14 febrero, 2015

MADRID – Siria no es hoy sino ruinas y sangre. Cuatro años de guerra civil han dejado tras de sí más de 200.000 muertos, un millón de heridos y 6,7 millones de desplazados internos. Otros 3,6 millones han huido del país y son hoy refugiados, mientras que 13 millones (de una población que antes de la guerra ascendía a 20 millones) necesitan desesperadamente asistencia humanitaria. Dos insignes enviados especiales de Naciones Unidas –Kofi Annan y Lakhdar Brahimi– abandonaron sucesivamente su misión ante la espiral, aparentemente sin fin, de la violencia.

Frente a este desconsolador panorama, cabría hoy, sin embargo, un optimismo prudente. Tras meses de intensos combates, las fuerzas kurdas han logrado recientemente expulsar al Estado Islámico de la ciudad fronteriza de Kobane. Por otra parte, el nuevo enviado de Naciones Unidas, Staffan de Mistura, ha puesto en marcha una estrategia pragmática y decidida –“Aleppo First”– que aspira a suspender las operaciones militares en la ciudad destruida y facilitar así la entrada de ayuda. ¿Estamos ante un punto de inflexión para Siria?

Cuando estalló la crisis en Siria, nadie pronosticó lo grave, dilatada y compleja que esta llegaría a ser. Para empezar, los observadores subestimaron la cada vez más profunda desesperanza de los ciudadanos, que les ha llevado a posicionarse inequívocamente del lado de los grupos yihadistas o del régimen de Assad.

El conflicto también es único en lo que respecta a su asimetría, derivada del número y disparidad de los actores involucrados. Hoy por hoy, sobre el terreno no cabe hablar más que de dos ejércitos convencionales: los combatientes kurdos y las fuerzas leales a Bashar al-Assad. Así, la oposición consta de un sinfín de facciones, dependientes todas ellas del patrocinio extranjero. De hecho, incluso los tan mediatizados “nacionalistas” no son sino una variedad de grupos que operan en pequeños territorios. El “Ejército sirio libre” es, por su parte, poco más que una fantasía. La cruda realidad es que los mejor organizados son los yihadistas: el Estado Islámico, Jabhat al-Nusra y el Frente Islámico.

El plan de De Mistura tiene como objetivo principal estabilizar la situación en un área limitada, acabando con las actuales implacables campañas militares, que solo benefician al Estado Islámico. Asimismo, el proyecto toma distancia respecto de las titubeantes treguas ensayadas en Homs y otras partes del país, y gira en torno a Aleppo, núcleo comercial y ciudad más poblada de Siria, verdadero microcosmos del país.

La ventaja principal del plan es que no se trata de un proyecto de paz per se . En lugar de exigir que alguno o todos los bandos se rindan o entreguen las armas, pretende tan sólo que cesen los enfrentamientos armados, para hacer así posible la distribución de ayuda humanitaria y evitar el colapso total de Aleppo.

Este planteamiento, garantizado por un mecanismo de aplicación eficaz, permitiría tejer progresivamente un clima de confianza mutua. Las recientes rondas de negociaciones en El Cairo y Moscú han supuesto modestos pero no insignificantes avances en esa dirección. Se trata de entablar un diálogo productivo –y, en última instancia, llegar a un consenso– entre los principales actores, frente a ISIS.

En esta guerra por delegación, ninguna solución será posible sin las potencias regionales que apoyan a las distintas facciones –Irán, Arabia Saudí y Catar–. En cuanto a Turquía, se enfrenta, sin duda, a riadas de refugiados, preocupaciones de seguridad a lo largo de su frontera con Siria, y a su delicada posición como país de tránsito para los yihadistas. Sin embargo, hay algo más fundamental: Turquía debe desarrollar una política coherente hacia el Estado Islámico, que no se vea anegada en la complejidad de la cuestión kurda.

Otras potencias también tendrán un papel clave que jugar. El apoyo del gobierno de Obama a la iniciativa de De Mistura evidencia un giro en su visión respecto del fin de la guerra civil, y simboliza una retractación implícita de su exigencia original de dimisión de Assad. Por el contrario, la política de la Unión Europea (UE) respecto a Siria sigue siendo un caos, y los Estados miembros únicamente han logrado acordar la creación de un “fondo fiduciario regional” para hacer frente a la crisis. La UE, por su proximidad geográfica, tiene un interés fundamental en la estabilidad de Siria, y es hora de que los líderes europeos adopten una posición común e inequívoca.

En última instancia, una solución duradera al conflicto vendrá exclusivamente de la mano de los sirios. De hecho, las bases para el tipo de acuerdo político encabezado por estos –que resulta hoy por hoy, a todas luces, necesario– fueron ya sentadas en el 2012 con el Comunicado de Ginebra I. Entonces, las rondas sucesivas de negociaciones fracasaron debido a una mentalidad de “todo o nada”, basada en gran medida en la suposición errónea de que Assad, como Zine al-Abidine Ben Ali en Túnez y Hosni Mubarak en Egipto, sería derrocado a corto plazo. Sin embargo, De Mistura ha dejado claro que su objetivo no es ni construir una paz duradera con Assad ni establecer la salida de Assad como condición previa. La solución se halla entre estas dos opciones y Occidente, especialmente Europa, así lo debe aceptar.

Escudarse en demandas poco realistas respecto de la paz en Siria es el camino más seguro al fracaso. En la actual situación, el pragmatismo resulta esencial, aun a costa de que algunos actores relevantes, entre ellos algunos miembros de referencia de la UE, tengan que tragarse el orgullo. La estabilidad de la región, la vida del pueblo sirio y lo poco que queda de sus medios de subsistencia dependen de ello.

Ana Palacio, exministra de Asuntos Exteriores de España y ex vicepresidenta primera del Banco Mundial, es miembro del Consejo de Estado de España. © Project Syndicate.

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