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Otra política es posible

Actualizado el 31 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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El expresidente Óscar Arias pronunció el discurso “Los retratos que aún faltan por colgar en la Asamblea Legislativa”. En él argumenta que el país vive un momento de deterioro de la política y que para resolver nuestros problemas y enfrentar los desafíos es necesario recuperarla, lo cual es correcto y debe ser apreciado. La visión negativa de la política, ahora fomentada por grupos e intelectuales anti-estatus quo, para quienes todos los políticos, casi sin excepción, son corruptos, ingenuos o incapaces, gana fuerza y tiene serias consecuencias para la democracia. También debe ser valorada positivamente la urgencia de un liderazgo fuerte. No obstante, en este planteamiento asusta su propuesta de un estilo de liderazgo cuya fuerza recaiga en la capacidad para imponer ideas, aún cuando divida y polarice. Eso evoca el liderazgo autocrático y no el democrático, propuesto por Max Weber para las sociedades modernas, basado en leyes e instituciones sustentadas en la capacidad de conducir el diálogo y la intermediación.

La política democrática no debe conducir a la división y a la polarización de la sociedad, sino al contrario, a su integración y cohesión. El primero no es el mejor camino para que las ideas de un líder sean adoptadas. El expresidente Arias no solo se equivoca en ofrecernos esta solución, sino que se contradice cuando afirma: “Las alianzas políticas y los acuerdos con los adversarios son la única forma que existe de construir en una democracia”. ¿Cómo se puede dividir y al mismo tiempo acordar? ¿Cómo puede recuperarse la política con esa visión de liderazgo? ¿En qué tipo de política está pensando el expresidente Arias? La política es el arte de acordar y eso se logra mediante la deliberación y la negociación, es un acto inclusivo y (contra) argumentativo basado en instituciones capaces de propiciar condiciones para que el debate no sólo sea democrático y participativo, sino efectivo y transparente.

Prensa y redes sociales. Asusta aún más cuando se ve el escándalo como un producto de la prensa y de las redes sociales y no de los inescrupulosos que han erradicado la moral de su práctica política. Es un argumento justificativo que alienta la visión negativa de la política. Solo una sociedad totalitaria puede imaginar una ciudadanía acallada en la que no haya escándalo, ni discusión, y los políticos estén a salvo de la mirada atenta de sus conciudadanos. Quizá el expresidente Arias no ha caído en cuenta de que la realidad política contemporánea ha cambiado tanto que la democracia es, cada vez más, una democracia vigilada. El surgimiento de la red, el fortalecimiento de los medios de comunicación y el desarrollo de los mecanismos institucionales y ciudadanos de control político han creado una demanda legítima por más transparencia.

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Hacer política en el pasado quizá era más fácil, pocos sabían leer y escribir y menos los que participaban con sentido en ella. El político no estaba obligado a la rendición de cuentas, ni a debatir en público como lo hace hoy. La política era un asunto de élites sociales e intelectuales. De ahí que la falta de consenso reclamada por el expresidente Arias se refiere a las dificultades para hacer pactos entre iluminados, como se hacían en el pasado, mientras que hoy los desafíos son distintos. Nunca se había requerido tanto de un liderazgo democrático e inclusivo. Me pregunto si ese liderazgo debe recaer en una persona, como lo propone el expresidente, o en una capacidad institucional.

Voluntad general. La política debe volver a ser un acto que exprese la voluntad general y eso significa reinventarla y ajustarla a un nuevo mundo en el que toda la ciudadanía tiene voz. La clave es reforzar y hacer más transparentes y participativas nuestras instituciones, acercar los partidos políticos a la gente, orientar las redes sociales para que contribuyan al debate y no se limiten al reclamo o al insulto. Esto significa invertir en el desarrollo de nuevas capacidades políticas e institucionales para el acuerdo. No me parece que sea sano un discurso en el que se deslegitime a todos los políticos y partidos políticos sin excepción. Hay muchas personas honestas y bienintencionadas en el mundo de la política. Pero tampoco es aceptable un discurso que desprecie a la ciudadanía. El mundo en que los horizontes éticos y morales de largo aliento se construían con facilidad pareciera haberse acabado. Ahora el esfuerzo es mayor y los liderazgos deben ser distintos: institucionales, colectivos, participativos e inclusivos.

El tipo de liderazgo de la generación del expresidente Arias está agotado, quizá por ello su artículo refleja tanto desaliento. Pero tampoco debemos deificar a la ciudadanía: abandonar al Estado y al partido puede llevar a la barbarie. En eso tiene razón el expresidente Arias: hay que trabajar para que la juventud se interese por la política, pero con liderazgos democráticos y con la participación amplia y activa de la ciudadanía. Es un gran desafío para el modelo multipartidista que pareciera imponerse en el país.

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