Opinión

Entre el paredón y el panteón

Actualizado el 13 de julio de 2013 a las 12:00 am

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Entre el paredón y el panteón

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Llegué tarde para celebrar con ustedes el Día del Ambiente. Pero ¿no es que todos los días habría que tener “ambiente” para ese asunto? Mi periódico del 5 de junio realmente hizo un esfuerzo en ese sentido. En lo formativo, observo seis páginas enteras: artículos sobre el agua, lo legislativo-ambiental y, sobre todo, ese precioso reportaje sobre la relación jardines/aves. Positivo aquello, mucho más que la grandilocuente verborrea, cada vez a plana completa, de unas once empresas e instituciones.

Lo señalo así porque, a la larga, esas no hacen sino reforzar lo que, en más páginas, el periódico también denuncia, con amplios textos y elocuentes fotos: la “gran mentira verde”. Este país, tan mentiroso hasta consigo mismo, para nada es realmente “amigable” (como dicen ahora), con nuestra madre naturaleza. Doble discurso que el paredón (aunque sea de arena) ante el cual ejecutaron al ecologista Jairo Mora Sandoval no hace sino poner en evidencia.

El periódico carga finalmente de lleno sus baterías de “opinión” en ese mismo sentido de denuncia: primero, un sólido editorial; luego, varios artículos de columnistas ocasionales y, antes de las páginas del consabido deporte-droga, sendas hojas monográficas sobre nuestra relación con la Pacha Mama .

Dependemos del “ambiente”. No lo queremos entender: dependemos del “ambiente”, no en sentido simple de lo que nos rodea, contexto, circunstancia o entorno, sino como real habitat, base de nuestro desarrollo “sostenible”, hasta literalmente. En su tercera acepción, el Diccionario de la Real Academia refiere a “condiciones o circunstancias físicas, sociales, económicas, etc., de un lugar, de una reunión, de una colectividad o de una época”, pero no subraya el requisito previo a todo aquello: como base necesitamos un “ambiente” ecológico, para sentirnos “en casa”. Así lo subraya la etimología del último adjetivo. Y, vamos, aquello de “medio ambiente”, en expresión compuesta, resulta como un mal chiste: al ambiente hay que cuidarle enteramente, ¡no a medias!

Llego al tercer componente de mi articulado: en oposición a ese trágico paredón en el que matamos (no solo los asesinos directos) al pobre Jairo, ya tarde, pero en nombre de la lucha por el ambiente que debe ser de todos, conviene poner a esa nueva víctima ejemplarmente en vitrina: es la idea de panteón, como se vive en París.

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Allí no se venera a cualquier dios o diosecillo, al estilo del panteón de Roma. La vieja idea de los emperadores fue re-interpretada en términos republicanos: que, ya aplicando al caso nuestro, el sacrifico de este combatiente heroico, de nombre Jairo, siga valorándose.

En ese sentido, patriótico profundo, va la idea del gran Victor Hugo, con un himno. Lo re-leo, entresacando versos, aplicando:

Que los que murieron piadosamente por nuestro ambiente/ tengan derecho a una tumba donde acudan las masas a recogerse./ A los mártires, a los valientes, a los fuertes/ que su ejemplo inflame a los que en el panteón espacio quieran/ y que morirán como ellos…

El vibrante poema del gran francés nació en ambiente político (las revueltas de 1830) y ha tenido cantidad de lecturas en el sentido militar-patriótico francés, pero, en homenaje a esta víctima de la felonía en Costa Rica, aquí he ofrecido una posible interpretación ecológica, en repudio, además, al mundo anti-ecológico por definición: el de las drogas.

Por el ambiente, abajo ese vil paredón; viva aquel fértil panteón.

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