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La población civil siempre está en el fuego cruzado

Actualizado el 02 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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La población civil siempre está en el fuego cruzado

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La Primera Guerra Mundial fue, según Churchill, la primera “guerra de pueblos”. Se habían acabado las guerras de ejércitos. “Se habían desvanecido los días de los Tratados de Utrecht y Viena”, dijo, “en que los estadistas y diplomáticos aristócratas, tanto vencedores como vencidos, se reunían en debates amables y corteses. Libres del estrépito y la confusión de la democracia, podían dar nueva forma a sistemas sobre cuyas bases fundamentales todos estaban acordes”.

Ya para la Segunda Guerra Mundial, la población civil no pudo evitar su incorporación pasiva a la guerra. Toda la población civil de los dos bandos estaba en el fuego cruzado.

La invasión a Normandía causó, en dos meses y medio, cerca de 20.000 muertes de civiles solo en los cinco Departamentos franceses en los cuales se libró lo más cruento de esa batalla. Opina el historiador William I. Hitchcock que, “durante la invasión a Normandía, no hubo una protesta más activa contra la violencia (a la población civil) porque la guerra fue relativamente breve”.

Entre el 13 y el 15 de febrero de 1945, cuando la derrota de Hitler era inminente, 1.000 bombarderos pesados de Estados Unidos y Gran Bretaña dejaron caer sobre la antigua ciudad alemana de Dresde 4.000 toneladas de bombas altamente explosivas que crearon un infierno en las calles, literalmente derritiendo edificios y matando a 35.000 civiles.

Hecho atroz. Los aliados aseguraron que este hecho atroz fue necesario para “romper la moral de la población”, aunque otros opinan que se llevó a cabo como una horrible represalia, desproporcionada e indiscriminada, por los bombardeos nazis a Londres. La población civil de Dresde pagó ese precio, como si hubiera sido participante activo en un conflicto bélico.

En su libro La amarga ruta hacia la libertad , el historiador Hitchcock habla de “la siniestra realidad de la liberación”. Se refiere a la muerte de millones de civiles, a la destrucción masiva y al desplazamiento de más millones de ancianos, mujeres y niños. Dice que aun en conflictos claramente morales, justos y necesarios, como lo fue la Segunda Guerra Mundial contra el fascismo, el sufrimiento y la muerte de civiles han sido aterradores y han empeorado con el paso de los años.

La guerra misma ha cambiado desde los días de la Segunda Guerra Mundial no solo en términos cuantitativos, sino también cualitativos: ha incorporado, activamente, a la población civil a la guerra y se han prolongado los conflictos bélicos.

Escudos humanos. Los talibanes en Afganistán inventaron la horrible táctica de utilizar grandes grupos de civiles como escudos humanos. En la ofensiva a la sureña ciudad de Marjal, en febrero del 2010, los talibanes disparaban contra los soldados afganos desde el interior de las viviendas de la población civil y ordenaban a mujeres y niños que permanecieran de pie en techos o ventanas. De hecho, obligaban a matar civiles. Esta táctica se universalizó después de que los talibanes la popularizaron en Afganistán y es utilizada actualmente por sus camaradas, los terroristas de Hamás.

La otra característica de la nueva guerra es la táctica de “guerra interminable”, ciclos repetidos de guerra, tregua, paz y, luego, otra vez guerra. La táctica que han empleado los terroristas de Hamás es, simplemente, no ser derrotados para continuar sus luchas en este proceso interminable, pretendiendo así debilitar la voluntad de defenderse del pueblo israelita. Israel no va a caer en esa trampa. Por su misma supervivencia, se ve obligado a ponerle fin a este ciclo de guerras al que Hamás está sometiendo al pueblo judío.

Esta realidad se hizo evidente después del conflicto en la franja de Gaza del 2009 (Operación Plomo Fundido) y del conflicto del 2012 (Operación Pilar Defensivo). Es cierto que esas campañas le trajeron al pueblo israelita una mayor tranquilidad en sus fronteras. Pero también estaba claro que Israel se vería obligado a librar otra guerra similar porque, inmediatamente después de terminados esos conflictos, tanto Hamás como Hezbolá se rearmaron.

Sin otra opción. Para Giora Eiland, exjefe del Consejo de Seguridad Nacional de Israel, “la única manera de tener éxito (a más largo plazo) era tomar una acción militar mucho más fuerte”. Israel no tenía otra opción que terminar con el debilitante ciclo. Se veían obligados a golpear a su enemigo con una respuesta militar más robusta que resultara en la desmilitarización de Gaza. Una guerra ante enemigos que luchan sin uniforme y se esconden detrás de civiles, disparando cohetes desde residencias urbanas de alta densidad de población. En eso está Israel actualmente.

No es una guerra “humanitaria” como lo demandan ingenuamente algunos medios, “la comunidad internacional” y otros enemigos de Israel. Se olvidan de que la Segunda Guerra Mundial no fue una guerra humanitaria. Fue una “guerra total” con el uso de todas sus armas ofensivas. Requirió una fuerza brutal, inclusive con el uso de las bombas atómicas usadas contra la población civil de Japón. Pero fue exitosa porque derrotó irrevocablemente los ejércitos y las ideologías de los Estados fascistas. Eso es lo que busca hacer Israel con los terroristas de Gaza.

Hamás. Los fanáticos de Hamás, a lo largo de los años, han cometido 72 atentados suicidas y han matado a 1.410 judíos inocentes, incluidos 96 niños. No se le puede pedir al pueblo israelita que contemple, a corto plazo, una posible lluvia de cohetes de Irán, y que, además, viva con la interminable amenaza de Hamás y Hezbolá, aliados terroristas de ese país.

Para Montaner, “el Ejército (israelita) no debería abandonar Gaza sin antes descabezar la cúpula de Hamás y a sus cuadros intermedios hasta el punto en que la organización terrorista no pueda revitalizarse”. Y, con respecto a las muy lamentables bajas en la población civil, fueron los terroristas de Hamás los que la colocaron en el fuego cruzado.

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