El pecado original de los partidos

Exigir que los partidos sean bautizados en el auténtico credo de la democracia

La última encuesta de Unimer reveló que más de la mitad del electorado está profundamente decepcionado de los partidos y pide un relevo político. La desconfianza es tal que, al menos en las filas de la oposición, ni siquiera la idea de una alianza motiva a la mayoría. Un partido nuevo es lo que quiere.

Pero ¿cómo debe entenderse ese deseo ciudadano? Si actualmente solo a escala nacional están en proceso de inscripción nueve partidos nuevos, que abarcan todo el espectro ideológico, ¿podría esperarse que pronto aparezcan alternativas capaces de llenar el vacío? Mucho temo que no. Todas esas nuevas formaciones nacen poseídas por el pasado y vienen con pecado original.

Un partido político no es nuevo por su fecha de constitución, por los dirigentes que lo encabecen, ni por la novedad que pueda existir en su divisa, el nombre y lemas que adopte.

La innovación que la gente anhela alude a la forma en que se entiende, se conquista y se ejerce el poder político.

En la actualidad el ciudadano se informa cada vez mejor y, por tanto, es más crítico y más exigente frente a los políticos. Con suma facilidad descubre que los nuevos partidos nacen viejos. Y, cuando se nace viejo, es natural morir temprano; por eso algunos partidos jóvenes pudieran estar entrando en agonía, pese al relativo éxito alcanzado hasta ahora.

El problema es de fondo, de concepto. Viejos o nuevos; de derecha, de centro o de izquierda; laicos o religiosos; los partidos, en lo fundamental, son concebidos como un activo patrimonial de sus dirigentes. Ahí está su pecado original.

Sí, los partidos tienen dueños y, con frecuencia, son negociados al igual que se vende, alquila o permuta una finca, un carro o una fábrica; en el mejor de los casos no se comercializan, pero se los guarda en el joyero personal. Esto disgusta a la gente, quiebra su credibilidad en la política y erosiona la democracia.

En esa ruta la contradicción es insalvable. Para pedir votos y acceder al poder, todo partido invocará el interés público y buscará seducir a la mayoría; sin embargo, al ejercerlo, ese poder será capitalizado apenas por unos cuantos, siempre reacios a rendir cuentas. Esto hace que la política sea vista como un engaño continuo y una actividad propia de cínicos.

A los ojos de la ciudadanía, los partidos lucen secuestrados por intereses individuales, distantes del sentir popular. El elector los percibe como instrumentos de ambiciones personales, no como canales al servicio de aspiraciones colectivas. De ahí la desconfianza generalizada.

Aceptado está desde tiempos bíblicos que el pecado original solo se quita con el bautismo y quizá por ahí pueda intentarse una solución. Es razonable exigir que los partidos sean bautizados en el auténtico credo de la democracia; donde la voz del pueblo de veras sea escuchada como la voz de Dios.

Solo así los políticos entenderán que periódicamente han de confesar sus pecados y expiar sus culpas. Rendición de cuentas lo llama el olvidado y nunca reglamentado artículo 11 de nuestra Constitución.

La remoción del cargo, presidente y diputados, bajo procedimientos claramente establecidos, debe implantarse. El pueblo tiene el derecho a revocar los poderes que otorga. El que nombra pide cuentas y puede quitar al que falla, sería la regla.

Y a la base de todo, otro cambio al “credo” mismo de la democracia electoral. La regla de que todos tenemos derecho a elegir y a ser electos debe ser redimensionada. La sociedad no merece correr tantos riesgos a partir de tal simplismo.

Debe entenderse que, si bien todos tenemos derecho a elegir y muchísimos, también el derecho a ser electos, nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho a elegirse a sí mismo.

Cuando así lo comprenda la mayoría, los partidos políticos ya no tendrán dueño y dejarán de subastarse cual patrimonio de sus dirigentes, porque las estructuras partidarias no podrán ser asaltadas por quienes únicamente aspiran a elegirse a sí mismos para apropiarse de los poderes públicos.

Y en verdad eso ya fue dicho, hace mucho tiempo y de mejor manera, por quienes advirtieron que “los males de la democracia solo se corrigen con más democracia”.

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