Opinión

Y mi palabra es la ley

Actualizado el 06 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

Los ticos actuamos como si las leyes no existieran. Como si no existieran los otros

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El taxista conducía por la noche lluviosa mientras veía la pantalla bien atornillada frente al volante. El pequeño televisor vomitaba a todo pulmón, transmitiendo a gritos y chispazos el partido final del campeonato. Cuando me escuchó protestar, respondió, seguro de sí mismo: “Un taxista hace lo que quiere”. Así ocurrió. Pero no se trata solo de ese taxista pintoresco, ni en general de los taxistas. Es solo un ejemplo de un vicio nacional.

Los ticos –los ciudadanos– actuamos como si las leyes no existieran. Como si no existieran los otros. Pensamos que nuestras arbitrariedades no tienen consecuencias ni lesionan derechos: por ejemplo, hacer ruido toda la noche (escuchen a ciertos bares cerca de la Corte vaciando bajos hasta el amanecer con total despecho a los vecinos) o conducir a lo bestia de apocalipsis por cualquier calle, como aquel descerebrado que aceleró para cruzar la avenida central llena de peatones, porque la luz se le puso amarilla: a él, claro, solo a él.

Yo lo vi. Este amor al desorden, esta infracción continua casi festiva, esta osadía a veces criminal se beneficia por la escasa acción del Estado e incluso por su ausencia a la hora de ejercer la autoridad correspondiente. Pero también, y sobre todo, se produce por falta de frenos internos en la conciencia de las personas.

Por eso no veo negligencia por parte de los agresores. Es algo más grave. La cuestión es otra, o muchas cosas juntas. El país está lleno de gente a la que le fascina incumplir lo que sea.

Desplante frente a las reglas. En los últimos meses circularon fotografías de camiones que rodaban por el carril contrario en las pendientes del Braulio Carrillo, tan campantes y felices con su carga de muerte. Muchos desprecian las líneas amarillas que prohíben estacionarse y, más grave aún, las que separan carriles. Los motociclistas ignoran las luces rojas, no se han dado cuenta de que existen los peatones, incluso suben a las aceras, zigzaguean entre los vehículos, se enojan cuando les llaman la atención y si se descocan, porque siempre abusan de la velocidad, hay que pagarlos como nuevos y además inteligentes (según decía alguien). No es raro que este año conozca el saldo de un motociclista muerto al día.

En todas estas acciones, lo más sorprendente es que los infractores no parecen tener conciencia de comportarse de forma incorrecta. No tienen un yo interno que les diga: ¡Cuidado, no podés hacer esto!

Recuerdo ahora a esos sujetos de carne y hueso y con nombre de empresas que retienen la cuotas de la CCSS y que con ello roban no solo a la seguridad social, sino también a los empleados a quienes les hicieron las deducciones. Impunemente.

Y cómo no recordar a los funcionarios que disponen con negligencia o con maña de los recursos públicos. En todos estos e infinidad de casos más, en gran escala o en pequeños actos al parecer insignificantes, se destaca un desfachatado desplante frente a las reglas de convivencia y con respecto al uso de los bienes y espacios públicos.

Seguro funciona aquí un mecanismo bastante apetecido entre nosotros: el autoengaño, el cual explica muchas conductas. Censuramos algo en los demás, pero nos permitimos infringirlo. Es como si mi falta fuera menos falta en mí que en los otros. Me limpio de culpas con toda tranquilidad, porque en mí es bagatela lo que no perdono en el resto de los mortales.

Experiencia personal. Experimenté esto hace unos días cuando fui parte de un suceso trivial: un individuo, de esos que peinan canas, me aturdió con la bocina en el estacionamiento de un supermercado, pues le obstruí el paso por veinte segundos mientras dejaba salir a otro automóvil. Ese mismo innombrable de honorable apariencia estacionó de inmediato en un lugar para discapacitados (al que no tenía derecho).

¿Y qué decimos de los diputados obstruccionistas sin interés en mirar el bien común a pesar de sus obligaciones en la función política? Recuerdo a aquel que dijo no saber nada del paro de porteadores, como si todos los demás fueran idiotas para creerle.

Por simple azar, he contado unos diez vehículos con un pequeño televisor encendido junto al volante, parecido al que mencioné antes. No sé en qué cerebro cabe esta octava maravilla del mundo.

Creo que aquel hombre que declaraba el derecho a hacer lo que se le antojara en ámbitos públicos se equivocaba con su berrinche de caricatura.

No es el taxista ese (también hay taxistas decentes), sino cada tico el que hace lo que quiere: donde hay un costarricense hay libertad. Con tal consigna interpretada al antojo de cada cual iremos dando tumbos por la historia. Cuando las cosas vayan peor podremos cantar al fin: “Hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley…”.

El autor es filósofo.

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