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El padre de todos los desencantos

Actualizado el 03 de junio de 2012 a las 12:00 am

La realidaddicta ahoracondiciones de resentimiento

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El padre de todos los desencantos

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No es la primera vez que un sueño produce pesadillas. El euro nació como criatura política que no atendió razones económicas. Era una apuesta a la integración europea, que subestimó los desequilibrios existentes y metió en un solo bolsón monetario a países con condiciones de competitividad y productividad asimétricas. Ese irrealismo voluntarioso supuso que una moneda común facilitaría la convergencia económica cuando, curiosamente, la unión monetaria arrebataba a los países menos afortunados el mejor instrumento para reducir brechas.

Sueño con candados. El sueño nació francés, pero sus candados fueron germanos. Alemania aceptó de mala gana el euro, cuando Francia se lo impuso para no oponerse a la reunificación. Alemania cedió, pero bajo condiciones que convirtieron al euro en una moneda todavía más inflexible que el viejo marco. Ahí desaparecieron las políticas monetarias de los países europeos, que no fueran la mera defensa del valor promedio del euro, donde la economía alemana tiene un peso desproporcionado y dicta la norma.

Previo al euro, Alemania gozaba de un sistemático superávit de su balanza comercial, mientras España, Italia y Portugal sufrían permanentes déficit. Pero cada cual tenía su propia moneda para defenderse. El menor precio de una lira débil abarataba exportaciones y estimulaba consumo interno. La soberanía monetaria permitía incidir en la inflación y disminuir el valor real de los salarios, produciendo mayor competitividad. La acción de los bancos centrales sobre las tasas de interés permitía créditos baratos para estimular la economía. Así se podían jinetear las crisis y, en caso extremo, responder con la agilidad de un “corralito” argentino o de un tequilazo mexicano. De eso se privaron al renunciar a sus monedas nacionales, felices de tener, a cambio, abundantes créditos teutónicos, en las condiciones especiales que el euro permitía. Alemania aseguró la colocación de sus excedentes y los otros países aprovecharon crédito barato para promover su desarrollo. La canción sonó bien por varios años mientras alegremente se endeudaron.

¿Cuál era la utopía? Que con el crédito barato, las condiciones de competitividad iban a alinearse. Ocurrió lo contrario. Las asimetrías se acentuaron. La competitividad aumentó en Alemania y disminuyó todavía más en los países mediterráneos. Desde la introducción del euro, los costos por unidad de trabajo aumentaron un 25% más que los de Alemania. Por costo de hora trabajada en España, Portugal, Italia y Grecia se produce apenas el 75% de valor que en Alemania. Créditos germanos y franceses cubrían los déficit resultantes. Dos caras de la misma moneda: Alemania con un superavit comercial de 200.000 millones de dólares, el más grande del mundo, y el resto de la eurozona con un déficit que corresponde a esa misma cifra. Alemania puede invertir en el mundo hasta el 5% de su PIB. Grecia, en cambio, necesita pedir prestado el equivalente a un 10% de su PIB, para pagar importaciones. Permanecer en la eurozona, en esas condiciones, es insostenible.

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Reuniones de emergencia resuelven crisis cotidianas de liquidez. El problema de fondo espera. El euro, con valoración construida como promedio de las condiciones de sus países miembros, es barato para los productores alemanes y caro para el resto. El euro está un 40% depreciado sobre lo que valdría hoy el marco alemán y muy sobrepreciado sobre lo que sería una peseta, una lira o un dracma. Eso mantiene más competitivos a los alemanes y amarrados a los demás. Condiciones perfectas para ahondar brechas, sembrar tormentas sociales, pasar facturas políticas en el espectro democrático.

Es verdad a medias que el problema nace con la deuda pública y se soluciona con austeridad. Los gastos estatales son parte del problema, pero queda por fuera la responsabilidad que recae en las condiciones diferenciadas de productividad del trabajo. Hacer recortes presupuestarios es difícil, mucho más lo es disminuir costos laborales, de forma nominal, porque no se posee el arma inflacionaria que permitiría una moneda propia.

¿Por qué seguir entonces en la eurozona? Porque salir sería más desastroso que seguir amarrado en esa ratonera. Pero hay países que ya no aguantan, ni deben seguir aguantando. Grecia es el primero. Con todo y un 53% de condonación de su deuda, su bajo desempeño económico hace que, en vez de disminuir, su deuda aumente de 150% del PIB a 170% en el próximo año. Grecia se va.

Lo que no se sabe. Lo único que no se sabe es el día y la hora. Asi debe ser para evitar una estampida pidiendo devolución de ahorros en euros, antes de que se conviertan en dracmas de papel. Se quedarán con salarios reducidos a la mitad, pero con políticas monetarias que los saquen del embrollo, en relativo corto tiempo. Es eso o una perenne e insolventable crisis. ¿Y el resto? Tal vez no ahora. El planeta no puede aguantar una estampida generalizada. Pero las brechas seguirán anunciando nuevos desafíos, si no se cambian las condiciones básicas de solidaridad comunitaria, donde Alemania, gran acreedor, impone condiciones draconianas para que los demás carguen con el peso de la crisis.

El euro fue utopía bienintencionada para consolidar un sentido de pertenencia europeo. Testadura e insensible, la realidad dicta ahora condiciones de resentimiento, patriotismo nacional a ultranza y resabios de rencor contra Alemania. Lo contrario de lo que se esperaba cuando se construyó alegremente el padre de todos los desencantos.

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