Artes marciales y ajedrez, disciplinas que el presidente conoce y parece estar aplicando

 22 octubre, 2015

NUEVA YORK – No han escaseado los análisis de lo que el presidente Vladimir Putin está haciendo en Siria y por qué. Sin embargo, gran parte de ellos han estado estrictamente centrados a corto plazo y pueden ser demasiado negativos al evaluar las probables consecuencias a largo plazo de sus acciones.

Lo que sabemos es que Putin ha decidido acudir en ayuda del acosado régimen de Bashar al-Asad. Las bombas y los misiles rusos están lloviendo ahora sobre un despliegue de grupos armados que han estado combatiendo contra las fuerzas del Gobierno sirio, lo que ha brindado al régimen el respiro al que iba encaminada la intervención de Rusia.

Por malo que sea el Gobierno de Asad y por muchas que sean las acusaciones a las que deba responder, este resultado probablemente será preferible a corto plazo al desplome del régimen. La dolorosa verdad en la Siria actual es la de que muy probablemente la implosión del Gobierno provocaría un genocidio, millones más de desplazados y la creación del llamado califato del Estado Islámico en Damasco.

Los motivos de Putin se prestan a conjeturas, pero parece que no quería ver caer al aliado de Rusia desde hace mucho en Oriente Medio. Además, nunca desaprovecha una oportunidad de recordar al mundo que Rusia sigue siendo una gran potencia, capaz y deseosa de actuar en pro de sus intereses evidentes.

También es posible que deseara distraer la atención dentro de su país de una economía contraída y el aumento del costo de la intervención en Ucrania. La elevada calificación de Putin en las encuestas de opinión indica que puede estar consiguiéndolo.

Muchos temen que el reciente activismo de Rusia no solo prolongará la brutal guerra civil de Rusia, sino que, además, fortalecerá al Estado Islámico. Muy bien podría ser así, pues el odio al régimen de Asad es el mejor instrumento para reclutar adeptos y, al menos hasta ahora, en apariencia, el Estado Islámico es poco prioritario para el ejército ruso, que parece estar atacando principalmente a otros grupos anti-Asad.

De hecho, ha habido noticias de que el Estado Islámico está trasladándose a zonas que otros han abandonado a raíz de los ataques rusos. Rusia parece estar practicando el mismo juego cínico que Asad: entender la guerra como una disyuntiva binaria entre el Estado Islámico y el régimen que, por defectuoso que sea, aún merece el apoyo del mundo.

Algunos temen también que esa demostración de autoafirmación presagie una nueva ola de esa clase de intervenciones e incluso una nueva guerra fría, pero no es probable, aunque solo sea por la razón de que Rusia carece de los medios económicos y militares para sostener tales empeños en múltiples frentes. Tampoco está claro que el pueblo ruso esté dispuesto a pagar un alto precio por semejante política exterior.

Así, pues, todo depende de Putin, que goza de un grado de autonomía en materia de adopción de decisiones en el Kremlin que no se había visto desde la época de Stalin. Putin es famoso por su entusiasmo por las artes marciales y su actuación en Siria es del todo coherente con muchos de los principios de esas disciplinas, incluida la importancia de un ataque decisivo que neutraliza las fuerzas del oponente y aprovecha sus debilidades.

Pero la fuerza tiene sus límites. La intervención de Rusia en Siria no puede triunfar, si se entiende por triunfo permitir al Gobierno de Asad recuperar el control sobre la mayor parte del territorio del país. La política de Putin puede, como máximo, establecer un enclave relativamente seguro.

Incluso ese modesto objetivo resultará costoso, porque el Estado Islámico está volviéndose también más fuerte. Y podría extenderse a la propia Rusia: solo es cosa de tiempo que haya ataques con bombas (como, por ejemplo, el reciente ataque en Ancara) en Moscú.

Así, pues, lo que de verdad hay que preguntarse es si Putin considera el fortalecimiento del Gobierno de Asad un fin en sí mismo o un medio para un fin. Si es esto último –si Putin está pensando como un jugador de ajedrez, el juego preferido de muchos rusos, y preparando varios movimientos por adelantado–, es concebible un proceso diplomático en el que se destituya a Asad en algún momento. Rusia podría apoyar semejante proceso; al fin y al cabo, Putin no es conocido por su sentimentalismo. De hecho, podría lanzarse a un proceso político que le permitiera demostrar el papel fundamental de Rusia para moldear el futuro de Oriente Medio.

Entretanto, los Estados Unidos y otros deben aplicar una política de doble vía. Por una se canalizarían las medidas para mejorar el equilibrio de poder en el terreno en Siria, lo que significa ayudar más a los kurdos y a ciertas tribus suníes, además de continuar atacando al Estado Islámico desde el aire.

Con ese empeño surgirían enclaves relativamente seguros. Una Siria de enclaves o cantones puede ser el mejor resultado posible de momento y en un futuro previsible. Ni los EE. UU. ni ningún otro tiene un interés nacional vital en restablecer un Gobierno sirio que controle todo el territorio del país; lo esencial es hacer retroceder al Estado Islámico y grupos similares.

La segunda vía es un proceso político en el que los EE. UU. y otros Gobiernos no descarten la participación rusa (e incluso iraní). El objetivo sería el de forzar el abandono del poder por Asad y establecer un Gobierno sucesor que, como mínimo, gozara del apoyo de su base alauí e idealmente, de algunos suníes.

Semejante proceso podría muy bien conferir prestigio a Putin. Si contribuyera a una dinámica que con el tiempo redujera el sufrimiento del pueblo sirio y el peligro representado por el Estado Islámico, sería un precio que valdría la pena pagar.

Richard N. Haass es presidente del Consejo de Relaciones Exteriores. © Project Syndicate 1995–2015