5 marzo, 2014

¿A qué se debe que decimos “peli” en vez de película, “bici” en vez de bicicleta, “muni” en vez de municipalidad, “peri” en vez de periférica, “refri” en vez de refrigeradora, etc.? El fenómeno se da también en los nombres propios: “Cata” en vez de Catalina, “Viky” en vez de Virginia o Victoria, “Sofi” en vez de Sofía, “Merce” en vez de Mercedes, “Mile” en vez de Milena. Ocurre igual en los nombres masculinos: “Robert” en vez de Roberto (cuando es en español) “Rafa” en vez de Rafael, “Rudy o Rodo” en vez de Rodolfo, “Tony” en vez de Antonio y así muchos ejemplos más.

Este fenómeno es la transformación de un rasgo que desde la antigüedad se conoce como apócope, del griego “apo-kopé – apokopto”: corte, supresión; los gramáticos de la India lo definían literalmente como “unir o juntar”. Se trata, en su sentido más estricto, de un rasgo de modulación fonética donde se eliminan, para efectos de la rima y el ritmo de un verso o poema, algunas letras o sílabas al final de una palabra, y con ello ajustarse a la métrica correspondiente. Su uso inicial parece haberse gestado en de la poesía, como una de sus importantes figuras retóricas.

El uso del apócope pasó del lenguaje literario a ser parte del lenguaje común, pues al ser la lengua un ente dinámico va adquiriendo peculiaridades que inicialmente no le pertenecían, según sea el comportamiento de cada país o región y, por ende, de su habla particular.

Siendo flexibles en relación con la definición tradicional de apócope, podemos considerar los ejemplos mencionados como variables de este fenómeno, pero con otro sentido, cual es considerarlos como partícipes de lo que se conoce como “formas de economía del lenguaje”. Su distintivo implica reducir a la menor cantidad posible de palabras (o letras) para expresar, con el mínimo de recursos, lo que se quiere decir: el principio de economía restringe la cantidad de elementos compositivos que pueden usarse en la comunicación.

A modo de digresión vale recordar los telegramas; en esa práctica cada palabra sí tenía un valor económico –en sentido estricto- de ahí que se redactaba con el menor número posible de ellas para rebajar el costo del mensaje.

Economía del habla. El salto contundente se dio en el siglo XX con el fenómeno de las comunicaciones y de las redes sociales, cuyos alcances son difíciles de imaginar. Baste el caso de la reducción de letras y palabras consideradas tema de estudios de lingüística, lexicografía, sociolingüística y demás (Shannon y Weaver), imposibles de reseñar en este artículo. El ejemplo por antonomasia es Twitter, amén de muchas otras redes análogas.

Para mencionar un ejemplo, ahora se escribe “msj” en vez de mensaje. Este último ejemplo no es solamente una muestra de apócope, sino también de “síncopa” (otra forma de figura retórica) que consiste en omitir letras en el interior de la palabra. Estamos ante dos síncopas dadas la ausencia de “en” y luego de “a” y de un apócope con la supresión de la “e”.

El caso de la onomástica, cuando es verbalizado (no digitado) sugiere más una forma de afecto que de uso consciente de economía del lenguaje.

Curiosamente, muchas parejas tratan de buscar un nombre para su recién nacido, con el criterio de que no sea un nombre compuesto, para que no se omita uno de ellos.

Sin embargo, como vimos, los nombres aunque tengan tres sílabas, se acortan a dos, y nombres de cinco letras se reducen a cuatro.

Hay otros casos en que su aparición se da por razones simbólicas o efectos cariñosos como decir “ma” o “pa” en vez de mamá y papá. Ejemplos hay miles y no sabemos hasta dónde pueden llegar estos fenómenos de tan variadas formas.

Estas consideraciones nos hacen pensar en que lo que sí es cierto es que la velocidad con que se dan estos cambios es sorprendente y quienes no “nacimos” dentro de esas nuevas coordenadas nos estamos viéndola muy difícil para entender lo que antes era de uso común y cotidiano.

¿Estaremos a las puertas de una “escuela” que nos será mucho más difícil que la que ya aprendimos de jóvenes?

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