Tener pocos años no hace a una persona desmerecedora de consideración y respeto

 13 julio

¿Mesa para dos?, nos pregunta al cruzar la puerta. “Tres”, contesto sin más. Acostumbrado a la ceguera selectiva, tengo claro a cuál de nosotros están ignorando.

Dos individuales y dos menús. Algunas veces insistimos en que nos traigan para todos, otras tantas compartimos para no alargar la espera. Ella no se siente ofendida e igual sonríe a quien se niega a prestarle atención.

Nos toma la orden a dos de nosotros y, luego, en lugar de hablarle directamente, consulta sin mirarla: “Y a ella, ¿qué le traigo?”. “¿Por qué no se lo pregunta?”, contesto generando una especie de asombro o angustia. Finalmente, le dirige la palabra, ya no puede fingir que no existe; sin embargo, mantiene su mirada fija en alguno de los otros para que le confirmemos si anota lo que pide.

Así, ella observa y va aprendiendo que no recibe el mismo trato que el resto, que parece ser menos importante o incapaz de tomar decisiones por su cuenta.

“Te explico papá –me dijo un día–, lo que importan son los adultos”.

La historia se repite en escenarios distintos, como si su corta estatura les impidiera notar su presencia, como si su relativa inexperiencia la hicieran indigna de atención, como si su criterio fuera irrelevante porque no es suficientemente humana; una versión incompleta de lo que debería ser.

Un lugar para ella. Pensarán algunos que no debería darle tanta importancia al asunto, si tan solo tiene cuatro años: ya habrá tiempo para que sea adulta, para que sea persona. Sin embargo, aparece de vez en cuando alguien dispuesto a reconocerle un lugar en su mundo; aprende entonces a verse a través de los otros, a que merece ser valorada y que su voz también tiene un espacio.

Entonces, la escucho hablar segura, la descubro mirando a los ojos y compartiendo su criterio sin temor a ser censurada. La veo construyéndose a sí misma sin que se lo impidan.

La edad nos diferencia, estamos de acuerdo. Pero tener pocos años no hace a una persona desmerecedora de consideración y respeto.

No hay personas invisibles, solo nuestra indisposición a reconocerlas. Las tratamos como nos enseñaron a hacerlo, aprenden de la forma como las tratamos. Si respetamos a los más pequeños en edad y tamaño, quizá ellos aprendan a tratar así a quienes se encuentren en cualquier otra situación de desventaja.

Como escribió Unamuno: “Los niños lo comprenden todo; más que nosotros. Y no olvidan nada. Y si ahora no lo comprenden, lo comprenderán mañana. Cada cosa de estas que ve u oye un niño es una semilla en su alma, que luego echa tallo y da fruto”.

El autor es psicólogo.