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Algo para pensar en días electorales

Actualizado el 09 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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Algo para pensar en días electorales

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Todo pueblo tiene su propia voz que viene desde los orígenes. Es el acento de su historia, esencia de su tradición. Nuestro pueblo tiene una voz cargada de paz, de libertad y de ley. Es una voz democrática, que ha reclamado derechos desde el momento en que surgió la idea de independencia.

Los que sienten la tradición de su pueblo, los que la viven, pueden expresar con propiedad esa voz, sencillamente porque es parte de su esencia cívica y de su necesidad de defender todo lo que ha sido, todo lo que debe continuar siendo.

Pero ahora, desde hace algunos años, hemos ido perdiendo esa voz, la facultad para regresar a los orígenes, a ese grito que reclama y condena tanto bajar la cabeza. Solo alguien que venga de la tradición, con ese fuerte sentimiento patriótico, que le heredó su padre, que ejemplarizó su abuelo, puede tener la voz del pueblo.

Partidos políticos. La democracia continúa siendo un sistema de partidos políticos, a pesar de las desviaciones ideológicas y morales.

En Costa Rica, todo avance hacia la libertad y los derechos populares –en los últimos sesenta años– se debe al Partido Republicano, calderonista, y al Partido Liberación Nacional, figuerista. Son esas dos corrientes las que han logrado conquistas significativas en el campo social y en el desarrollo económico. Si queremos seguir avanzando, debemos recoger esa energía histórica. Todavía no ha nacido un líder que esté sobre esos partidos. Tampoco existe hoy una alternativa real para esas dos propuestas.

En el momento histórico y político de la actualidad, solamente se necesita ser congruente con esa ansiedad popular de continuar construyendo una democracia cada vez mejor.

Puedo hablar por mi partido y en lo que creo. En la socialdemocracia está presente la mayor responsabilidad histórica de nuestro tiempo, pero esta afirmación tiene sentido y valor en el tanto en que ese partido sea, de verdad, socialdemócrata. Los partidos políticos son armas que pueden servir como instituciones de explotación o como instrumentos de liberación. El partido socialdemócrata solo lo será cuando los sectores populares lo dominen y decidan. Si es dirigido por empresarios, gobernará hacia arriba, y, si es dirigido por representantes del pueblo, gobernará hacia abajo.

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Un partido ideológico debe siempre y en todo caso hacer valer sus principios. Cuando esta obligación se margina, nos encontramos con una tendencia que pretende prescindir del partido y confirmar al líder sin control que propone y dispone.

Los partidos políticos no son la democracia, pero sin partidos serios y responsables no hay democracia. Solo puede considerarse como partido político aquella agrupación que defiende una ideología política concreta y que tiene posibilidad de tomar el poder a corto plazo. El partido debe siempre volver los ojos a sus principios, es su tabla de salvación, su máxima y única preocupación, su auténtica moral. El dilema de la democracia está en la capacidad, en el diario esfuerzo que hagan los partidos políticos para hacer valer sus valores y suprimir toda clase de privilegios.

Moral y valores. El origen básico de un necesario planteamiento ideológico y de un adecuado comportamiento moral es admitir que subsiste un determinado grado de explotación social. Tal vez, lo que no producimos es una capacidad en las esferas de decisión respaldadas por una actitud moral que permita gobernar decentemente. La moral no se inventa, se encuentra; la ideología no se crea, se descubre. Es posible que el objetivo no esté en encontrar una moral para imponerla a un grupo gobernante, sino en encontrar a un grupo gobernante con una moral aceptable. El gobernante encuentra la moral cuando aprende a mirar hacia el pueblo.

La conciencia es una propiedad espiritual del hombre que le permite tener conocimiento para apreciar el bien que puede hacer y el mal que debe evitar. Quien denuncia la deshonestidad del funcionario público, pero guarda silencio por la injusticia social en que vivimos, no es un hombre moral. La proyección social del Estado depende, en gran medida, de la calidad moral de los particulares.

Los valores son una consecuencia del desarrollo natural de las sociedades. Históricamente, en Costa Rica, el ciudadano se formó en la escuela pública, sede de reproducción de los valores y orientaciones sociales. El hombre moral y el ciudadano consciente aprendieron en la escuela costarricense la costumbre de ser demócratas. De esta manera, nuestra escuela ha sido un aparato al servicio de la ideología democrática. La estabilidad política que tenemos es un valor en sí mismo al que todos tenemos la obligación de defender. La libertad y todos los valores están en el derecho del futuro, en el orden político y social deseables.

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Y esto es así, porque los derechos y valores no son tanto una realidad como un proceso. No son, sino que van siendo. Todo ordenamiento jurídico contiene valores y, cuando son elevados a categoría constitucional –como la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político–, adquieren condición de superiores. Los valores de una sociedad, así entendidos, no son tanto para rescatar un pasado como para conquistar el futuro.

Si un partido político tiene como valor moral y filosófico la lucha contra la pobreza, sus dirigentes deben comprender que no es asunto de enunciados teóricos ni de simples palabras. Esa lucha tiene una orientación precisa: combatir la pobreza es oponerse a quienes la provocan.

Al final de su vida, don José Figueres vivía en una casita muy humilde en el Alto de Ochomogo. Fui a visitarlo en una ocasión al anochecer. Me invitó a un jarro de aguadulce y a una tortilla con frijoles. Al marcharme, le pregunté por qué vivía tan pobremente. “Mire –me dijo– he llegado a la conclusión de que, para continuar defendiendo lo que siempre he pensado, no puedo seguir viviendo como nunca pensé”.

La democracia es el gobierno de gentes sencillas para gentes sencillas, y solo ofrece vivir en paz, bajo una institucionalidad que permita la realización de la justicia, disfrutando todos de trabajo y seguridad, en pleno bienestar general. Una organización social que dé oportunidad a los pueblos para realizarse material y espiritualmente, sin explotadores ni explotados. El pueblo, representando al pueblo y gobernando para el pueblo, con capacidad para defender todo lo que se ha sido y todo lo que debe continuar siendo.

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