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El oso y el dragón

Actualizado el 08 de junio de 2015 a las 12:00 am

La incompatibilidad histórica entre los nuevos socios pareciera no ser un obstáculo

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El oso y el dragón

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Presionados por los acontecimientos en el espacio ucraniano, los rusos han vuelto sus ojos hacia el este; mientras que los chinos, convencidos de que el giro de los EE. UU. hacia el Pacífico es para impedir su ascenso, dirigen su mirada hacia el oeste.

Rusia, en perpetuo movimiento entre su vocación europea y su orientación eslavófila, vuelve a buscar en Eurasia su retaguardia segura. La Unión Económica Euroasiática (Rusia, Bielorrusia, Armenia y Kazajistán) pareciera ser el núcleo seguro para defender su vecindario cercano.

China, en ascenso económico meteórico, percibe que el reequilibrio de la estrategia de los EE. UU. hacia el Pacífico es una vía para estorbar e impedir su ascenso como potencia global y retar su hegemonía en los mares del este y del sur de la China. Las visitas de embarcaciones militares estadounidenses a puertos de Vietnam y Filipinas levantan las sospechas en Pekín, potenciadas por el acercamiento de los EE. UU. con Japón y la reciente visita del primer ministro Abe a Washington.

Rusia inquieta por la presencia de la OTAN en sus cercanías y con sentimiento de pérdida por su imperio soviético, la gran catástrofe geopolítica como la ha llamado Vladimir Putin, se refugia en un nacionalismo extremo, estrechamente asociado con la Iglesia ortodoxa para mantener vivo al Leviatán estatal autoritario.

China en crecimiento constante tiende a afirmar su supremacía en los mares adyacentes a sus ricas ciudades costeras y desarrolla su poderío naval frente a la percibida amenaza del poderío naval norteamericano, asociado este con un Japón que rediseña su arquitectura militar, en medio de conflictos abiertos por las islas Senkaku-Dayou.

Sin obstáculos. La incompatibilidad histórica entre los nuevos socios pareciera no ser un obstáculo, atrás han quedado los choques en el río Amur (1969) y la disputa por la dirección del movimiento comunista internacional. El Oso y el Dragón se sientan juntos en la misma mesa. Ambos buscan un nuevo orden mundial en el que puedan escribir también las reglas y juntos emprenden una cruzada contra un mundo unipolar.

En este camino han tomado decisiones importantes para la creación de nuevas instituciones internacionales como la Organización de Cooperación de Shanghái, el Banco Asiático de Inversiones e Infraestructura, el banco de los Brics y las iniciativas de las “rutas de la seda”, terrestre y marítima.

La reciente visita de Xi Jinping a Moscú no solo estuvo cargada de hermosas declaraciones de amistad y de búsqueda de un mundo multipolar igualitario, sino que implicó también importantes acuerdos como cooperación para el desarrollo de la Unión Económica Euroasiática y la Ruta de la Seda; la explotación conjunta de los sistemas de navegación geosatelital; el desarrollo del gasoducto Alta que aportaría 30.000 millones de metros cúbicos de gas a China; un ferrocarril de alta velocidad Moscú-Kazán; el uso del yen y del rublo en pagos recíprocos; cooperación en materia de alta tecnología y la instalación de centrales nucleares rusas en China. A estos acuerdos se habrían sumado proyectos de modernización militar como el helicóptero MI-26 y la entrega de cohetes de última generación (S-400).

Las recientes maniobras conjuntas de sus escuadras navales en el Mediterráneo han sido una respuesta simbólica a las sanciones impuestas a Rusia por los países occidentales.

Sin embargo, no todo es convergencia de intereses geopolíticos. Asia central es un espacio donde ambos, el Oso y el Dragón, podrían entrar en contradicciones. Rusia pretende recuperar la influencia perdida en esa región, pero carece de los medios para esa restauración.

Por el contrario, China tiene los medios económicos para incursionar con fuerza en esos países y su idea de una ruta terrestre significa la posibilidad de acceder más fácilmente a mercados y recursos enérgeticos en esa parte del espacio postsoviético. Los límites del abrazo entre el Oso y el Dragón aparecen claramente.

Matrimonio de conveniencia. Más que una alianza ofensiva el acercamiento entre ambas potencias parece un matrimonio de conveniencia, ante la necesidad de compensar el poderío norteamericano; sin embargo, la necesidad de modernizar la economía rusa y el imperativo de salida para los productos manufacturados chinos juegan también un papel en este escenario.

China tiene enorme interdependencia con los EE. UU. y se encuentra en medio de un triángulo estratégico; no puede enemistarse profundamente con Washington so pena de dañar su pujante economía. Rusia, por su parte, necesita de las inversiones chinas como una salida para sus recursos energéticos y de un mercado para su material militar, pero no puede quedar en posición de socio menor frente a un país con el que ha mantenido antagonismos importantes en el pasado.

Este acercamiento estratégico tiene sus correlatos en otras dimensiones de la política internacional como son las acciones diplomáticas convergentes en torno a Siria, Irán o el combate contra el terrorismo islamista en el Asia central.

La presencia china privada en la construcción del canal nicaragüense y la renovación de los votos de amistad de Rusia con Nicaragua con la visita de Vladimir Putin, parecen señalar si no políticas conjuntas en nuestra región, al menos coincidencias significativas que podrían llegar a implicar acciones diplomáticas y políticas coordinadas en el patio trasero norteamericano.

Las bodas del Oso y el Dragón anuncian una nueva configuración de la política internacional. El matrimonio de conveniencia podría solidificarse en una relación amorosa más profunda si la competencia entre China y los EE. UU. en el Pacífico Occidental se transforma en rivalidad.

Igual fenómeno se produciría si la confrontación en torno a Ucrania se agudizara y Rusia percibiera una amenaza creciente de la OTAN en su denominado vecindario cercano (Moldovia, Georgia, países bálticos).

En este contexto de recrudecimiento de las tensiones internacionales, nuestro país debe repensar su política internacional, la que pareciera todavía anclada en el contexto de la posguerra fría, cuando las contradicciones entre los grandes no eran graves. Hoy esos conflictos y alianzas adquieren particular relevancia en un área de vital interés estratégico para los EE. UU., inquietos por la presencia de competidores de peso en su tradicional esfera de influencia.

El autor es politólogo.

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