Opinión

El precio del silencio

Actualizado el 10 de junio de 2017 a las 10:00 pm

Al periodista Javier Valdez, aunque suene a perogrullada, lo mataron por estar vivo

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El precio del silencio

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El precio del silencio es la guerra. Callar es una forma de desviar la mirada y forzarla a la fuga; ciertamente, no alzar la voz ante la injusticia va de la mano de la degeneración de la visión: primero apelamos a lo borroso para evitar enfoques que nos comprometan y luego, casi sin darnos cuenta, nos aclimatamos a la oscuridad. Y el precio de la ceguera es la muerte.

“Que nos maten a todos”, tuiteó el periodista mexicano Javier Valdez al conocer el asesinato de su compatriota y compañera de profesión Miroslava Breach, “si esa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio”. Menos de dos meses más tarde, el pasado 15 de mayo, alguien consideró que en ese “todos” cabía más que nadie él y recibió doce balazos justo doce días después del Día Mundial de la Libertad de Prensa, una coincidencia especialmente macabra en México, señalado por Reporteros sin Fronteras como el tercer país más peligroso –por detrás de Siria y Afganistán– para ejercer el periodismo.

Costa Rica, apenas a tres horas de distancia en avión desde su capital a la de la nación azteca, se desmarca, en cambio, en 141 posiciones de México en libertad de prensa: efectivamente, Costa Rica tiene el honor de ostentar el sexto lugar –entre 180– en la clasificación mundial del 2017 en este apartado garante de la democracia, muy por delante de todos los países del continente americano y de la mayoría de países europeos.

El precio. Javier Valdez, por atreverse a ver y a hablar, pagó otro tipo de precio, el de enfrentarse a la muerte con su propia muerte. Los que se entierran en vida a fuerza de ignorar nunca estuvieron realmente vivos, he ahí la peor de las muertes: existir sin los atributos inherentes a la vida.

A Valdez, aunque suene a perogrullada, lo mataron por estar vivo. Y por exponer no solo a los narcos de Sinaloa, sino a todos aquellos que se hicieron a un lado –sin ojos, sin lengua– para dejarles paso. Cuando en el 2011 fue distinguido con el Premio Internacional a la Libertad de Prensa, declaró –con corazón, con entrañas– que “la niñez tiene su ADN tatuado de balas y fusiles y sangre y esta es una forma de asesinar el mañana” y afirmó, sin ambages, que estaban en guerra (de nuevo, como precio del silencio).

El magnífico artículo de ese mismo año titulado Justicia o camuflaje publicado en La Nación por José Fernando Araya disecciona, a partir del escándalo del pederasta Marcial Maciel –mexicano fundador de los Legionarios de Cristo–, “cómo la perversidad surge del modelo estructural (…), la cultura organizacional que oculta, favorece y nutre la criminalidad”. Ningún acto criminal, de la naturaleza que sea, sucede sin la complicidad de muchos que, callando, otorgan, esto es, abonan el terreno del mal con el estiércol de su contemporización culpable.

Con motivo de la XIV Feria Internacional del Libro en Costa Rica 2013, acogiendo como país invitado precisamente a México, tuve el privilegio de trabar amistad con la periodista Sanjuana Martínez, originaria de Monterrey –otro feudo de los narcos, dominado básicamente por Los Zetas– y de leer su libro La frontera del narco, un testimonio impresionante del desgarramiento moral de una sociedad entera orbitando, de manera dramáticamente errática, en torno a la comercialización de la droga y su consumo. Martínez recordó entonces que “los estadounidenses ponen los clientes, nosotros los muertos”. Y, unos por otros, la casa sin barrer.

Guerras. Infinidad de guerras se libran en nuestro entorno –y a la vez todos cargamos a cuestas nuestras guerras internas–, adheridas como lapas a rutinas aparentemente inofensivas. Las palabras valientes, en las que Javier Valdez decía guarecerse (dando la razón a Heidegger, “el lenguaje es la casa del ser”), contienen el germen de la transformación: insuflan esperanza, exigen derechos, denuncian abusos, reconcilian y proponen acuerdos honorables, detienen incluso balas, impiden otras muertes. Y, al callar, obviamos que el silencio cobarde hace mucho más ruido.

En una carta enviada desde la cárcel de Birmingham en 1963, Martin Luther King advertía: “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no solo por las palabras y acciones odiosas de la gente mala, sino por el abominable silencio de la gente buena”. Sin embargo, ¿cómo considerar bueno a quien calla o minimiza lo malo?

Los ojos de la guerra, escrito por Gervasio Sánchez y Miguel Legueniche a modo de homenaje a Miguel Gil-Moreno de Mora (corresponsal de guerra español que murió en una emboscada en Sierra Leona en el año 2000), constituye una punzante reflexión sobre la información reducida a mercancía que las agencias y redacciones alrededor del mundo trocean, censuran y sirven como producto digerible para las masas.

Y es exactamente ahí, en medio de la avalancha informativa omnipresente por la tecnología, de la identidad fragmentada resultante de alternar, con pasmosa facilidad, noticias pavorosas con anécdotas faranduleras –siniestro maridaje entre tragedia y frivolidad que triunfa en el tiempo asfixiante de la posverdad–, donde el periodismo de calidad es oxígeno que puede incluso cambiar el curso de la historia.

Javier Valdez hizo suya, hasta las últimas consecuencias, la máxima de Ryszard Kapuscinski: “para ejercer el periodismo, sobre todo, hay que ser un buen ser humano”. Y lo propio de los buenos, ya lo sabemos, es no callarse ante el mal.

El autor es economista.

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