Opinión

El país posible

Actualizado el 16 de enero de 2013 a las 12:00 am

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Solo un ejemplo: nuestro querido Estadio Nacional. ¿Cuántas horas de discusión, cuántos artículos de prensa y cuántos debates? ¿Cuántos “expertos” vaticinaron el desastre total? ¿Cuántos pronosticaron el colapso de la Sabana por su construcción? Y todo ¿por qué? Simplemente porque no era el lugar ideal, el tamaño ideal o la obra ideal.

Para muchos, se debió buscar otro lugar para construir el estadio que, supuestamente, nos merecíamos. Ojalá en una propiedad de unas treinta hectáreas en las afueras de la ciudad, con cuatro carriles de acceso, una terminal de tren, parqueo para dos mil vehículos y asientos de butaca para todos. Sonaba lindo, ¿verdad? Pero ¿posible?

Al final de la historia, no hubo tal desastre, el colapso no ocurrió y más bien, gracias a nuestro estadio, hemos logrado ver a tres de las mejores selecciones de futbol del mundo, hemos disfrutado de conciertos para todos los gustos con artistas de talla mundial y hasta los vecinos inmediatos han visto cómo sus propiedades lograron mayor plusvalía.

Este ejemplo lo único que nos demuestra es que existen dos tipos de personas en este país: los que se han pasado la vida soñando con el país ideal y los que se han dedicado a construir el país posible. Y esto nada tiene que ver con mediocridad o falta de ambición, tiene que ver con realismo.

Por supuesto que en ese proceso de construir el país posible se han cometido grandes errores; por supuesto que no todo se ha hecho bien; por supuesto que los actores en muchos casos nos han quedado debiendo. Sin embargo, eso no es excusa para no reconocer todas las cosas positivas que ocurren a diario; desde los excelentes emprendimientos privados hasta los buenos ejemplos de costarricenses en la función pública.

Pero, como dice el dicho, “crea fama y échate a dormir”. En nuestro país, está ocurriendo una peligrosa práctica que eclipsa cualquier buena noticia. Hoy, la moda es la crítica, el grito y el insulto. Es más importante, por ejemplo, destacar la presa que el arreglo de la calle. Para estar “in” solo falta sentarse en frente de un computador y dedicarse a insultar, a diagnosticar y a juzgar. Todo, con una facilidad, con un supuesto conocimiento del tema y con una propiedad que a cualquiera lo deja asombrado.

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El respeto se perdió y, sobre todo, la actitud positiva. Mientras el panorama sea más negro, mejor; más posibilidades hay para criticar y mejor nos sentimos.

Y me pregunto: ¿Cuál es el país ideal? ¿Dónde está? Hasta los países más desarrollados tienen sus problemas y sus retos pendientes. Pero, además, esos países no tienen empleados públicos con treinta días de vacaciones por año, más sus famosos “pluses”, o profesionales liberales pagando treinta mil colones por año de impuesto de renta, solo por mencionar un par de detalles.

El problema está en la actitud. Dejemos de soñar con el país ideal. Antes de pronosticar el caos, el desastre y el colapso, ¿por qué no nos dedicamos todos juntos a construir el país posible?

Los retos son gigantescos y las prioridades, muchas, pero de nada nos sirve hacernos de la vista gorda con las cosas buenas que pasan. ¿Qué ganamos con todo esto? Creo que muy poco.

Un país es como un ser humano; lleno de defectos y virtudes: no existe el ser humano ideal como no existe el país ideal; sin embargo, esta realidad no nos puede quitar la ilusión de trabajar por el país posible.

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