Opinión

El papa Francisco y la construcción de la paz

Actualizado el 14 de febrero de 2015 a las 12:00 am

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El papa Francisco y la construcción de la paz

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La reunión en el tercer piso del Palacio Apostólico, sede de la Secretaria de Estado vaticana, acababa de terminar. Era el 13 de marzo del 2013, y el tilín de un viejo reloj estilo renacentista, que dominaba la sala, me recordó que se acercaba el anuncio del resultado de la quinta votación del segundo día del cónclave, celebrado tras la histórica renuncia de Benedicto XVI. Por ello, al salir, no dudé en acompañar brevemente a un grupo de curiosos prelados que miraban muy cerca, desde un balcón del Palacio Apostólico, la chimenea de la capilla Sixtina.

Profunda emoción. Después de participar en una eucaristía, en rogativa por la elección del nuevo pontífice y sin hacer caso al frío y a la llovizna que bañaba Roma, decidí caminar hasta la plaza de San Pedro para unirme a un grupo de personas que esperaban ansiosas el humo que estaba por despedir la famosa chimenea. Se auguraba humo negro, por lo que al ver una nube de humo blanco todos los ahí reunidos nos llenamos de una emoción indescriptible.

El mundo se paralizó esperando la identidad del nuevo papa, y en pocos minutos la plaza de San Pedro y toda la avenida de la Conciliación albergaron un mar de almas. Traté de acercarme al balcón principal de la basílica todo lo que pude, y ahí, entre gentes del mundo entero, esperé el histórico anuncio. Tres cuartos de hora más tarde, empapado, emocionado y sin batería en mi teléfono celular, recibí la primera bendición apostólica del primer papa latinoamericano.

Pilares de su ministerio. La misa de inauguración del pontificado del papa Francisco fue el 19 de marzo (fiesta de San José), y pocos días después tuvo su primer encuentro con el cuerpo diplomático.

En este, la solidaridad y la lucha contra la pobreza, el amor y el respeto por la creación y la construcción de la paz fueron planteados como los pilares de su ministerio. Más allá de los gestos y la cercanía demostrada por el Santo Padre hacia los más necesitados y su constante preocupación por el medioambiente, la construcción de la paz es, sin duda, el objetivo que ha marcado más sus dos primeros años a la cabeza de la cátedra de Pedro.

Su filosofía en este campo es clara. Para el Santo Padre, el egoísmo es enemigo de las relaciones humanas, pues en sus palabras: “No puede haber verdadera paz… si cada uno pretende reclamar siempre y solo su propio derecho, sin preocuparse al mismo tiempo del bien de los demás...”. Para superarlo, el Papa resalta y ofrece su título de pontífice y propone y pide a los líderes de las naciones la construcción de puentes, el diálogo constante y el acercamiento abierto y sin preconcepciones entre países, culturas y religiones (o no creyentes); en fin, entre los hombres.

En este sentido, el papa Francisco rescata tanto la dimensión espiritual como la social que subyacen a la construcción de la paz. “No se pueden construir puentes entre los hombres olvidándose de Dios”, pero, igualmente, “no se pueden vivir auténticas relaciones con Dios ignorando a los demás”.

La oración. Fiel a su estilo sencillo, directo y pragmático, el Santo Padre pasó del discurso a ejecutar de inmediato la “diplomacia de la oración”. No fue el envío de efectivos, ni de armas, ni de cartas o declaraciones amenazantes la reacción de la Santa Sede ante la inminente invasión militar a Siria en el 2013. Luego de varias gestiones y múltiples llamados generales del Santo Padre para propiciar la paz, el papa Francisco convocó una jornada mundial de ayuno y oración por la paz en Siria, Medio Oriente y el Mundo. Así el 7 de setiembre del 2013, durante cuatro horas, miles de personas reunidas en la plaza de San Pedro y en innumerables templos católicos alrededor del planeta, en silencio, recogimiento y oración, pidieron una salida pacífica a la posible invasión a Siria. Las plegarias fueron escuchadas y el acto bélico nunca se dio. El incrédulo podría aducir que se trató tan solo de una “feliz coincidencia”, pero, créase o no, es imposible negar que cuando el Papa habla a favor de una causa y pone a rezar a los aproximadamente 1.200 millones de bautizados católicos que hay en el globo, el mundo y sus líderes escuchan.

