20 diciembre, 2015

El que el eje de la Tierra esté ligeramente inclinado respecto al Sol, unido a su giro anual alrededor del Astro Rey, produce una serie de interesantísimos fenómenos, entre ellos, las estaciones. Afirman los astrónomos que este 21 de diciembre, a eso de las 10:50 de la noche (hora de Costa Rica), tendrá lugar el fenómeno conocido como el solsticio de invierno en el hemisferio norte del globo, en el cual nos ubicamos.

La palabra solsticio está compuesta por dos raíces latinas para indicar que el Sol se detiene por un instante, sobre el trópico de Capricornio, luego de que los días han venido siendo más y más cortos. No solo son frías las noches en esta época, sino largas (“¡Pucha que son largas las noches de invierno!”, cantaba el gaucho). También, dado que los rayos de Sol caen perpendicularmente sobre nosotros, nuestra sombra al mediodía es la más pequeña posible.

El solsticio señala el inicio del invierno astronómico. Conforme más al norte esté situado un lugar, más largas son las noches en esta época.

Cerca del círculo polar ártico prácticamente no hay día, solo noche. Para esta fecha, los habitantes de esos lugares tenían – in illo témpore, cuando el comercio internacional era inexistente– que tomar una decisión principalísima: racionalizar el uso de recursos claves.

En efecto, cuando al entorno empezaba a cubrirlo la nieve, era necesario que las familias o, más probablemente, las pequeñas tribus, tuvieran listos sus inventarios de supervivencia invernal (quizá embutidos, quesos, vinos, salsas, frutas y carne secas, harina, panes, jaleas, etc.).

La leña debía estar picada y al lado de las casas o cuevas. La cantidad de animales de su propiedad (cabras, gallinas, vacas, cerdos) debía ser optimizada, teniendo en cuenta que conservar muchos exigía disponer de espacio en establos y, sobre todo, darles comida en una época en que ella escasea. Conservar muy pocos los exponía al riesgo de no contar con suficientes ejemplares para la primavera y el verano siguientes.

Un error en cualquier sentido aparejaba altos costos. Este cálculo –que hoy puede constituir un lindo ejercicio universitario en las facultades de economía o ingeniería industrial– en general lleva a sacrificar algunos animales y comerlos en el momento, o convertirlos en jamón, morcilla o lo que sea para consumirlos más adelante.

No en vano en el solsticio de invierno las guerras cesaban, la gente hacía fiestas y banquetes que duraban varios días, no solo para dar buen uso a los inventarios sobrantes, sino para celebrar el hecho de que, después de pasar por su punto más apagado, el Sol volvía a ganar la batalla de la luz y, a partir de ese momento, los días serían cada vez más largos. La vida parecía renacer y eso fue, y es, motivo de celebración.

Las estaciones procuran dos solsticios: el de invierno, que hemos comentado, y el de verano, que es exactamente al revés. En este, el día es el más largo del año. También, el paso de uno a otro lleva a los equinoccios, cuando el día y la noche tienen la misma duración y quedan definidas las direcciones: Este, por donde en ese momento “se levanta” el Sol, y Oeste, por donde “se acuesta”.

El cristianismo adoptó la fecha del solsticio de invierno boreal (norte) para celebrar la llegada a este mundo de quien, conforme a la fe, constituye “la verdadera luz del mundo”: la Palabra, la segunda persona de la Santísima Trinidad, por la cual –según Jn 1:3– todo se hizo y sin ella nada se hizo de cuanto existe (incluida la inclinación del eje de la Tierra).

El autor es economista y escritor.