Opinión

La patria en guerra

Actualizado el 07 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

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La patria en guerra

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Para los habitantes, vivir en Costa Rica es lo mejor que nos ha pasado. Habitamos un país sin ejército, que abolió la pena de muerte, que le ha declarado la paz al mundo y a la naturaleza, que es neutral en los conflictos militares entre otras naciones. Somos, además, el país más feliz del mundo y del pura vida.

Pero para miles de los habitantes más vulnerables, es el más peligroso, violento e infernal entre el concierto de las naciones.

Miles de niños en nuestros barrios son diariamente agredidos o sufren abuso, violaciones, tortura, asesinato. Para ellos, este no es el país más feliz del mundo ni su vida es pura vida.

Las cifras del PANI y del Hospital Nacional de Niños son escalofriantes y, tanto peor, porque el número oficial es apenas la punta del iceberg en esta guerra.

Sabemos algo de los niños que llegan a los hospitales, quemados, con los cráneos rotos, las costillas quebradas, con enfermedades venéreas como terrible evidencia de las violaciones de las que han sido víctimas. Los que no llegan a los hospitales, ¿cuántos son? Pero si le agregamos la identidad de los victimarios, esta guerra, además de indeseable, se torna nauseabunda.

La mayoría de los agresores son los propios padres, madres, hermanos mayores, padrastros o madrastras, tíos, abuelos, primos que se acercan a las casas atraídos por el olor de las víctimas.

De esta forma, la víctima debe rendir pleitesía, respeto, devoción y hasta sentir amor por su victimario. Esto es nauseabundo. Es evidente que la acción del PANI no es suficiente y jamás podría serlo.

Esta es una guerra en la que debemos intervenir el Estado en su conjunto –no solo el PANI y el HNN– y la sociedad en su totalidad o, al menos, aquellos que no somos agresores, violadores ni asesinos de niños. Creo que somos la mayoría y podemos ganar esta guerra.

Cada silencio nuestro, cada indiferencia, cada vez que nos hacemos los locos ante esta tragedia que sucede ante nuestros ojos, somos más cómplices y más cobardes. En esa triste condición, ¿podremos con algo de dignidad celebrar el Día del Niño y de la Niña y ocho días después cantar con orgullo el himno nacional? Yo creo que no.

Pablo Ureña es abogado.

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