Opinión

El pasado no pasa

Actualizado el 25 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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El pasado no pasa

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El artículo del periodista Ignacio Santos Pasamontes (LN, 20/08/2013, pág. 35A) sobre el libro El Café de las Cuatro (EUNED, 2012), del también periodista Carlos Morales, me hizo recordar una tesis que he sostenido en privado y deseo compartir: Entre 1965 y 1982 (diecisiete años) florece en Costa Rica una actividad sociocultural que alcanza altos niveles de profundidad intelectual y humanista. Es en ese marco que El Café de las Cuatro cultiva el arte de la tertulia como ejercicio del diálogo socrático, un tipo de conversación que, al distanciarse de lo ruidoso y aparente, bullanguero y vulgar, uniforme y homogéneo, se concentra en lo más hondo, diverso y excelente.

1. Intenso debate nacional. Lo dicho es notorio cuando se considera la producción ensayística de aquellos años, así como la realización de importantes diálogos sobre la vía costarricense de desarrollo. Circulaban textos tan valiosos como El ser de la nacionalidad costarricense, escrito por José Abdulio Cordero en 1964 y reeditado en 1980. En 1975 se publica, en segunda edición, Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica, de Constantino Láscaris, y del mismo autor se lee con profusión El costarricense. A James L. Busey se le edita en 1968 Notas sobre la democracia costarricense y, en 1971, circula el libro Democracia en Costa Rica: Cinco opiniones polémicas, reeditado en 1978, 1979 y 1981, donde escriben Chester Zelaya, Daniel Camacho, Aguilar Bulgarelli, Rodolfo Cerdas y Jacobo Schifter.

Las investigaciones de José Luis Vega Carballo fueron recogidas en Hacia una interpretación del desarrollo costarricense: Ensayo sociológico , editado en 1980. De este mismo autor se conoce Orden y progreso: La formación del Estado Nacional en Costa Rica . La Revista de Ciencias Jurídicas publica Los cafetaleros, de Samuel Stone, y en 1975 aparece, de este mismo autor, La Dinastía de los Conquistadores. Rodolfo Cerdas Cruz publica La formación del Estado en Costa Rica y la Crisis de la democracia liberal en Costa Rica. Los políticos no se retrasan respecto al valor de estos aportes ensayísticos, como lo evidencia el que Manuel Mora Valverde y Arnoldo Ferreto Segura no cesen con sus breves pero incisivos artículos y discursos, mientras de José Figueres Ferrer se leen Cartas a un ciudadano , La pobreza de las naciones y Así nacen las palabras y los cuentos . Daniel Oduber destaca como un dirigente ilustrado, autor de una tesis sobre la dialéctica de Platón, de poemas, ensayos cortos y artículos, y Óscar Arias Sánchez escribe Grupos de presión en Costa Rica , ¿Quién gobierna en Costa Rica? , Los caminos para el desarrollo de Costa Rica y Nuevos rumbos para el desarrollo costarricense .

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Ideas van, ideas vienen. La actividad intelectual vive momentos muy dinámicos acompañados por la organización de jornadas para el análisis de los principales desafíos del país. Destacan el Ideario Costarricense del año 1977 y dos eventos realizados por la Cátedra Libre de la Universidad Nacional, cuyas memorias se publicaron bajo los títulos Problemas económicos del desarrollo en Costa Rica y Problemas sociopolíticos del desarrollo en Costa Rica. En el primero participaron Óscar Barahona Streber, Federico Vargas Peralta, José Joaquín Trejos, Eduardo Lizano Faith, Fernando Naranjo Villalobos y Leonardo Garnier Rímolo; y en el segundo, Daniel Oduber Quirós, José Miguel Alfaro Rodríguez, Rodolfo Cerdas Cruz, Armando Vargas Araya, Arnoldo Ferreto Segura y Sergio Erick Ardón.

La Costa Rica del año 2000. En noviembre de 1976 se realiza en el Teatro Nacional el más importante evento reflexivo de la década de los setenta, conocido como Simposio la Costa Rica del año 2000. Esta actividad es una brillante fotografía de las principales posiciones intelectuales de aquel tiempo. Las visiones país que allí se expresaron marcaron los derroteros e historias de los ochenta y noventa. Ocurrió con el Simposio algo análogo a lo sucedido con el Ideario Costarricense de 1943, donde muchos de los aportes recibidos anticiparon la evolución posterior del país.

Homenaje a Enrique Benavides. El 15 de mayo de 1980 se realizó en el Teatro Nacional un homenaje a Enrique Benavides, ocasión en la cual se debate sobre La crisis de la democracia en Costa Rica, con la participación de Armando Vargas Araya, Eduardo Ortiz Ortiz, Roberto Murillo Zamora, Eduardo Lizano Faith, Carmen Naranjo Coto y Rodolfo Cerdas Cruz.

El Café de las Cuatro forma parte de este intenso, inmenso e imponente diálogo nacional, al que deben agregarse los artículos de Página Quince de La Nación , donde escriben León Pacheco, José Marín Cañas, Eugenio Rodríguez Vega, Alberto Baeza Flores, Roberto Murillo y Alberto Di Mare, entre muchos otros extraordinarios cultores de la palabra y la conversación.

Desde aquellos años no hemos vuelto a tener una experiencia de diálogo social de tan altos vuelos intelectuales y humanos. Por causas que en este comentario no es el caso analizar –Santos indica algunas en su texto– el debate nacional se ha rebajado al nivel del rumor, la maledicencia y la manipulación más grotesca disfrazada de inteligencia ¡Cuánta falta le hace al país la generación de muchas ágoras de reflexión y acción! ¡Cuánta falta hace el pensador, no el ilustrado, no el burócrata, no el dogmático, no el que busca excusas para no pensar, no el mercader de mentiras, sino el pensador que, con una idea y una pasión, transforma realidades!

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2. Nada se pierde. Siendo adolescente y en los primeros años de universidad leí las entrevistas de Carlos Morales y todos los ensayos citados. Recuerdo que muy tarde, en una noche solitaria, tuve un encuentro sin palabras, para mí fantasmal, con Figueres Ferrer, y una conversación con Manuel Mora Valverde que en su brevedad matinal fue definitiva. Asistí, a la sombra del más completo anonimato, al Simposio la Costa Rica del año 2000.

Ahora, al ver que los costarricenses volvemos a frecuentar El Café de las Cuatro viene a la memoria Benedetto Croce, para quien toda historia es historia contemporánea porque el pasado no pasa, vive en el presente, se extiende al porvenir. Nada se pierde, no se pierde el paso de los días, ni la pasión ni el ideal que en él se fraguan. Por eso no debemos ser ilusos ni pusilánimes, sino optimistas y valientes.

En medio de las mediocridades y las mezquindades, cercados por lo más bajo de las emociones, lo más retorcido y vulgar de las palabras, lo más rastrero y servil de las relaciones humanas, lo más cínico de los engaños, sepamos que lo mejor de los ideales aún espera nuestro arribo, lo que un día arde en el alma no muere, evoluciona.

Herederos de los tesoros del ayer, del porvenir llegan las voces que nos convocan. Y de esta gesta, a un tiempo intelectual y apasionada, nadie es excluido, solo el odio y la bajeza, solo la división y el servilismo.

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