Histórica reunión. Igualmente, cundida de gestos que dicen más que mil palabras, el papa Francisco realizó una histórica visita a Tierra Santa en mayo del 2014. Como líder espiritual, su papel podría entenderse como limitado a orientar y a dar una iluminación general sobre los caminos que hay que seguir para obtener los resultados más convenientes para la humanidad; no obstante, el Santo Padre no se quedó ahí. Ante la urgencia de acercar a las partes para revivir el diálogo, invitó al Vaticano, el 8 de junio del 2014, a los presidentes de Israel, Shimon Peres, y de Palestina, Mahmud Abbas; y al patriarca ecuménico de Constantinopla y líder espiritual del mundo cristiano-ortodoxo, Bartolomeo I, para orar juntos “al mismo Dios”, cada cual desde su tradición litúrgica, e invocar la paz en el sufrido Medio Oriente. Nadie esperaba que el cese al fuego se diera después de este histórico acto de piedad ecuménica, pero el simple hecho de haberse reunido en un ambiente distendido y cordial para pedirle a Dios por la tan ansiada paz, es un ejemplo que genera esperanza en las poblaciones que sufren este sangriento conflicto y un ejemplar acto de alta diplomacia, propiciada con extraordinaria rapidez, precisamente por virtud de la oración.

Papa mediador. En la misma línea, el viaje del Santo Padre, en agosto del 2014, a Corea del Sur para rezar junto con los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud Asiática fue una oportunidad para tratar de acercar a las partes en conflicto en la península coreana, así como lo fueron sus multitudinarias visitas, en enero del 2015, a Filipinas y Sri Lanka para buscar acercamientos con China, en particular, y el continente asiático, en general. Más aún, los Gobiernos de Estados Unidos y Cuba han subrayado y agradecido públicamente la mediación del Pontífice para propiciar el histórico proceso de reanudación de relaciones diplomáticas, anunciado en diciembre del 2014, luego de más de medio siglo de antagonismo. A esto se suman los mensajes y las exhortaciones por la paz que el Santo Padre presenta en los ángelus dominicales, en sus catequesis durante las audiencias públicas los miércoles, en las jornadas mundiales por la paz cada primero de enero y en sus mensajes urbi et orbi en Pascua y Navidad.

Arma espiritual. Costa Rica, un Estado desarmado, tiene en la diplomacia su primera y única línea de defensa. La Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas con 180 Estados, además de la Unión Europea, la Soberana Orden de Malta y la misión del Estado Palestino; cuenta con nunciaturas apostólicas (embajadas) en todo el mundo y observadores permanentes en las principales instituciones multilaterales del globo. Fomentar y fortalecer nuestras relaciones con el Estado Vaticano, también desarmado y cuya gran influencia mundial se desprende de su fuerza moral, es central para los intereses de nuestro país. El desarrollo social y la lucha contra la pobreza, la responsabilidad con el medioambiente y, especialmente la construcción de la paz y el desarme, son temas que Costa Rica defiende en el concierto de las naciones y en los que la Santa Sede es aliada natural para el país. Esta sintonía de valores y prioridades con el Vaticano, magnificado durante los primeros dos años del pontificado de Francisco, puede ser muy provechosa para Costa Rica. Para ello se debe, no obstante, entender bien y sin prejuicios en qué consiste y cómo opera “la diplomacia de la oración”. Esta es el “arma” sutil, pero efectiva, que Su Santidad ha “empuñado” sin descanso para construir la paz.

El autor es politólogo.

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