Cuando una sociedad promueve el respeto a la vida, esa sociedad se hace más humana

 8 octubre

Porque estoy convencido de que quien debería reconsiderar los términos de la sentencia contra Costa Rica es la misma Corte Interamericana de Derechos Humanos.

No es cuestión de principios religiosos, la ciencia médica moderna sabe, con toda certeza, que el embrión humano es inconfundible y goza, desde el primer momento de la fecundación del óvulo femenino por el espermatozoide masculino de todas las potencialidades necesarias, ya orientadas dinámicamente, como el inicio de una vida humana.

El ser humano es humano desde la concepción, aunque la Corte Interamericana diga lo contrario, y eso es un hecho conocido por los avances actuales de la ciencia médica, que ya ha podido detectar la presencia del ADN, propio de cada ser humano, en el embrión, desde el primer momento de su concepción.

No tiene ningún respaldo científico, ni razonable, pretender aplazar el origen de la vida humana al momento arbitrario de la implantación al útero –en la fecundación in vitro puede ser incluso años después– cuando la madre le proporcione el alimento necesario para su posterior evolución y crecimiento, o, como señalan algunos, a las doce semanas o a los tres meses. Todos estos “supuestos arbitrarios” se han promovido para pretender eximirnos del delito del aborto. Entiendo, con los datos de la ciencia, que el embrión ya es un ser humano antes de su implantación.

Sentencia contaminada de nulidad. Considero que la sentencia dictada por la Corte Interamericana está contaminada de nulidad, porque, según mi parecer, parte de una premisa falsa y errónea, y por nobleza y honradez de los jueces hacia la humanidad, así como por consideración a la Constitución de Costa Rica, debería reconocer el error en que incurrió, al dictar la sentencia, posiblemente presionada por diversas ideologías y tal vez también por presiones políticas y diplomáticas mundiales.

Cuando una sociedad promueve el respeto a la vida, esa sociedad se hace más humana, más solidaria, menos agresiva, menos violenta, porque en cada ser humano, desde su inicio como embrión, la grandeza de la vida humana, la belleza de una existencia ya está empezando, exactamente igual que cuando cada uno de nosotros empezamos a vivir en el seno de nuestra madre.

Se me dificulta apoyar la fecundación in vitro porque manipula, peligrosamente, el proceso de la naturaleza a través de una tecnología llena de riesgos para la mujer a la que se somete a tratamientos duros y dolorosos, para los óvulos extraídos de su seno natural puestos en manos externas antes de su fecundación, para los espermatozoides recogidos del varón y transportados, a través de mecanismos tecnificados, hacia el óvulo por una ruta externa ajena al control del hombre y la mujer, que deberían ser los garantes de la paternidad.

El inicio de la vida. Sin embargo, desde el momento de la unión de un óvulo y un espermatozoide por medio de la tecnología, ya comienza una nueva vida humana, ahora en manos del médico que deberá transferirla, si le es posible, a un útero, cualquiera que sea, capaz de acogerla, a un banco de reserva de embriones vivos congelados, en espera del proceso, cuando se vea conveniente.

Todo el proceso, ya fuera del ámbito íntimo de una pareja, como lo pide el verdadero respeto a la naturaleza humana, corre el peligro de jugar con falsos óvulos y con dudoso origen de los espermatozoides, y a su vez con insegura paternidad y maternidad de los hijos, pues con esa tecnología el proceso quedó en manos de terceros, ya fuera de la garantía de la intimidad.

Para poder garantizar el debido y honrado proceso haría falta un excesivo e imposible control jurídico, así como también un banco de embriones costarricenses bien garantizado y custodiado por el Estado.

La televisión española recogió las declaraciones de una mujer que, después de ocho intentos, por fecundación in vitro, quedó embarazada, pero –según leí– no dijo cuántos óvulos fecundados se perdieron. Fue al examen prenatal y descubrieron gemelos, otro examen descubrió que uno de los gemelos era defectuoso; decide sacarlo: va a la operación y sacan el sano, ya la suerte del otro estaba dictada.

Considero, por tanto, mucho más importante orientar el progreso médico no por el camino de esa tecnología artificial, nada humana, y que no cura, sino hacia la curación de las causas de la infertilidad, y si esto todavía no es posible, orientar a las parejas por un camino correcto de ayuda a la infancia.

No logro entender, todavía, cómo una Corte de Derechos Humanos se atreve a imponer un método tecnológico tan inhumano y tan distinto del ofrecido por la naturaleza humana a través de millones de años, y con tantos riesgos de liquidar vidas humanas o congelarlas vivas hasta futuros procesos. Las presiones diplomáticas no pueden ser imperativas ante una ley que para ser válida debe ser justa. Me parece que esta es la manera de pensar de muchas personas.

El autor es presbítero.