El Einstein que creyó fue el niño y el artista, no el señor de las ecuaciones trascendentales

Por: Jacques Sagot 23 octubre

Después de oír tocar a Menuhin a los trece años, Einstein se puso de pie, lloró y dijo: “Ahora sé que hay un dios”. La anécdota es, en todo punto, representativa del siglo XX: hacía falta que un científico —el científico por antonomasia— lo certificara, para que Dios existiese. Ahora sí: podemos creer: ¡Cuánta bienaventuranza! Einstein lo autorizó, por lo tanto ha de ser cierto. La falacia “de autoridad”, o falacia ad baculum.

Lo que no le creímos a Teresa de Ávila, sor Juana Inés de la Cruz, fray Luis de León, san Juan de la Cruz, Pascal, Péguy o Claudel, sí hemos de creérselo acríticamente a Einstein.

La ciencia: la más reciente forma de la superstición. La única autorizada. El fetiche de los fetiches. Y no me refiero a las verdades (“juegos de veridicción”, los llamaría Foucault) que la ciencia enuncia, sino a la forma como la gente cree en ellas, esto es, ciegamente, sin comprender lo que se le dice, haciendo profesión de fe en la palabra sagrada del científico.

Porque el hombre “de la calle” ya no tiene la capacidad de entender lo que la ciencia propone: el grado de abstracción y complejidad que ha alcanzado la han convertido en un culto para iniciados, en una nueva forma de esoterismo. Ya no hay “ciencias ocultas”: todas han devenido tales.

Los científicos han reemplazado a la vieja casta sacerdotal. Son los nuevos custodios del fuego sacro del saber. La gente cree en Einstein, Heisenberg o Planck como durante diecinueve siglos creyó en Aristóteles: sin comprenderlo, sin cuestionarlo. Sus postulados son aceptados como artículos de fe. Tal es, justamente, la definición de la superstición: creer sin comprender. Los hombres del siglo XXI viven en la superstición consistente en creer que ya no tienen supersticiones.

Sensibilidad. Y, sin embargo, no es el científico en Einstein el que creyó. Fue el hombre sensible. Tanto Teresa de Ávila como el autor de la teoría de la relatividad hablan desde el mismo lugar: la epifanía, la revelación. No “inducen”, “deducen” o “infieren” a Dios: lo saben: eso es todo. De golpe. La razón es lenta, muy lenta: la hierofanía es instantánea y el arrobamiento en que nos sume, por su naturaleza misma, breve. Todo éxtasis lo es: de lo contrario, la fisiología humana no podría tolerarlo.

La higiene espiritual a la que se han sometido los grandes ascetas y eremitas no ha tenido por objeto otra cosa que tratar de prolongar estos éxtasis cuanto sea humanamente posible: de “habitar” en ellos, transformarlos en residencia, no en hechos aislados, en conmociones de esas que se experimentan —si se tiene la sensibilidad necesaria— una, a lo sumo dos veces en la vida (Pablo de Tarso en el camino a Damasco; Juana de Arco cuando, a los trece años, escuchó la voz de Dios; Pascal, la noche en que comenzó a escribir el Mémorial; Paul Claudel y Narciso Yepes en Notre-Dame; André Frossard en alguna iglesia parisina).

Sí: el Einstein que creyó fue el niño y el artista, no el señor de las ecuaciones trascendentales. Ese mismo escalofrío, esa misma certeza, esa sublime forma de arrobamiento me la han dado muchas veces la música y la poesía. No es placer: es una forma superior de la conciencia, un momento de hiperlucidez, un “saber” las cosas de cuajo, repito: una revelación.

La ciencia es un conocimiento obtenido, extorsionado a la realidad: la revelación es un saber. La primera es, por su naturaleza misma, violenta. Toda desgarradura del velo de Maya es una forma de violación. La segunda es recibida: la facultad que la posibilita es la sensibilidad.

Vehículo hacia la fe. Menuhin, tocando el violín a los trece años, vale —para quien sabe escuchar, tal es el caso de Einstein— más que toda prueba “racional” jamás ensayada de la existencia de Dios. Pero, por supuesto, yo nunca aprendí a resolver ecuaciones de segundo grado, así que ¿a quién puede interesarle lo que yo diga? Estoy epistemológicamente descalificado.

La fe es, primordialmente, una cuestión de sensibilidad, de apertura: aguzar los oídos y escuchar lo que la vida tiene que decirnos. El arte es un magnífico vehículo hacia la fe. La experiencia estética es hermana gemela de la experiencia mística (que a su vez se acerca llamativamente a la experiencia erótica).

Me refiero a sus manifestaciones superlativas, extáticas (etimológicamente, la palabra “éxtasis” significa “salir de sí mismo”), no a las cosquillas que nos hace al oído cualquier sonsonete de moda, o a una vulgar crisis de furor religioso ocasionado por la menopausia, la andropausia, la histeria o la necesidad de expiar alguna sorda culpa. Einstein decía: “No me cabe duda de que hay un jardinero, lo que yo quisiera saber es cómo siembra sus flores, de qué manera lo organiza, con qué leyes le da forma”. Tratando de averiguarlo invirtió toda su vida. En lo que nunca creyó fue en los dados: para él, el universo estaba organizado según arcanas pero precisas leyes.

Descartes y Pascal —científicos por excelencia— nunca consideraron la ciencia como una condición de posibilidad para la fe. De hecho, pensaron al revés: es la fe la que valida la ciencia. “Si Dios lo hubiese querido, dos y dos serían cinco”, decía René. Y, en última instancia, es Dios quien hace las veces de garante de la verdad, en el Discurso del método (el que nos protegería contra los embustes de un posible “genio del mal”).

El hombre contemporáneo está esperando el certificado de los científicos, para permitirse a sí mismo lo que en el fondo anhela: creer. El hecho es que este certificado nunca fue juzgado necesario en el pasado. ¿Conque la reciente boga de las partículas subatómicas conocidas como neutrinos, sospechados en realidad desde 1930, tendería a probar la concepción de Dios como un ser ubicuo, omnipresente, dada su facultad de desplazarse a mayor velocidad que la luz? ¡Entonces ya no es necesario creer en Dios: todo lo que necesitamos es constatarlo, como constato en este momento la existencia, frente a mí, de una mesa con su florero, un cúmulo de libros, una caja de galletas a mitad vacía, un par de fotos familiares y un puñado de tiquetes del metro!

¡Ya no es necesario el leap of faith, el salto al vacío! Esto es lo que el hombre contemporáneo quiere. Así, si está dispuesto a aceptar aquello que, precisamente, debía aceptar contra la evidencia sensorial y los dictámenes de la razón (erróneo lugar común, toda vez que la razón, en rigor, no puede desprobar nada en el orden teológico).

Creer ciegamente en la ciencia no es, en lo absoluto, diferente de creer ciegamente en el vudú. Toda ceguera es supersticiosa, toda superstición es ciega.