6 septiembre, 2014

El fin de la Guerra Fría desató un optimismo generalizado. Brotó la esperanza de que el mundo estaba a punto de entrar en una prolongada época de paz en la que muchos países gradualmente adoptarían los valores beneficiosos que deparan el libre mercado y la democracia liberal. El reto del mundo era asegurar que esta nueva era de paz y prosperidad continuara por muchos años.

Falsa esperanza. Esa falsa esperanza no era nada nuevo. Después de la Primera Guerra Mundial, que se conoció como “la guerra para terminar con las guerras”, se abrigó esa misma esperanza. Pero una mala paz condenó al mundo a otra hecatombe. Esa paz de venganza y el nacionalismo, el capitalismo, el socialismo y el secularismo se mezclaron y explotaron en una orgía de violencia que remató en la Segunda Guerra Mundial.

Veinte años después de la Primera Guerra y dos años después de la Segunda Guerra, pocos sospecharon el abismo que había por delante: una nueva guerra, la Guerra Fría, que costó 100 millones de muertos.

Durante la Guerra Fría existió el orden que imponían, con su poder, las dos superpotencias que sabían que no podían utilizar sus armas estratégicas sin arriesgar la destrucción mutua. Pero, después, lo que se ha desatado ha sido una tenue paz en la cual han primado la anarquía, las guerras regionales y el espectro de terroristas provistos con armas de destrucción masiva.

Violencia universal. La estabilidad de los tiempos de la Guerra Fría fue sustituida por una interminable violencia universal. Un mundo que, desde 1989, se encamina hacia la anarquía de una nueva Edad Media más siniestra por un terrorismo diabólico que se ha multiplicado como por generación espontánea y que ya cubre todo el mundo. La civilización judeo-cristiana está enfrentada a fanáticos religiosos con una cultura de muerte, que portan modernas armas de destrucción masiva y que se han fijado la sagrada misión de islamizar la sociedad occidental imponiendo un califato mundial.

Desde agosto de 1914, el mundo ha vivido 100 años de guerra y el futuro se ve sombrío: la amenaza de una conflagración todavía más feroz y prolongada. Un conflicto que se torna más aterrorizante, porque coincide con una Europa debilitada por la vida fácil que la apacigua respecto a su verdugo, el islam fundamentalista, pues ha perdido el sentido del deber biológico de defenderse.

¿Por qué no se ha logrado una paz perdurable en el mundo?

La milenaria prédica del cristianismo a favor de la paz no lo ha logrado. La “comunidad internacional” (Liga de las Naciones y Naciones Unidas), tampoco. La fuerza de la Alianza Atlántica, tampoco; el “balance del poder”, tampoco, y la globalización, tampoco (los Estados a menudo actúan al margen de sus intereses económicos como lo está haciendo la Rusia de Putin).

Sin paz perdurable. Una paz perdurable no ha existido en nuestro planeta desde hace milenios. En las ruinas de una antiquísima ciudad de la antigua Mesopotamia, la tierra donde nació la civilización urbana, los arqueólogos han descubierto lo que, aseguran, es la primera evidencia sustancial de una sangrienta batalla que se libró allí aproximadamente en el año 3.500 antes de Cristo. Coleccionaron más de 1.200 “balas” ovaladas de arcilla que se lanzaban con hondas y 120 bolas más grandes que se arrojaban a mano. Para quienes predican el desarme como medio para lograr la paz, este ejemplo debe servir para que comprendan que la guerra se puede hacer hasta a pedradas.

Norman Angell, autor de La gran ilusión , asegura que, para las naciones ricas, una guerra en el mundo actual, aun si el país la ganara, no es rentable. El famoso economista Paul Krugman concuerda con Angell. En los tiempos modernos, la guerra “se ha vuelto un mal negocio”. Cita el caso de la guerra de Irak, que ha llegado a sobrepasar $1 billón ($1 millón de millones). Antes de la invasión, el costo de esa guerra se estimó en $50.000 millones.

Para el famoso periodista y analista político Robert Kaplan, “se puede decir que, ocasionalmente, pequeñas guerras y ocupaciones son buenas para todos nosotros”. Va más allá y nos asombra asegurando que “estas guerras ocasionales son evidencia de nuestra humanidad… y los tiempos de paz son tiempos frívolos”.

A través de la historia, las guerras se han librado por toda clase de razones o pretextos. Pero debe existir un denominador común para explicar el origen de todas las guerras. Trato de sugerir una posibilidad.

Los chimpancés. El Dr. John Mitani, de la Universidad de Michigan, y sus colegas estudiaron, por diez años, el comportamiento de los chimpancés. En el 2010 reportaron, en la revista Current Biology, que los chimpancés normalmente libran la guerra. Encontraron que grupos de 20 o más machos forman una fila y marchan al borde de su propio territorio. Vigilan el área controlada por el grupo vecino y, si un solo chimpancé foráneo se mete en su territorio, lo atacarán hasta matarlo. El objetivo de estas incursiones está claramente dirigido a capturar nuevo territorio. En el 2009, los chimpancés estudiados anexaron la región vecina aumentando el territorio bajo su control en un 22%.

Los autores concluyen que los chimpancés, por su propia naturaleza, son agresivos hacia sus vecinos y hacen la guerra, que los ha beneficiado por la ventaja de sobrevivencia que logra el vencedor en cuanto a más tierra y más recursos.

Genes casi idénticos. En el 2005, otro grupo de científicos reportaron, en la famosa revista Nature, que decodificaron el genoma del chimpancé y lo compararon con el genoma humano como un primer paso para definir, científicamente, qué es lo que hace humanos a los humanos. Encontraron que los chimpancés y los humanos tienen grupos de genes casi idénticos.

¿Por qué es que hay guerras? La contestación más racional pareciera ser que la guerra tiene algo que ver con los genes. Y habrá guerras hasta que la naturaleza humana cambie. Quizá por eso es que ha sido tan difícil terminar con las guerras: el genoma de algunos líderes humanos debe ser más parecido al de los chimpancés del Dr. Mitani.

Ingeniería genética. Para quienes “demandan” una paz inmediata y perdurable, el medio que más se acerca para lograrlo no es a través del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, sino mediante la ingeniería genética. Sin embargo, hay que tener paciencia. Esto se puede lograr, pero en unas cuantas centurias de ahora, o bien esperar incontables milenios hasta que venga el Reino de Dios.

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