Opinión

El país necesita voluntad y esfuerzo

Actualizado el 29 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Se nos hace difícil continuar respirando en un ambiente de corrupción y de negación. De corrupción, por cuanto no hay día que pase en que no se destape algún “tamal” que nos haga rabiar de dolor y de cólera. Por otra parte, negar esa verdad equivale a creer que, ciertamente, somos el país más feliz del mundo. Por eso, necesitamos reaccionar y actuar.

La lista es interminable: un país que ha albergado un impresionante lavado de dinero, según las mediciones mundiales; un tráfico de órganos denunciado a nivel internacional, con un galeno de alto rango hospitalario y una funcionaria policial como presuntos involucrados en ese deleznable hecho que lucra con la tragedia humana; un récord de un fallecido por día en accidentes de tránsito; una Asamblea Legislativa que ha perdido el norte de sus responsabilidades y, finalmente, un Poder Ejecutivo que no logra salir del campo de las ocurrencias y de las rectificaciones tardías.

El Poder Judicial merece un capítulo aparte como columna debilitada ante la ineficiencia y como un rostro que necesita lavarse. Tampoco debemos dejar de lado a la defensora de los Habitantes, cuyo discurso incoherente y difícil de comprender no llena las expectativas en defensa de los ciudadanos respecto a la moral, las buenas costumbres y la ley. No debemos permanecer paralizados, con el alma estrujada y el corazón hecho añicos ante tanto desbarajuste. No basta con meditar y reflexionar. Es necesario actuar.

Un norte de valor. Una noche de estas, escuchaba a mis dos nietas, de siete y cinco años, cuando participaban en un grupo de estudio bíblico. Estas niñas dieron una lección de sabiduría y hablaron de historias fantásticas que nos relatan las escrituras, entre ellas las de campeones de la fe y de amor al prójimo. Este es un primer camino: que los padres eduquen a sus hijos bajo lineamientos morales y de respeto a los valores y derechos fundamentales del ser humano. Por ahí debemos comenzar a actuar: por la familia, por el hogar y por los hijos.

Equilibrio en la educación. Debe cerrarse la brecha entre pobres y ricos, en lo que se refiere al acceso a la educación de calidad. No es posible que propiciemos la desigualdad en el acceso a la educación, baluarte de una democracia estable. Así como la tecnología llega veloz a las grandes empresas, de esa misma manera debe llegar a los centros educativos.

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Vigilancia ciudadana. Cuando se desarrollan criterios de información, comunicación y solidaridad entre los vecinos, la protección del ciudadano mejora. Si conocemos a quienes viven en el barrio y estamos atentos a las actividades que se desarrollan en él, la seguridad ciudadana se verá garantizada de manera más eficaz. La acción comunitaria debe ser promovida, de forma determinante e inmediata, en el ámbito nacional.

Participación de especialistas. ¡Qué más especialistas que los colegios profesionales, cuyos miembros tienen conocimientos de economía, derecho, construcción de carreteras, informática, educación y tantas otras ramas del saber! Pues bien: estos grupos deben ejercer una mayor vigilancia en la agenda nacional y ejecutar políticas de dirección y decisión. Ese tipo de intervenciones habría evitado, por ejemplo, el desastre del puente de la “platina” y una ley de tránsito anulada en varias ocasiones, y, además, tampoco estaríamos condenados internacionalmente por la Corte de Derechos Humanos. Estos colegios deben unirse para crear una gran comisión nacional que controle, promueva y ejecute acciones para una mejor administración de los recursos y para los grandes proyectos nacionales, y para que, además, con su asesoría, evite la deficiencia gubernamental.

No podemos borrar de un plumazo todo lo malo, pero debemos tratar de hacerlo por las futuras generaciones, por la paz, por el país que nos ha visto nacer y crecer, por nuestra democracia, por un futuro mejor y hasta ¡por amor!

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