Opinión

El perro, el cocodrilo del Nilo y Cotico

Actualizado el 29 de mayo de 2016 a las 12:00 am

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El perro, el cocodrilo del Nilo y Cotico

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Escribir no deja de ser una empresa atrevida. Lo que se exprese en materia de política pública, por ejemplo, campo en el que de vez en cuando incursiono desde este espacio, puede procurar al escritor algunos enemigos. Pero quizá lo más difícil es cumplir con los requerimientos formales del idioma, como son el buen uso de los verbos, la gramática y la ortografía.

También, quien hojea una obrita como Literatura preceptiva, de Manuel Pereña y Puente, que en su cuarta edición fue corregida y considerablemente aumentada en el año 1908, no puede más que, al escribir, sentir pavor de violar muchas de las reglas (otrora sacrosantas) del idioma español.

En efecto, cuando uno revisa lo que son –y como han de utilizarse– conceptos literarios como la perífrasis (también llamada circunlocución), expolición, epifonema, conminación, sístole, sainete, paradiástole, metalepsis, epíteto, las nueve clases de sinécdoque, tropos de dicción, epigrama, reticencia, paradoja, parábolas y madrigal, entre otros, siente que quizá lo mejor sea no escribir del todo para no entrar en problemas con los que sí saben.

Antiguo líder. Sin embargo, es motivo de gran satisfacción cuando alguien se le acerca para manifestarle que ha leído, y que le gusta, lo que uno escribe, como recién me ocurrió con un personaje de este país.

Salía de la iglesia de San Pedro de Montes de Oca, donde asistí a la ceremonia de entierro de un amigo, cuando don Fernando Coto Martén, más conocido como Cotico, exlíder estudiantil que tomó en broma mucho de lo que otros tomaban en serio en la Costa Rica de la década de 1970 (y con una tropa de seguidores de su partido Cuas Cuas interrumpió una de mis clases en la UCR, porque a su juicio no procedía impartirla en la semana universitaria) muy respetuosamente se me acercó y entabló conversación conmigo. “Don Thelmo –me dijo– yo leo lo que usted escribe en La Nación y me gusta mucho. ¡Qué carga!”. “Gracias, le respondí. Eso me da mucha motivación para seguir haciéndolo”. “Y –continuó– saber que antes yo decía desde el pretil de la UCR: ‘¡Fuera Thelmo!’. Pero ya no”. Le prometí que mi próximo escrito, que es este, se lo dedicaría a él.

Cosas de natura. Él tiene que ver con una noticia, quizá de relleno, que este matutino recién publicó ( “Cocodrilos del Nilo invaden Florida”,La Nación, 22/5/2016).

Dice la noticia que, según confirman científicos de la Universidad de Florida, análisis de ADN permitieron confirmar que unos enormes cocodrilos que hoy viven en Florida vinieron de África, quizá para ser exhibidos en zoológicos o como mascotas de alguna gente. Esos cocodrilos, que son capaces de crecer hasta seis metros de largo, se alimentan de insectos, anfibios, pájaros y mamíferos, como son los perros (a los que de un bocado consumen como snack ) y los seres humanos.

Ante esto, uno se pregunta si no opera cierta injusticia en la naturaleza, cuando da cabida a unos depredadores mucho más fuertes que sus víctimas. Sin embargo, a mayor análisis, uno se da cuenta de que a algunos débiles, como las cucarachas y el zorrillo, natura los hace lo suficientemente hediondos como para que no sean apetecibles; a otros, muy veloces o ágiles para que salven su pellejo; y a los que no tienen esas características los hace numerosos, como para que siempre estén representados por alguien.

A otros los hace sagaces, como al perro de una historia que –como ejemplo de apólogo tomado de Samaniego– cita Pereña y Puente en su Literatura preceptiva: “Bebiendo un perro en el Nilo/ al mismo tiempo corría:/ ‘Bebe quieto’, le decía un taimado cocodrilo./ Díjole el perro prudente: /‘Dañoso es beber y andar’; /¿pero es sano el aguardar a que me claves el diente? /¡Oh qué docto perro viejo!/ Yo venero su sentir/ en esto de no seguir/ del enemigo el consejo”.

El lector, en particular si se trata de diputado, sabrá sacar de esta fábula algunas moralejas. Y a Cotico, quien tengo entendido que ya no preside el partido social Cuas Cuas, el del carapacho, pero se entrena para ser chamán, le deseo suerte en su nuevo proyecto personal.

El autor es economista y escritor.

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