nuestros pueblos. Rememoremos su ejemplo, su temple y su sacrificio, pero, sobre todo, su espíritu inquebrantable que siempre supo elevar las conciencias de sus semejantes y contemporáneos.

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En nuestra ciudad de San Ramón se celebró una ejemplar manifestación de protesta, que transcurrió con normalidad y civismo; se inició y se culminó en paz, entonando nuestro Himno Nacional y la Patriótica costarricense . Pretendemos dejar en claro que no estamos dispuestos a claudicar en la defensa de intereses propios de esta patria que amamos tanto.

El pueblo habló fuerte, con diáfana especificidad, pero su mensaje no llegó hasta nuestra presidenta. Insiste en desconocer que el pueblo rechaza la concesión a la empresa OAS. Hay múltiples nulidades que vician este contrato, pero trata de imponer su voluntad. El Gobierno nunca quiso explicar o dialogar.

El ministro Castro evitó comparecer oportunamente, previo al trámite de refrendo. No respondió consultas ni dio explicaciones ante un gobierno municipal que lo citó a su seno. Luego de todo este desgastante enfrentamiento con el sentir popular y después de que líderes de todos los sectores censuraran la contratación, aún insiste, contra viento y marea, contra legalidad y conveniencia, contra razón y conciencia, en seguir adelante con la tarea de revivir este muerto adefesio jurídico.

No me queda más que reiterarles a doña Laura y su ministro, que aún es tiempo. Aún pueden afinar su oído y corregir con sabiduría el rumbo hacia donde el dedo popular señala; no cometan el error de querer fusilar y acallar una vez más el espíritu libertador de don Juanito y adentrarse con ello en las sendas de la infamia. Ya el pueblo con esta lucha que aún no acaba, alcanzó a comprender una máxima de vida importante: que la amenaza del filibusterismo se nutre de la indiferencia y miopía de los pueblos libres.

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