Los políticos, pareciera, padecen una variedad de alzhéimer que les dura cuatro años

 22 junio

Todos quienes, de una u otra manera, conformamos el mercado de profesionales consolidados, independientemente de nuestra área de experticia, conocemos la importancia de la rigurosidad y la sustentación de hechos en el campo de la investigación. Lo concreto y lo preciso por encima de lo abstracto. La objetividad como elemento insoslayable de lo coherente y lo valiente.

En total contraposición de lo anterior, algunas noticias recurrentes en el campo político llaman la atención del análisis y el estudio en el ámbito social y cultural sobre el comportamiento de las personas (quizá no todos, pero sí la mayoría) y su metamorfosis una vez abrazado el gusanillo de la política, implantado como una especie de virus de mutación cuasi inmediata.

Lo político, pareciera, absorbe y enceguece hasta los principios más elementales de la formación académica y profesional. Una variedad de alzhéimer transitorio (cuatro años), pero con capacidad de prolongarse hasta lo indefinido.

Llamadas de atención. Repasemos algunos hechos para ser consecuentes con los criterios esgrimidos anteriormente. “Contraloría General de la República duda de logros reportados por gobierno en metas de desarrollo” ( La Nación, 15 de junio del 2017). Una publicación de la Contraloría cuestiona de forma contundente aspectos de forma y fondo del informe de cumplimiento de metas aportado por el gobierno como parte del ejercicio democrático de rendición de cuentas.

Por otro lado, el 23 de mayo, el gobierno remitió a la Contraloría un informe “de investigación” denunciando una lista de exfuncionarios de gobiernos anteriores acusados de cobrar un incentivo de forma irregular o impropia.

Una vez más la Contraloría sale al paso y critica el informe de la presidencia catalogándolo como “una indagación floja y carente de pruebas”.

El asunto es relevante toda vez que estamos hablando de un gobierno conformado, mayoritariamente, por académicos. Académicos, que, en el ejercicio de sus funciones habituales, les corresponde guiar e instruir a su comunidad estudiantil sobre los métodos apropiados y correctos de abordar un proceso de investigación bajo estándares de la más alta calidad.

Académicos que olvidaron, producto de esa mutación que produce el gusanillo político, los principios básicos de un proceso de investigación, definido, entre otros, como “un proceso que, mediante la aplicación del método científico, procura obtener información relevante y fidedigna. Es decir, digna de fe y crédito”.

Cifras sin sustento o soporte objetivo, laxitud documental o de procedimientos de constatación, metodologías de cálculo inadecuadas o mal empleadas, antecedentes erróneos como base de cálculo y una serie más de irregularidades que avergonzarían hasta al más imberbe miembro de la academia fueron reveladas en el tamiz de la Contraloría en los últimos días.

Como padre de familia y académico, mi pregunta sería si es este es un mal endógeno o si podemos descansar en el conformismo de que es una conducta pasajera producto de la politiquería misma que obnubila y desvergüenza.

El autor es administrador de negocios.