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Al pie de la hoguera

Actualizado el 01 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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Al pie de la hoguera

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FOTOFILTRO/NORBERTO H. LABIOSA

Cuando escuché al presidente de Estados Unidos anunciar el restablecimiento de relaciones diplomáticas con el Gobierno de Cuba –decisión que considero acertada–, al tiempo que Raúl Castro hacía lo propio desde La Habana, mi primer pensamiento se dirigió a los muertos, torturados, perseguidos, encarcelados, desaparecidos y exiliados, envueltos en una ideología que, como todas, es pervertida y pervertidora.

Conforme se desgranaba la noticia, el puño de Raúl se levantó para proclamar la perpetuidad del socialismo. En Miami, como si del regreso de los dinosaurios se tratara, renació la era Mesozoica para acusar a Obama de “comunista”, “traidor” y “marxista”; un desconocimiento mayúsculo de los elementos básicos del pensamiento político. En América Latina, algunos actores casi imperceptibles depositaban flores para José Martí.

El gran teatro del mundo, que decía Pedro Calderón de la Barca, explotó en su teatralidad. Cadáveres y oprimidos se arremolinaron alrededor de tan singular momento, pero nadie los vio, nadie los recordó, nadie les pidió perdón. Mañana, de las cenizas renacerán memorias y, quizás, otras plumas con otras tintas escriban la historia desde la perspectiva de las víctimas. A lo lejos, en un “oscuro rincón del alma” (Alberto Cortés), con Gracián y Quevedo, recuerdo que es tragicomedia la vida, y teatro el mundo todo.

Efecto lucifer. En tal teatro, como lo evidencian las dictaduras de Cuba y Corea del Norte, o de Pinochet en Chile, existe el “efecto lucifer”, realidad psicosocial que se deriva de una combinación de factores ambientales, biogenéticos y mentales que conduce a la maldad pura y simple, y que se manifiesta en todas las ideologías conocidas. Philip Zimbardo en El efecto lucifer: el porqué de la maldad, demuestra que nadie está inmunizado contra la posibilidad de pensar y actuar de modo maléfico, ni los santos ni los políticos, ni los ideólogos ni los clérigos; por eso, el ser humano es una criatura siniestra que proclama altos ideales al mismo tiempo que construye horrores. No importa la creencia o institución que cobije y disfrace a las personas, el “efecto lucifer” es omnipresente, y sus rostro, por antonomasia, son el extremismo y el fanatismo, que hoy en todo el globo, como ha ocurrido siempre, estallan en guerras y genocidios. Frente a esos rostros macabros, conviene insistir en la diversidad que encierra el mundo debido a las varias civilizaciones que en él coexisten, y a las distintas experiencias que configuran la sociedad. El simplismo que divide las cosas en blanco y negro, sin ver matices ni sopesar el arcoíris de la vida, puede ser útil para manipular y controlar emociones, pero resulta fatuo e ineficaz cuando se trata de construir la concordia en la pluralidad. Dicho esto, retomo el análisis de la situación cubana.

¿Genial diplomático? Conviene un comentario sobre la presencia mediática del papa Francisco, presentado en el caso cubano como un astuto y eficaz diplomático. Es este un movimiento clave de la geopolítica internacional porque la Iglesia católica en Cuba posee una importante influencia, y el milenario bagaje universal e histórico-intelectual del catolicismo global aparece como un contrapeso respecto al fosilizado marxismo del gobierno de Raúl. ¿Qué puede comunicar ese marxismo frente al vital personalismo católico? ¿Qué el odio de clase frente al principio de la fraternidad universal? ¿Qué la antiutopía del paraíso dictatorial cubano frente al ideal de la libertad política fundado en la tradición liberal y en el carácter irreductible del ser personal? La presencia vaticana, por lo tanto, es un giro genial, pero no del Papa, sino de la circunstancia histórica, con Pontífice incluido. Al respecto, es más real Francisco (más él) cuando denuncia el alzhéimer espiritual, la vanagloria, el clericalismo y la soberbia de la curia romana y otros infalibles sepultureros de Dios, que el Papa, diplomático fraguado en el tubo de ensayo de la política interestatal.

La vía china. Otro de los actores importantes es la República Popular China. Plausible es pensar que los gobernantes de ese país añoren un socialismo de mercado en la Isla; es decir, un sistema que combine capitalismo con uniformidad político-ideológica. ¿Es esto posible en Cuba como lo es en China? No lo creo. En China, existía un nivel considerable de acumulación de capital antes de iniciar las reformas de mercado de 1978. Estas reformas se emprendieron con la intensidad, radicalidad y profundidad propias de un imperio, pero Cuba no es un imperio y su economía se ha basado en el subsidio masivo, primero, de la Unión Soviética y del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) y, luego, del Gobierno venezolano. La sociedad cubana no se apoya en acumulaciones internas de trabajo, productividad y ahorro, ni en infraestructura productiva, ni son suficientes sus raquíticas tasas de crecimiento económico. En tales condiciones, la versión cubana del socialismo de mercado chino es una quimera, y la cercanía geográfica de Estados Unidos, junto con los intereses europeo-occidentales, fortalecen ésta imposibilidad. Claro, nada está escrito en piedra, pero, por lo pronto, no veo por dónde puede saltar el “milagro” chino en la Isla.

Tendencias en el péndulo. Más importante que discutir en torno a la viabilidad de la vía china en Cuba, es preguntarse por cuál será el bloque de fuerzas sociohistóricas que perfilarán transformaciones sociales positivas en la Isla y apuntalarán, desde dentro sus posibilidades de desarrollo. En este punto, encuentro seis fuerzas: los cambios introducidos en la política del ejecutivo estadounidense, el levantamiento del embargo económico, la inversión extranjera directa, la multiplicación de iniciativas tendientes a promover la plena vigencia de los derechos humanos, el mayor protagonismo de la sociedad civil en los procesos de toma de decisiones y la creación de cientos de miles de pequeños y medianos emprendimientos.

Estas fuerzas redireccionan el péndulo de la historia desde el capitalismo monopolista de Estado dictatorial, subsidiado de manera permanente desde el exterior, hacia un capitalismo liberal-democrático socialmente inclusivo, fundado en el desarrollo de capacidades productivas internas y en la innovación-transformación de las instituciones políticas y sociales. Este movimiento del péndulo puede crear las condiciones propicias para un salto cualitativo en el desarrollo cubano, pero debe reconocerse que la transición referida es solo una posibilidad entre otras.

Encadenados. Cuando en Cuba se promueve el trabajo por cuenta propia, la inversión extranjera, la formación de propiedades mixtas con capital internacional y se reconocen distintas formas de propiedad, estimula el desarrollo capitalista. Sin embargo, cuando los políticos e ideólogos intentan restringir las implicaciones sociales de estas realidades de mercado, evidencian el temor a que su expansión debilite el control político y militar que ejercen sobre la población.

Las reformas económicas supervisadas por ideólogos en Cuba originan un dilema que atormenta a la nomenclatura gubernamental: ¿Cómo hacer compa-tible la pluralidad implícita en la economía de mercado con la dictadura y el estatismo exacerbado? El Gobierno cubano está enredado en sus propias cadenas engarzadas a los grilletes de una ideología que disfraza su perversión con la palabra socialismo; no obstante, ese disfraz, la diversidad-pluralidad que aterroriza a todas las dictaduras y centralismos, se atraviesa en las gargantas de los dictadores isleños.

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