30 julio, 2014

MADRID – Necesitamos a Francia. Como españoles, como europeos y como ciudadanos con conciencia global. Necesitamos a una Francia orgullosa, moderna, adaptada, próspera y que supere el desánimo y el pesimismo. Necesitamos al gran país que fue y que será, el que inspiró a todo el mundo con su revolución, su cultura, sus valores y su historia. Alain Peyrefitte decía que “sin Europa, Francia no será nada”, pero tampoco, sin Francia, Europa será nada.

Acabamos de celebrar el 14 de julio, la fiesta nacional francesa que este año marca el 225 aniversario de la toma de Bastilla. En esta ocasión hemos visto desfilar por primera vez a soldados argelinos por los Campos Elíseos, con la trascendencia histórica y simbólica que implica. Se cumplen, además, cien años de la Primera Guerra Mundial, se inicia un nuevo ciclo político europeo tras las elecciones y se celebran los 25 años de la reunificación alemana. Europa, desde entonces, ha cambiado mucho. Hace 25 años, Francia y la República Federal Alemana (RFA), como Italia y Reino Unido, tenían poblaciones similares en el entorno de los 60 millones de habitantes. La reunificación supuso para la RFA sumar a más de 16 millones de nuevos ciudadanos procedentes de la República Democrática Alemana, provocando que, desde entonces y hasta hoy, Alemania sea el país más poblado de Europa. Objetivamente el eje franco-alemán se descompensó. Para evitar que el desequilibrio tuviera consecuencias políticas, Alemania aceptó verse infrarrepresentada con la ponderación de voto, no corregida sustancialmente hasta el Tratado de Lisboa.

Sin embargo, con el paso del tiempo y en un proceso acentuado por la crisis económica, Berlín ha acabado por marcar los ritmos de la construcción europea, hasta ser hoy el punto claro de referencia. La lógica de la construcción europea exige que París complemente a Berlín, sumando a otros países como Italia, España, Reino Unido o Polonia. Aunque hoy Europa ya no sea cosa de dos –si es que lo ha sido alguna vez–, Francia sigue siendo un referente para muchos países europeos.

Cuando Francia sufre, Europa sufre. La curación de Europa y de Francia es parte de la misma ecuación con la misma incógnita. Francia, por su propia relevancia, peso histórico y bagaje cultural, es un país que mira con recelo los cambios que se producen a su alrededor. Es su propio peso como nación lo que muchas veces le impide volar y mirar más allá del horizonte. Sin embargo, en esta segunda década del siglo XXI, es evidente que nadie puede escapar a las grandes transformaciones que se han producido en el mundo. Nadie puede quedarse aislado de la globalización, ni domarla ni tampoco liderarla en solitario. Por eso, para Francia, hoy, Europa debe ser el referente adonde mirar. Una Europa que necesita del equilibrio París-Berlín para avanzar.

Francia aún arrastra las consecuencias del “no” en el referéndum de la Constitución Europea. No fueron sus mejores horas. De eso hace ya diez años, y Francia, hoy, no debe temer a la unión política en Europa, aunque suponga renunciar a parte de su soberanía. Al contrario, debe coliderarla, aportando su voz y su condición central de país a mitad de camino entre el norte y el sur, y de referencia para muchos otros países en cuestiones sociales. De la misma manera que Alemania dio un paso adelante, renunció al marco y hoy tenemos el euro como moneda común, Francia debe salir de los viejos esquemas del Estado-nación. Con el tiempo, la preponderancia económica alemana se ha traducido en mayor poder político para Berlín. Sería conveniente contar con el punto de vista complementario de París, especialmente en estos momentos en los que se avanza inexorablemente hacia una mayor integración económica que desembocará, para satisfacción de todos, en mayor integración política.

Francia cuenta con una sólida economía que le proporciona los mimbres adecuados para enfrentar las reformas con garantías. Tiene una renta per cápita que sobrepasa los 30.000 euros anuales, un Estado del bienestar fuerte y una sociedad formada, pero su crecimiento está estancado. No nos podemos permitir que la Francia dinámica pierda la batalla ante la Francia estática, la que opone resistencias al cambio. Los europeos estamos expectantes. Como muestra, un botón: la cooperación con Francia en la construcción del mercado común de la energía es fundamental para España. Esta relación puede ser enormemente beneficiosa para Francia y para Europa.

Francia debe sentir a Europa como propia. Los valores republicanos franceses encuentran su mejor expresión en lo que representa la Unión Europea. La libertad, la igualdad y la fraternidad son enemigas de las visiones nacionalistas, extremistas y eurófobas que encuentran ahora un momento dorado. Tampoco casan con estas visiones otras señas de identidad francesa como la integración, el Estado de derecho o el laicismo.

El despertar político, económico y social de Francia es crucial para todos. La senda de modernización no debiera tener vuelta atrás, especialmente ahora, cuando ascienden fuerzas políticas que explotan el miedo, el odio, el rechazo a lo diferente y la traición a los valores republicanos. Francia ha asumido importantes compromisos internacionales recientemente que debemos agradecer. Es el momento de que Francia, con el resto de los europeos, supere el pesimismo, el desánimo y la desconfianza.

Javier Solana, distinguido senior fellow de Brookings Institution y presidente del Centro de Economía y Geopolítica Global de Esade. © Project Syndicate.

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