Opinión

La política es puro teatro

Actualizado el 30 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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“Todos los políticos roban, solo que los de antes, por lo menos, algo bueno hacían…”. Así dijo una persona a la salida del teatro. “En mi gobierno, todos estaremos mejor, y por todos, me refiero a mi familia y amigos”, reza un viejo chiste sobre políticos. A eso se limita nuestra conciencia electoral: mejor reír que llorar.

Este es el punto de partida del que no puede escapar la obra Baile y son de Patricio Carambolas , donde se representan las elecciones del Valle de Ipomoea, un lugar imaginario, pero con algunas características que nos son muy familiares.

En medio de nuestra propia contienda electoral, nos proponen mirar esta otra y reírnos de ella. Simples espectadores somos, al fin y al cabo, concientes de que algo anda mal, pero igual nos reímos, aplaudimos y hacemos porras según nos lo pida quien lleve el son del momento y, al final de la función, nos vamos como si la cosa no hubiera sido con nosotros.

Semejanza. El público, quizá sin saberlo, representa en el teatro el mismo papel que en la vida real. Ocupa una silla, como quien emite un voto, y de ahí no pasa. Salvo para reírse de los vaivenes de los contendientes, quienes son, a la vez, personajes de ficción, lejanos a su vida, a sus penas, a su hambre.

En esto se resume la política (mejor dicho, la politiquería): una apuesta en escena donde cada quien ocupa su asiento y nadie se sorprende del resultado, aunque no lo desee. Se injurian, se alían, se separan, se comprometen, lo tiran todo y, después, regresan.

Cada candidato se adhiere fielmente a su papel (en la obra, aclaro), sabe cómo llegar al pueblo para que esté contento, prometiendo todo sin comprometerse con nada. Y, al final, votamos por unos y a otros los botamos, aunque misteriosamente vuelven luego a aparecer en escena.

En el teatro sabemos que nuestro lugar es quedarnos sentados. No valdría nada, o sería un desastre, que alguien del público levantara su voz contra la corrupción o la desidia e interrumpiera la función, pues solo busca entretenernos (eso creemos aunque no sea cierto).

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Pero en la calle la cosa es distinta, o debería serlo; sin embargo, muchos no pasamos de sentarnos frente al televisor cual si fuera una butaca, nuevamente, como si la cosa no fuera con nosotros.

Habrá que forjarse un criterio, por lo menos, si no queremos comprometernos en serio, y apuntar con cuidado el lapicero cuando lleguen las papeletas.

Para el próximo cuatrienio, en este gran teatro en el que estamos todos metidos, las consecuencias para el público no se limitarán a un programa de mano que jamás leímos.

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