Opinión

La política de las tasas de interés negativas

Actualizado el 24 de agosto de 2016 a las 12:00 am

Para derrotar a la gran deflación es necesaria una agenda política progresista

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La política de las tasas de interés negativas

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ATENAS – Los objetos de deseo tienen precio. Solo cosas malas, como los desechos tóxicos, tienen un precio negativo equivalente a la tarifa que cobre cualquiera que esté dispuesto a hacerlos desaparecer. ¿Significa esto que las tasas de interés negativas representan una nueva visión del dinero: que se ha convertido en algo “malo”?

En las economías de mercado, el dinero es la medida del valor de los bienes y servicios. Y la tasa de interés es el precio de tal indicador, del dinero mismo. Cuando el precio es cero, no hay gran diferencia si el dinero se guarda debajo del colchón o se presta, porque poseer efectivo o pedir un préstamo no tiene costo alguno.

¿Pero cómo puede ser cero el precio del dinero, que después de todo hace girar el mundo y, como lo expresara Karl Marx, “transforma todas mis incapacidades en su contrario”? ¿Y cómo es posible que llegue a ser negativo, como lo está hoy en gran parte de la economía global, con los adinerados del mundo “sobornando” a los gobiernos para que tomen préstamos por más de $5,5 billones?

La respuesta solo puede ser de un tipo que los economistas abominan: filosófica, política y, por ende, irreducible a una explicación positivista clara. En otras palabras, tiene que tratar de la esencia del dinero.

En un mercado de productos agrícolas, los vendedores con muchas patatas sin vender comienzan a bajar el precio hasta llegar a un nivel (posiblemente muy bajo, pero todavía positivo) en que se acaban por vender todas. En contraste, desde la crisis financiera global del 2008, cada vez que se ha reducido el precio del dinero, cae la demanda de este y aumentan los excesos de ahorro. Está claro que el dinero no es como las patatas ni ninguna otra “cosa” bien definida.

Para entender cómo el dinero puede ser el bien supremo de nuestras sociedades, incluso si llega a un precio negativo, sirve de ayuda comenzar con el reconocimiento de que, a diferencia de las patatas, el dinero no posee ningún valor privado intrínseco. Su utilidad viene dada por lo que su poseedor puede hacer que otros lleven a cabo. Recordando la definición de Lenin sobre la política, el dinero gira en torno a “quién hace qué a quién”.

Imagine que es un empresario con dinero en el banco, o que tiene un banco muy deseoso de prestarle grandes sumas para invertir en su empresa. Se pasa muchas noches en vela pensando si debería invertir en un nuevo producto, es decir, si debe aprovechar su acceso al dinero para que un conjunto de otras personas trabajen a su nombre. En la gran deflación que estamos viviendo, lo que más le preocupa es el poder de compra y la inclinación que sus clientes tengan en el futuro. ¿Podrán y estarán dispuestos a comprar su nuevo producto en cantidades y precios suficientes?

Suponga que, sin haber dormido mucho, enciende la radio o la televisión solo para escuchar que la presidenta de la Reserva Federal de EE. UU., Janet Yellen, y el Presidente del Banco Central Europeo (BCRE), Mario Draghi, están pensando en reducir aún más las tasas de interés. ¿Se alegrará ante la perspectiva de que sus costes de financiación se reduzcan? ¿Se sentirá motivado a invertir su propio dinero ahora que gana menos intereses (tal vez incluso negativos)?

No y no. Probablemente su reacción sea de alarma: “¡Dios mío! ¡Si Janet y Mario están pensando en otro recorte más a las tasas de interés, deben tener buenas razones para creer que la demanda seguirá siendo baja!”. Así es que abandona su plan de inversión. “Mejor tomar préstamos casi gratuitamente”, pensará, “y adquirir más acciones de mi compañía, impulsar su precio, ganar más en el mercado de valores y guardar en el banco las ganancias para los tiempos de vacas flacas que se avecinan”.

Y así tenemos que el precio del dinero baja a pesar de que aumente su oferta. Los banqueros centrales que nunca predijeron la gran deflación ahora tratan afanosamente de encontrar una manera con modelos económicos y econométricos que nunca pudieron explicar, por no hablar de apuntar a posibles soluciones. No dispuestos a cuestionar el dogma de que los bancos centrales deben ser apolíticos, se niegan a pensar en el dinero como más que una “cosa”. Y así siguen buscando un arreglo tecnocrático a un problema que clama por una solución política filosóficamente astuta.

Es una misión fútil. Cuando el precio del dinero (las tasas de interés) llegó a cero, los bancos centrales trataron de comprar montañas de deuda pública y privada de los bancos comerciales para incentivarlos a prestar dinero libremente. El BCE hasta llegó a pagar a los bancos para que prestaran dinero a las empresas, mientras que al mismo tiempo los castigaba por no hacerlo (mediante tasas de interés negativas para los excesos de reservas).

Pero los banqueros y las empresas, viendo estas medidas como respuestas desesperadas a las expectativas deflacionarias autocumplidas, paralizaron sus inversiones al tiempo que usaban el dinero de los bancos centrales para inflar los precios de sus propios activos (acciones, arte, propiedades, etc.), con lo que no se contribuyó en nada a la derrota de la gran deflación; solo enriqueció más a los ricos, resultado que de algún modo reforzó la creencia de los banqueros centrales en la independencia del banco central.

Afortunadamente, no todos los banqueros centrales son incapaces de responder a la gran deflación con creatividad. Andy Haldane, economista en jefe del Banco de Inglaterra, ha sugerido valientemente que todo el dinero debería volverse digital, lo que permitiría imponernos a todos tasas de intereses negativas en tiempo real, obligando así a que todos gastemos a la vez. John Williams, presidente y director ejecutivo del Banco de la Reserva Federal de San Francisco, planteó hace poco que solo sería posible derrotar a la gran deflación si se toman medidas simultáneamente para establecer el nivel de los precios y el ingreso nacional nominal, en lo que constituye un enfoque similar al del New Deal , con una acción conjunta de la Fed y el gobierno.

Lo que distingue a estos banqueros centrales del resto es su disposición a cuestionar el mito de la política monetaria independiente, aceptar que el dinero es la más política de las commodities , poner en entredicho el carácter sacrosanto del efectivo y conceder que para derrotar a la gran deflación es necesaria una agenda política progresista.

Simone Weil dijo una vez: “Si se desea saber cómo es realmente un hombre, obsérvese cómo actúa cuando pierde dinero”. De manera similar, si queremos saber cómo son verdaderamente nuestras sociedades, debemos prestar atención a cómo reaccionan a las tasas de interés negativas.

Yanis Varoufakis, exministro de Finanzas de Grecia, es profesor de Economía en la Universidad de Atenas. © Project Syndicate 1995–2016

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