Opinión

El país de la perfecta coreografía

Actualizado el 01 de julio de 2017 a las 10:00 pm

Las tinieblas reinan, como siempre, en los subterráneos debajo del escenario

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El país de la perfecta coreografía

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Corea del Norte es el país de la perfecta coreografía. El único del mundo donde todos los ciudadanos, sin excepción, representan un papel en el tablado, cada quien actuando en una gran puesta escénica destinada a durar para siempre. Cada actor y cada actriz hacen el triste papel de vivir felices, y esa felicidad absoluta llega hasta las lágrimas cuando se evoca a la santísima trinidad compuesta por Kim Il- sung, su hijo Kim Yong-il y el nieto actualmente reinante, Kim Jong-un, elevados a la categoría de deidades celestiales.

Un país de dos pisos. Arriba, el escenario de la eterna representación donde se rinde culto al padre, al hijo y al nieto, mientras la dinastía guiada por los astros está destinada a prolongarse sin fin; y debajo del tinglado, el mundo subterráneo de las hambrunas que matan a centenares de miles, las cárceles secretas, los campos de concentración, los resortes del miedo que obligan a poner las caras sonrientes; todo un engranaje preciso e inflexible que asegura el sometimiento y el silencio. Y allí, bajo el escenario, están también los rehenes, esperando su turno de entrar en escena.

Kim Jong-un, líder de Corea del Norte. (AFP)

Es de este mundo subterráneo de donde salió en estado de coma, para ser repatriado “por razones humanitarias” a Estados Unidos, el estudiante de la universidad de Virginia Otto Frederick Warmbier, condenado a 15 años de trabajos forzados por perpetrar “un acto hostil” contra el país de la felicidad perpetua y tratar de “derrumbar los cimientos de su unidad”.

El cartel. ¿Y cómo se proponía este muchacho de 22 años derrumbar esos cimientos? En febrero del 2016, las cámaras de circuito cerrado del hotel donde se alojaba en Pionyang lo filmaron mientras arrancaba de la pared un cartel de propaganda política del régimen para meterlo en su maleta y llevárselo como suvenir, pues partía al día siguiente.

Durante el juicio que se le siguió por crímenes contra el Estado, el muchacho “confesó” que el hurto lo había cometido siguiendo instrucciones de la Iglesia Metodista Unida de Ohio, con el fin de “dañar la motivación y el trabajo del pueblo norcoreano”, con el apoyo, por supuesto, de la CIA.

Si era descubierto en su intento desestabilizador, declaró, la Iglesia Metodista entregaría a sus padres la suma de $200.000 como compensación, pues “sufrían graves dificultades económicas”. Los padres, dicho sea de paso, pertenecen a la religión judía, no a la metodista cristiana, como el propio Otto fue también creyente judío.

El tribunal que lo condenó funciona arriba, en el escenario, y el juicio fue televisado. Que el reo no tuviera acceso a defensa legal, pareció irrelevante a quienes montaron el espectáculo. Y frente a sus jueces disfrazados de togas, Otto se convirtió en parte de la farsa colectiva, obligado a mentir, a lo mejor bajo la falsa promesa de que, mostrando arrepentimiento, como lo mostró al pedir perdón por su delito, sería puesto en libertad y devuelto a su hogar.

Caso distinto. En el 2014, otro rehén, Jeffrey Fowle, arrestado en Chongjin por haber dejado un ejemplar de la Biblia en un cuarto de baño de un club nocturno, fue condenado también por atentar contra la seguridad del Estado coreano, pero terminó siendo liberado gracias a una negociación.

Para Otto no se presentaron condiciones propicias, sino, por el contrario, un agudo incremento de las tensiones entre Corea del Norte y Estados Unidos y sus aliados de la región, Corea del Sur y Japón, debido a la insistencia de Kim Jong-un en probar sus cohetes nucleares de largo alcance y demostrar que un día podrán llevar sus cargas atómicas hasta Nueva York.

Que Otto era tratado como un rehén, el comunicado emitido por el gobierno de Corea del Norte tras su muerte no lo oculta cuando dice: “Warmbier es una víctima de la política de paciencia estratégica de Obama, que se obcecó en la mayor hostilidad y negación contra la República Democrática Popular de Corea y rechazó mantener un diálogo con ella”.

En coma. Para este rehén, la negociación llegó muy tarde. Tenía un año de hallarse en coma, y solo fue devuelto cuando le faltaba muy poco para morir; aquí, el cinismo que exhibe ese mismo comunicado es asombroso: “El hecho de que Warmbier muriera de repente en menos de una semana inmediatamente después de su regreso a Estados Unidos en su estado de salud normal también es un misterio para nosotros”.

No salió de Corea del Norte andando con sus propios pies, sino inconsciente en una camilla. La justificación oficial había sido hasta entonces que el coma era el resultado de una combinación de botulismo, consumo de alimentos en conserva en mal estado, y la ingestión de somníferos.

Lo que los médicos del Departamento de Atención Neurocrítica de la Universidad de Cincinnati declararon tras examinarlo, es que sufría de un daño neurológico severo, sin señal alguna de botulismo, debido a falta de irrigación del cerebro tras haber sufrido un paro cardíaco en una fecha imprecisa. A los 22 años, extrañamente le falló el corazón.

La luz radiante que ilumina el escenario del paraíso del proletariado sigue alumbrando los rostros de todo un pueblo que desborda de felicidad, según el guion, y daría gustoso la vida por Kim Jong-un, aficionado a algunos vicios occidentales como las discotecas, las actrices, los autos de carrera, la música hip-hop, el fútbol y el básquetbol, y quien mandó a asesinar en Malasia a su hermano mayor Kim Jong-nam, pues mantenerlo en el exilio no le fue suficiente.

Todo un prodigio Kim Jong-un, de acuerdo con las biografías oficiales de lectura obligatoria en las escuelas y universidades del país: “Desde muy niño estuvo dotado de una inteligencia asombrosa, un agudo poder de observación, una gran capacidad de análisis y una perspicacia extraordinaria, valiente y ambicioso, de pensamiento creativo, miraba cada problema con un ojo innovador pese a su tierna edad”.

Mientras tanto, las tinieblas reinan, como siempre, en los subterráneos debajo del escenario.

El autor es escritor.

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