2 octubre, 2014

Perder la cabeza, literalmente, es lo que le pasó a un ser humano, el tercero en un mes, por el Medio Oriente en un autoproclamado califato: abyecta manera de probar su menosprecio absoluto a la condición humana. Sistema intolerable al que, no hay más remedio, ¡habrá que descabezar! Con altos y bajos, si bien “el hombre” (en sentido genérico, por supuesto) no evoluciona, la humanidad sí ha hecho notorios progresos en la relación entre personas. Eso de “voy a perder la cabeza por tu amor” aportó como canción buenos dividendos, pero no da para más. Y, sin embargo, acaba de ocurrir, nada menos que en Francia: una mujer de posición elevada “la perdió”.

Llegó a ser primera dama, cuestión más de azar que de mérito. Pero, charita, terminó el idilio… Pasa en millones de casos. Ahora saca venganza de contar intimidades en forma de libro. Imposible pensar en esta arma en la Costa Rica de hace unas décadas. Tampoco Hillary Clinton, aparte del merecido zapatazo histórico, publicitó sus rencores a miles de ejemplares. Mujer de temple, ojalá la veamos asumiendo las riendas, ya no de su marido, sino de su nación.

Pero, para no dar más importancia a las banalidades que evoca la señora francesa (lo confirman varias mujeres), se le nubló la testa en triple tesitura:

Primero: muy bajo, eso de hacer leña (¡y pesetas!) del árbol caído. A la vista queda lo que todos (y todas: para complacer a ciertas frenéticas y fanáticas féminas) ya sabíamos: nada nuevo bajo el sol ni bajo las sábanas. Somos tales por cuales, todos (sí: y todas… horror de duplicidad) andamos con déficit de inteligencia emocional. Y nadie aprende en cabeza ajena. En enseñanza que también cuenta en Francia, Gagini visualiza que el árbol está muy enfermo y que somos nosotros los culpables… Pero allá como acá, a ver si captan la metáfora. También Francia merece algo mejor, pero, por errores de lenguaje (dicen), ni para promover la francofonía sirve el libelo...

Segundo: que a la persona en cuestión le falta feeling , sí con la cabeza: si bien jurídicamente puede seguir aprovechando el apellido extranjerizante de su primer marido, en vez de reivindicar su propia identidad de cuerpo entero que pretende ser, para promocionar su libro, se cuelga de cierta función y fama… que debe al compañero nuevo. Rupturas sentimentales… las hay por legiones, lavando trapitos en casa. Nada defendible, tampoco, monsieur François como caballero: frente a esa historia rocambolesca de la escapada en moto (pronto la aprovecharán en telenovela), para nosotros ¿no será preferible seguir leyendo a Shakespeare, entre otros, con esa maravillosa escena ante el balcón de Julieta?

Tercero: que esa no tan valerosa dama señala a lo largo de su libreto que sufría por posturas e imposturas que imponen los medios… pero, en forma contradictoria, aprovecha toda la gran orquestación mediática detrás de esa publicación. Su puesto quedó acéfalo; ella, como maniquí. Perder la cabeza es también olvidar la perspectiva de los roles que nos tocan en la vida.

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