No prepararnos del todo es un gran problema que nos deja indefensos ante una amenaza

 7 diciembre, 2016

Analizando información sobre los torrentes de agua que bajaron por ríos de Upala y Bagaces, durante las horas de impacto del huracán Otto, recordé una máxima del proceso de gestión o manejo de riesgos: en desastres debemos prepararnos para el máximo evento.

Esa frase indica que no solo debemos prepararnos para hacer frente a peligros, sino que debemos prepararnos para enfrentar el evento de mayor magnitud que nos pueda afectar.

No prepararnos del todo es un gran problema que nos deja indefensos ante la manifestación de una amenaza de cualquier magnitud y no considerar el máximo acontecimiento nos puede llevar a un nivel de preparación insuficiente e ineficiente. Y si no estamos debidamente preparados y si no consideramos las dimensiones máximas reales de los peligros que nos acechan, somos víctimas potenciales de ellos.

Con frecuencia estimamos la magnitud máxima de los peligros con base en el tamaño que ellos han tenido en momentos, condiciones y circunstancias que podríamos llamar “de normalidad”. Por ejemplo, con base en registros históricos simples podríamos conocer el alcance de la mayor inundación por lluvia causada por el desbordamiento de un río en el mes más lluvioso, en una comunidad de relieve plano.

El escenario es simple: una amenaza (la inundación), un momento (día de un mes), una condición (mes más lluvioso) y una circunstancia (una zona plana). Pero podríamos equivocarnos si damos por hecho que ese alcance observado y determinado, con base en los registro de actividad normal, será por siempre el mayor y definitivo.

Bajo otras condiciones y circunstancias especiales, la dimensión conocida podría ser rebasada y llegar a máximos insospechados e inimaginables.

Por tanto, el efecto de la amenaza en circunstancias normales es manejable y quizá no genere riesgo de muerte, pero en otro momento o condición podría resultar mortal.

Cadena de eventos. Bajo circunstancias especiales, una pequeña quebrada o un inofensivo río podrían producir destrucción y muerte, especialmente si la complejidad de los escenarios aumenta por la combinación del efecto de varias amenazas, una de las cuales puede desencadenar otras.

Un huracán genera excesiva humedad y lluvia que ablandan, saturan y hacen más pesados los suelos, todo lo cual favorece el deslizamiento de masas terrestres inestables. Pueden generarse, entonces, desprendimientos del terreno que ruedan pendiente abajo, llegan hasta el cauce de un río y generan un represamiento temporal.

Con el represamiento, surge un embalse que se irá llenado rápidamente con el agua de las intensas lluvias y las del flujo del río. En determinado momento se romperá la presa y la enorme cantidad de agua fluirá río abajo, con grandes posibilidades de inundar lo nunca antes inundado y dañar a personas y elementos del espacio ubicados en las áreas anegables. De esa manera, lo que parecía imposible llega a ser real.

En Costa Rica, hay asentamientos humanos en zonas de alto riesgo y, muy probablemente, quienes allí habitan siquiera imaginan que la inundación podría ser descomunal y rápida, que el deslizamiento podría ser más que unas cuantas toneladas de tierras rodando pendiente abajo y que la erupción volcánica podría tener más alcance de lo que se ha visto hasta el momento.

Es a ellos a quienes tales eventos alcanzarían en primera instancia y, por eso, los mismos vulnerables deben ser los primeros interesados en reducir su vulnerabilidad. Con negar el peligro no se gana absolutamente nada y vivir bajo una falsa expectativa de seguridad, ignorando por completo la amenaza, podría ser una fatal decisión.

Trabajo cantonal. Las autoridades locales, las primeras responsables por ley de la vulnerabilidad humana en sus territorios, deben velar por la reducción de la vulnerabilidad y riesgo de sus habitantes. Para ello, deben dirigir el Comité Municipal de Emergencias (que debería ser de gestión de riesgos), crear comités distritales y vecinales de apoyo y realizar actividades de manejo permanentemente en su cantón.

Muchos gobiernos locales ya han comenzado y trabajan exitosamente, pero otros no parecen interesados en la identificación y reducción del riesgo todavía y siguen esperando hasta que el máximo evento llegue y los sorprenda.

Para evitar tan desagradable sorpresa, deben iniciar un trabajo eficiente y sustentable con un enfoque preventivo. Ellos pueden manejar toda la información sobre amenazas, vulnerabilidad y riesgo de sus cantones. Sí, es posible gestionar los riesgos.

El autor es geólogo.