27 julio, 2014

A nivel global, entre un cuarto y un tercio de los alimentos producidos anualmente para consumo humano se pierde o desperdicia. Esto equivale a cerca de 1.300 millones de toneladas de alimentos, lo que incluye el 30% de los cereales, entre el 40% y el 50% de las raíces, frutas, hortalizas y semillas oleaginosas, el 20% de la carne y productos lácteos y el 35% de los pescados. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) calcula que dichos alimentos serían suficientes para alimentar a 2.000 millones de personas.

Las pérdidas se refieren a la disminución de la masa disponible de alimentos para el consumo humano en las fases de producción, poscosecha, almacenamiento y transporte. El desperdicio de alimentos tiene que ver con las pérdidas derivadas de la decisión de desechar los alimentos que todavía tienen valor, y se asocia principalmente con el comportamiento de los vendedores mayoristas y minoristas, servicios de venta de comida y consumidores.

Gran reto. Se trata de uno de los grandes retos pendientes para lograr la plena seguridad alimentaria, un desafío frente al cual América Latina y el Caribe no son ajenos: la FAO estima que el 6% de las pérdidas mundiales de alimentos se dan en América Latina y el Caribe, y, cada año, la región pierde y/o desperdicia alrededor del 15% de sus alimentos disponibles, a pesar de que 47 millones de sus habitantes aún viven día a día con hambre.

Las pérdidas y desperdicios impactan la sostenibilidad de los sistemas alimentarios, reducen la disponibilidad local y mundial de alimentos, generan menores ingresos para los productores y aumentan los precios para los consumidores. Además, tienen un efecto negativo sobre el medioambiente, debido a la utilización no sostenible de los recursos naturales. Por todo lo anterior, enfrentar esta problemática es fundamental para avanzar en la lucha contra el hambre y debe convertirse en una prioridad para los Gobiernos de América Latina y el Caribe.

Con los alimentos que se pierden en la región, solo a nivel de la venta al detalle –es decir, en supermercados, ferias libres, almacenes y demás puestos de venta retail –, se podría alimentar a más de 30 millones de personas, es decir, al 64% de quienes sufren hambre en la región.

Los alimentos que se pierden a este nivel en Bahamas, Jamaica, Trinidad y Tobago, Belice y Colombia son equivalentes a los que se necesitarían para alimentar a todos quienes sufren hambre en dichos países. Otros 12 podrían disponer de alimentos equivalentes a los que necesitan para alcanzar el primer Objetivo de Desarrollo del Milenio, si redujeran solo ese tipo de pérdidas.

Hecho inaceptable. Lo anterior representa únicamente una fracción de las pérdidas y desperdicios totales, ya que estas ocurren en todos los eslabones de la cadena alimentaria: el 28% se da a nivel del consumidor; el 28%, a nivel de producción; el 17%, en mercado y distribución; el 22%, durante el manejo y almacenamiento, y el 6% restante, a nivel de procesamiento. Aunque es importante señalar que los países de la región disponen de calorías más que suficientes para alimentar a todos sus ciudadanos, la enorme cantidad de alimentos perfectamente sanos y nutritivos que se pierden, o que acaban en el cubo de la basura, es sencillamente inaceptable mientras el hambre continúe afectando a casi el 8% de la población regional.

Hay formas de evitar las pérdidas y desperdicios en todos los eslabones de la cadena, principalmente mediante inversiones en infraestructura y capital físico. Se debe mejorar la eficiencia de los sistemas alimentarios y la gobernanza sobre el tema mediante marcos normativos, inversión, incentivos y alianzas estratégicas entre el sector público y privado. Un ejemplo son los bancos de alimentos, los cuales reúnen comida que, por diversas razones, sería descartada para su redistribución, y que ya existen en Costa Rica, Chile, Guatemala, Argentina, República Dominicana, Brasil y México. La Asociación de Bancos de Alimentos de México, por ejemplo, es una organización sin ánimo de lucro que, solo en el 2013, rescató 56.000 toneladas de alimentos.

La sensibilización pública también es clave, y se puede realizar a través de campañas dirigidas a cada uno de los actores de la cadena alimentaria, como lo realiza la Iniciativa global Save Food, una alianza entre la FAO y la compañía alemana Messe Düsseldorf. Save Food reúne a 250 socios, organizaciones y empresas públicas y privadas, y lleva a cabo campañas en todas las regiones del mundo.

Erradicar el hambre en la región requiere que todos los sectores de la sociedad hagan esfuerzos por reducir sus pérdidas y desperdicios. El beneficio potencial es incalculable. No solo tendría un efecto directo en las vidas de millones de personas, sino que también implicaría un cambio profundo de mentalidad, un paso fundamental hacia modelos de consumo y producción verdaderamente sustentables que garanticen que ningún niño ni adulto sufran hambre en un mundo donde la comida abunda.

Raúl Benítez, representante regional de la FAO para América Latina y el Caribe.

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