Opinión

El ornato público, la deuda de un cantón

Actualizado el 26 de octubre de 2012 a las 12:00 am

La estética dela ciudad es una responsabilidadcolectiva

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El ornato público, la deuda de un cantón

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Para el historiador Luis Fernando Sibaja, Escazú es un cantón heredero de un patrimonio campesino, cuyo desarrollo durante el siglo XVIII , combinó la agricultura de subsistencia, artesanía y ganadería con la siembra comercial de la caña de azúcar, formando un entorno de cañaverales y potreros. Hoy y desde el siglo 20, sufre a diario el impacto de la metropolización.

Con una demografía acelerada –más de 60.000 habitantes–, crecimiento urbano no planificado con migraciones diversas y un patrimonio cultural lapidado, el cantón muestra un rostro no equilibrado que puede ser también el de otros de la GAM.

Una ciudad expresa el pensamiento, cultura, gestión, contrastes y contradicciones de sus habitantes y Gobierno, todo ello asentado en su geografía.

Las montañas de Escazú cobijan sus distritos:

1)San Rafael, atractivo para el inversionista y gente adinerada en busca de un escenario consecuente con su alto estatus socioeconómico; tierra de negocios importados, casas quintas de gentes que otrora venían a veranear desde San José, residenciales costosos y un explosivo estallido de centros comerciales. Pero el Bajo de Los Anonos, recuerda la desigualdad del distrito.

2)Un distrito central ruidoso, denso, abarrotado de negocios informales, pulperías irreconocibles en medio de anuncios de mal gusto casi todos y un creciente parqueadero de carros en calles remendadas. Contiene la mayor parte de los servicios sociales, con infraestructura cuestionable, sigue un patrón de asentamiento y agregación espontánea y aloja al gobierno local. Es la mejor expresión del Escazú detenido en una urbanización que estuvo mal dirigida y supervisada hacia el futuro. Abundan aceras irregulares y estrechas con postes atravesados, varillas salientes y medidores expuestos. Entre las verjas, saltan residuos de plástico de consumidores de comida barata. Como en todo el país, abundan antenas y cables de electricidad y teléfono. Sobrevivimos en el distrito, gente que aprecia, cuida y pinta su casa, le pone begonias, violetas, helechos, anturios o rosales; coexistimos con el negocio tradicional del zapatero, costurera, electricista, peluquera y muchos otros.

3)Al sur, San Antonio, clavado en montañas heridas por la inmobiliaria que suplantó la huerta, el cañal, el trapiche y el potrero para levantar casas ávidas de la vista a la GAM. En San Antonio crece una estela de marginación del campesino. Este acude los sábados a la feria mezclado con otros productores –o quizá algún intermediario– a dejar el producto de la tierra. Sobrevive en el Día del Boyero, en los turnos y en las fiestas patronales.

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Andar las calles nos dice quiénes somos. La urbanización no nos ha favorecido. Ha sido descomunalmente sucia y agresiva, desigual y divisora de clases; ha gestado en muchos lugares, un decadente paisaje. La municipalidad se esfuerza por el entubado y la limpieza de los cordones de caño, pero cada día son más abundantes las alcantarillas sin tapas, los perifoneos irrespetuosos del descanso del vecino enfermo, del niño recién dormido o del empleado que trabajó de noche; los equipos de sonido a todo volumen en carros; las motos y ruidosos motores de autobuses; abunda una inimaginada flotilla de taxis piratas. En nuestro pueblo el ruido crece y no tenemos jardines públicos.

El paisaje vegetal huele a rejas y alambre navaja. Por trechos se agolpan casas, muchas a orillas de ríos cargados de basura. Hay casas que se las traga la soledad y el abandono y edificaciones bien construidas con guarda incluido. Unos vecinos gozan de vistas, jardines y agua en abundancia; otros están hacinados en condición de precariedad.

Escazú tiene caminos caracoleados que llevan a orgullosas casitas de teja y adobe, cercas de pavones, reinas de la noche, chicasquil, amapolas y clavelones. Guarda algunos cañales y es posible aún ver un ternero amarrado cerca de un portón de hierro “de los de antes”; cafeteras y ollas con bailarinas ondeando en las entradas de las casas; eras listas para sembrar el tomate y culantro y escuchar la alegre cantata del agua bajando por las orillas de las calles. Algunos trapiches muelen, producen espumas, sobado, birringa y tamugas de dulce, y destapan recuerdos de infancia en las pailas encendidas.

Pero algo anda mal. A pesar de ser un cantón con un excelente sistema de recolección y reciclado de desechos y con polares desarrollos urbanísticos, el ornato público y la estética de los distritos están en deuda. Nuestro pensamiento vertido en políticas del gobierno local, organización y prácticas diarias, orden del espacio urbano y social nos llevan a preguntarnos cuánto influye nuestro pensamiento en esas dinámicas de la urbanización, en el desarrollo comercial; cuánto estamos comunicando en el vagabundeo, la mendicidad, el peonazgo urbano y semiurbano. Y cuánto influyen nuestras costumbres en el ornato y el aseo públicos.

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La estética de la ciudad es una responsabilidad colectiva esencialísima en la calidad de vida y en el desarrollo social, que pasa por las individualidades. En su extraña mezcla de belleza y mediocridad, de suciedad y limpieza, de esfuerzo y abandonos, creo que vecinos y amigos debemos rebelarnos a favor de la belleza y de lo público como espacio de todos.

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