8 abril, 2015

Marvin Minski, reconocido profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) es considerado uno de los fundadores de la inteligencia artificial.

Junto con Seymour Papert, es creador del lenguaje logo, que ha evolucionado en el ambiente de aprendizaje como los lenguajes de programación micromundos y scratch, en el Laboratorio de Medios (Media Lab) de dicho instituto.

Los aportes específicos de Minski derivaron en el consorcio Things That Think (cosas que piensan), organizado en el siglo pasado de la mano de los investigadores del Media Lab Hiroshi Ishii, Joe Paradiso y Roz Picard.

En el paso hacia el siglo XXI, conocemos estos proyectos como IoT (Internet of Things), “la Internet de las cosas”.

La colaboración de Marvin Minski con el grupo de epistemología de Seymour Papert en el Media Lab propone, a mediados del siglo XX, lo que él llama “La sociedad de la mente” (1985), una idea de la inteligencia artificial que apunta a que existen lazos cognitivos y afectivos en el aprendizaje.

Minski, quien junto con Papert es fundador de Media Lab, apunta a que la inteligencia, la personalidad y la creatividad humanas más que ser el producto de un solo mecanismo, emergen de procesos mentales.

En ese contexto, Marvin Minski describió el papel que desempeñan las emociones en los procesos cognitivos que se desarrollan en la “sociedad de la mente”.

‘Ópera de la mente’. En el contexto del Consorcio del Media Lab, “Cosas que piensan” (Things That Think), el compositor Tod Machover, del MIT Media Lab, propuso, en 1996, la Ópera de la mente (The Brain Opera) cuya premier se celebró el primero de agosto de ese año en el Lincoln Center, en Nueva York.

Machover es reconocido no solamente porque su música rompe las barreras tradicionales al sintetizar sonidos acústicos y electrónicos y porque sintetiza orquestas sinfónicas y computadoras, arias operáticas y canciones de rock, sino por haber inventado los hiperinstrumentos musicales; es decir, instrumentos que usan computadoras inteligentes en la argumentación y la expresión musical.

En concordancia con las ideas de Minski, la Ópera de la mente , que se presentó en 1996, no tenía un argumento central, sino que iba emergiendo o se iba definiendo a sí misma a través de multiplicidad de insumos derivados, a su vez, de múltiples fuentes.

Por ejemplo, las voces amateurs para la Ópera de la mente provenían tanto de músicos que entraban de manera espontánea, vía Internet, en el momento y de diversos lugares del mundo, como de aquellos que el público había producido momentos antes en el vestíbulo, con los hiperinstrumentos.

Las voces profesionales provenían tanto de la ejecución in situ de profesionales en música presentes como de personas profesionales de la música conectadas a Internet.

Haber participado en la Ópera de la mente en 1996 apenas si pudo prepararnos para la evolución del paradigma que venía en el siglo XXI.

La Ópera de la mente fue el producto de la evolución de Tod Machover y una interpretación concreta de las ideas de la “sociedad de la mente”, de Marvin Minski. Difícilmente hemos escuchado o participado en una obra musical parecida o escuchado sonidos similares interactuando.

Guardando las distancias del caso, podemos imaginar la presentación del Rito de la primavera , de Igor Stravinski, en el París de 1913 y las reacciones variadas (airadas muchas) que produjo.

Sobre todo ahora, resultan irremediablemente vigentes las palabras de Claude Debussy sobre la obra de Stravinski: “Es algo extraordinario y violento. Podría decirse que es música primitiva hecha con todos los medios más modernos… la cuestión no es si a uno le gusta o no la combinación de sonidos, sino si uno la acepta”. Las reacciones sobre una nueva forma de interpretar o comprender la música tienen que ver con los criterios para valorarla.

Tal como apunta Howard Gardner “la falta de criterios es sin duda perturbadora”.

Megacambio. Es probable que, paulatinamente, algunos grupos humanos y sociales puedan tener acceso y verse beneficiados con “cosas que piensan”, y que puestas a su servicio y utilizadas inteligentemente redunden en beneficio del aprendizaje, la recreación y la calidad de vida de las personas.

Y, parafraseando a Debussy, no es cuestión de gustos, sino de que se desarrolle la actitud para aceptarlas y utilizarlas en provecho, beneficio y deleite de la persona y la sociedad.

Estamos enfrentando una nueva combinación de elementos que, en palabras de Seymour Papert, pueden generar un megacambio para enfrentar nuevos criterios y combinaciones.

Las mentes y los instrumentos para dar el salto de paradigma están allí desde el siglo pasado. ¿Nos atreveremos?

La autora es catedrática de la UCR.