Ogawa no hace otra cosa que verificar la potencia de una orfandad que rechaza el vacío

 17 junio

Una joven es contratada como secretaria de un laboratorio de especímenes. Ella laboraba en una fábrica de gaseosas, donde perdió un día su anular izquierdo, experiencia que la lleva a repudiar las gaseosas: si apenas probara una, está convencida, sentiría que un pedazo de carne viva flota en su lengua.

A la vez, no deja de resultarle extraño su nuevo trabajo. Allí se recibe y conserva todo tipo de objetos –“preciosas mercancías”, dice su jefe, el señor Deshimaru– aunque muy pocos vuelven por ellos. Los clientes los traen con el deseo de naturalizarlos, pagan y dan media vuelta.

Esta charla se prolonga y, a manera de ejemplo, el señor Deshimaru le muestra a la chica un tubo de vidrio que contiene tres champiñones preservados en una solución colorante. Los champiñones los llevó una mujer y procedían de la casa de sus padres, en la que ambos y un hermano murieron calcinados.

He aquí Anular de la japonesa Yoko Ogawa –novela editada en Francia y traducida en casi toda Europa– que de inmediato llamó la atención de los críticos y fue centro de las más pródigas reseñas en Occidente. También se filmó una película (2005) bajo la dirección de Diane Bertrand.

Un trozo de sí. Naturalizar una muerte, una catástrofe, una situación límite cumplida, significa verla como un hecho de la naturaleza; y esto de por sí trasmuta el hecho –indefinible, irreductible a las palabras– en algo aceptable para cualquier humano. Esa es la tarea del señor Deshimaru: convierte lo que fue una tragedia, un dolor irresistible o absurdo, en un sucedido natural representado por un objeto independiente que discurre entre alambiques y tubos de ensayo y que, en definitiva, es un momento irreparable o una serie de momentos fijados por el adiós perpetuo.

Pero Ogawa fuerza, página tras página, la intriga de tamaña clase de conversión: sí, ¿por qué no regresan los clientes a su tienda? A lo que el jefe contesta: “Nadie trae objetos para recordar con más y más nostalgia”, agregando que el espécimen representa algo que buscamos “encerrar, separar y terminar”.

Existe, además, una sala no expuesta a ninguna mirada, un lugar donde se produce la completa naturalización de los especímenes solo a pedido de su dueño, favor no habitual aunque posible.

A esta altura, la joven –y nosotros– percibimos cuánto hay de puesta en escena de la historia: el espécimen simboliza el duelo de cada cliente, un trozo de sí; y la naturalización (el retorno al estado de naturaleza) es el fin último de un drama que se desarrolla en el tiempo.

¿Tienen que acabar así las cosas? ¿No hay otro camino?

La eternidad. Jean Allouch, psicoanalista o, mejor, gran discípulo de Jacques Lacan (y que visitó Costa Rica en setiembre de 1995), ejecuta un análisis muy atento del libro de Ogawa y llega a la conclusión de que la clave de Anular es la inexistencia de la eternidad (el texto de Allouch se titula precisamente Contra la eternidad ), algo que invalida en principio las tesis de Ogawa. No obstante, juzga que la tensa narración que tiene entre manos es de las más incisivas que ha leído sobre la mortalidad humana.

Ogawa, según Allouch, no hace otra cosa que verificar la potencia de una orfandad que rechaza el vacío: la muerte de un amor, el padre, un hijo, el amigo, un hermano, es decir, alguien irreemplazable, marca definitivamente a la persona que la sobrevive y engendra el deseo de paliar el Acto Injusto, acaso hallando de nuevo a quien partió, rehaciendo una escena pasada junto a ella o él. O ideando una “preciosa mercancía”.

Los deseos muy deseados siempre quieren ocurrir.

El autor es escritor.