18 abril, 2015

Durante los últimos años, los Estados han avanzado en el reconocimiento de la diversidad cultural, social y sexual de la humanidad. Cada vez más se acepta en discursos y en políticas públicas la realidad de la diversidad humana, y se debate sobre cómo atenderla desde el ámbito de acción del Estado.

Visto desde una perspectiva política, reconocer el hecho de que todos somos diferentes constituye la base del pensamiento democrático: saber que debemos dialogar y construir juntos desde las diferencias para generar así sociedades más inclusivas en las cuales todos nos veamos reflejados. Al menos esa sería la inspiración deseada.

Desde una perspectiva cultural, esta visión nos permite comprender que la sociedad se construye y transforma constantemente a partir de las relaciones interculturales, pero esta es una realidad que durante muchos años los Estados han ignorado, dado su afán de promover la homogeneidad cultural.

El reconocimiento de la diversidad humana no se trata meramente de reconocernos como diversos, que ya de por sí somos, sino más bien de identificar y transformar las áreas de acción del Estado y de la sociedad que riñen con esta diversidad y que crean condiciones para la exclusión sociocultural, la intolerancia, la injusticia, la inequidad y la violencia.

En el ámbito de la educación pública costarricense, el discurso de la diversidad también ha llegado, y se evidencia en el currículum escolar remozado, en el cual se cita dicha diversidad, así como el fomento del respeto por la diferencia, la solidaridad, la equidad y la justicia social. Sin embargo, dichos principios se han incorporado como parte de los contenidos educativos, en vez de constituir la base de un cambio de la estructura educativa imperante.

Cambio de modelo. El modelo educativo costarricense actual mantiene su estructura desde la década del 50 del siglo pasado: un modelo enfocado en el aprendizaje de contenidos más que en el acompañamiento para el desarrollo integral de las personas. El sistema de evaluación perenne refuerza el sentido de competencia e individualidad, a la vez que homogeneiza a las personas; son los mismos contenidos para todos por igual, bajo las mismas circunstancias, como si todos fuésemos iguales, tuviésemos los mismos intereses y aprendiésemos al mismo ritmo. Se parte de la primicia de que el estudiante “no conoce nada” y de que es un sujeto que debe ser “alimentado” con contenidos para ser mejor persona y funcionar debidamente en la sociedad.

A pesar de que el sistema se basa en la absorción de los contenidos por parte de los estudiantes, la capacidad de retención de estos parece cortoplacista y enfocada en la obtención de “buenas calificaciones”, sin que muchas veces quede claro para los estudiantes cuál es la utilidad de esa información para su futuro, para su desarrollo físico y emocional. Dadas las condiciones actuales del avance en los medios de comunicación y de la disponibilidad de fuentes de información, valdría la pena sopesar qué grado de importancia realmente tiene mantener una educación basada en la absorción de contenidos.

De igual forma, valdría la pena pensar si el sistema actual de evaluación realmente aporta al desarrollo integral de los educandos. El ámbito escolar debe dejar de ser el espacio de la competencia, del individualismo y de la homogeneización de las personas, y debe transformarse en el taller del autodescubrimiento, el trabajo colaborativo y la solidaridad. Esta reforma la requerimos los costarricenses, si es que realmente estamos dispuestos a avanzar en el respeto y la comprensión de la diversidad humana.

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