Opinión

El peligro de las corrientes de resaca

Actualizado el 07 de junio de 2017 a las 10:00 pm

El planeta se mantiene al margen del más grande flagelo costero: las muertes por sumersión

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Desde el 2008, el planeta celebra el 8 de junio el Día Mundial de los Océanos. Así lo hace el Instituto Internacional del Océano, con sede en la República de Malta, y, en lo particular, su centro operativo adscrito a la Universidad Nacional. Año con año, no obstante, hemos debido luchar contra la proximidad de este día al 5 de junio, Día Mundial del Ambiente. Y es que, efectivamente, dentro de esta última celebración, el océano y las costas nunca han ocupado en nuestro país un protagonismo relevante.

Durante la celebración del Día Mundial de los Océanos solemos escuchar la necesidad de luchar en pro de la sostenibilidad del medio oceánico, evitar contaminarlo y explotarlo irracionalmente; exaltamos su belleza y el gran beneficio para el ser humano como medio de comunicación y comercio. Todos estos aspectos son trascendentales dentro del quehacer de los terrícolas.

Nos gusta hablar en términos del beneficio que nos aporta y, por tanto, sobre nuestras acciones que podrían y han podido poner en jaque esos beneficios, de los que quisiéramos seguir disfrutando.

Ahogados. En los últimos años, debido a las miles de muertes experimentadas durante el sunami en Indonesia y otros sitios asiáticos, así como lo ha sido el argumento del cambio climático y el consecuente ascenso del nivel relativo del mar, el mundo ha volcado su interés, como no antes, sobre los sunamis y la necesidad de contar con sistemas y protocolos claros y eficaces de prevención de esta amenaza natural. ¡Y eso es bueno! No obstante, no solo Costa Rica, sino el planeta entero, se mantiene al margen del más grande flagelo costero, surgido a partir de cuando el ser humano decidió adoptar las playas como sitio de esparcimiento: las muertes por sumersión debido a las corrientes de retorno o resaca.

Según datos coincidentes, tanto de la OMS como del Servicio Internacional de Guardavidas, año con año se producen cientos de miles de ahogados en el planeta: ¡más de 300.000 en ríos y playas! Solo en Europa, los decesos por esta causa suman entre 30.000 y 40.000 al año.

En Costa Rica, según estadísticas muy confiables, entre el 2001 y el 2015 murieron unas 60 personas al año en playas debido a esta amenaza. Después de una leve disminución, durante los años 2014 y 2015 se incrementó el número de ahogados.

Señalización. Desde el año 2007, algunas instancias nacionales, como la Universidad Nacional (con campañas como UNA al servicio de Costa Rica), el ICT, la Cruz Roja Costarricense, el Servicio Nacional de Guardacostas, la Comisión Nacional de Emergencias y, últimamente, la Embajada de los Estados Unidos, trabajan en la colocación de señales en decenas de playas costarricenses, en el estudio y monitoreo de sus corrientes de resacas en playas de ambas costas, en la divulgación de los resultados científicos y capacitación de una amplia gama de actores sociales involucrados con la seguridad en las playas, con miras a conseguir una normativa nacional de seguridad coherente con el disfrute de esos sitios que tanto promovemos.

Contar con playas seguras, en el contexto de las corrientes de resaca, significa contar con la presencia permanente de guardavidas calificados en el número que corresponde. Este personaje, clave en el combate contra las muertes por sumersión, no es el único faltante dentro de una normativa con la que tampoco contamos, pero es pieza indispensable en el engranaje de seguridad que debemos ofrecer a los turistas que nuestros sitios de esparcimiento costero captan hoy en cifras mayúsculas.

Bien hará, por tanto, el Estado costarricense, mediante la urgente normativa, en decidirse a combatir formal y efectivamente este flagelo que tanto pesar ha traído a familias nacionales y extranjeras (más de 5.000 muertes en ríos y mares desde el año 1980 en aguas nacionales) y celebrar el Día Mundial de los Océanos no con fugaces palabras de celebración, sino con acciones concretas de cambio durante cada una de las trescientas sesenta y cinco jornadas del año.

El autor es investigador-director del Instituto Internacional del Océano de la Universidad Nacional.

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