8 mayo, 2015

No se puede afirmar lisa y llanamente que por no haberse realizado un “cateterismo”, un paciente falleció. Esto dependerá del contexto clínico de cada persona en particular.

Tampoco puede afirmarse que, de habérselo realizado, el paciente habría sobrevivido, porque la progresión de la enfermedad y el pronóstico dependen de las condiciones metabólicas que a continuación voy a explicar.

Antes que nada, es necesaria una adecuada selección de la población en riesgo que realmente lo necesite, con base en criterios objetivos y protocolizados, y servicios hospitalarios bien organizados y eficientes, sin interferencia de intereses ajenos a los de los enfermos.

Dos formas distintas. La enfermedad arterial coronaria consiste en la presencia de obstrucciones en el interior de las arterias coronarias, tuberías responsables de aportar el flujo de sangre que requiere el músculo cardíaco.

Las obstrucciones se van instaurando progresivamente, a lo largo de varios años, y puede llegar, incluso, a ocluirse completamente el vaso sanguíneo; o bien, aparecen súbitamente, de un momento a otro.

Por tanto, la presentación clínica de esta enfermedad adopta dos formas distintas, lo cual determina la manera como el médico la afronta y resuelve.

En el primer caso, el paciente referirá dolor en el pecho u otros síntomas mientras realiza ejercicio, pero muchos otros no sienten nada, puesto que el organismo se va adaptando a la escasez de sangre en las zonas del corazón afectadas.

En el segundo caso, dado que el organismo no ha tenido tiempo para adaptarse al cambio súbito en el flujo sanguíneo coronario, el paciente se encuentra ante una situación que amenaza su vida. Las personas que fuman o padecen hipertensión arterial, diabetes o de colesterol elevado en la sangre, sin adecuado control médico, corren más riesgo de sufrir esta enfermedad, la primera causa de muerte en el mundo.

Para visualizar el sitio y severidad de las obstrucciones, los médicos realizan una coronariografía, también conocida como “cateterismo” cardíaco. Este procedimiento requiere infraestructura hospitalaria compleja y costosa, así como profesionales con alto grado de entrenamiento y experiencia.

En general, a los pacientes del primer grupo, aquellos en quienes las obstrucciones se van instaurando poco a poco, el “cateterismo” solo se realiza cuando es imposible eliminar o controlar síntomas incapacitantes, a pesar del uso de medicamentos en dosis adecuadas.

El objetivo es visualizar las obstrucciones y “destaparlas” mediante un tratamiento denominado angioplastia coronaria.

En este grupo de enfermos, los estudios clínicos han demostrado excelentes resultados de la angioplastia para un buen control de los síntomas y otras consecuencias de las obstrucciones, pero no produce ningún efecto neto en la cantidad de años que va a vivir el paciente después de realizarla.

Variables. La angioplastia tampoco evita que la enfermedad continúe su lento avance; en cambio, el buen control médico, farmacológico y la corrección de los hábitos de vida no saludables siguen siendo, a pesar de los avances tecnológicos, los determinantes de un buen pronóstico de esta enfermedad.

Por lo tanto, la decisión de realizar un “cateterismo” a un paciente crónico, con síntomas incapacitantes relacionados con el ejercicio físico, se toma en forma electiva (sin urgencia), sopesando, junto con el paciente, los riesgos –que existen–, costos y beneficios que se espera, teniendo claro que más allá de un buen resultado de la angioplastia, el pronóstico estará determinado por las demás variables mencionadas. El tratamiento definitivo no termina con la angioplastia; más bien, ahí comienza, en muchos casos.

En el segundo grupo de enfermos, aquellos que se presentan con un cuadro súbito y en ocasiones grave, a la mayoría debe efectuárseles el “cateterismo” lo antes posible, sin mucho tiempo para decidirse, dado que en muchos de ellos –no todos–, el riesgo de muerte es elevado; y en algunos, constituye una verdadera emergencia médica contra reloj.

En este contexto, los estudios clínicos han demostrado un efecto beneficioso contundente en la disminución de las muertes, tanto dentro de la hospitalización, como en los meses o años posteriores al evento. Y, desde luego, claro, junto con un adecuado control farmacológico de las condiciones metabólicas que el paciente tenga y la práctica de hábitos de vida saludables.

(*) El autor es médico cardiólogo,miembro de la Academia Nacional de Medicina.